María Eugenia Alberti

Lecciones de vida y periodismo
Dibujo: Ignacio Lobera
mª eugenia alberti © influyo_ ignacio lobera

El primer protagonista de un nuevo medio de comunicación es decisivo para establecer el rumbo del proyecto. Los periodistas que desde hoy daremos forma a influyo_ no estamos aquí para presumir de nosotros mismos, estamos aquí para preguntar y aprender. Sin embargo, en este jubiloso comienzo y como responsable del invento, no puedo dejar de involucrarme con la más grande editora y directora de revistas que ha dado este país: Mª Eugenia Alberti Nieto.

Sofisticada y culta. Visionaria y creativa. Divertida y exigente, terriblemente exigente. Inconformista sin fronteras. Empática por naturaleza. Siempre brillante. Mª Eugenia Alberti inventó Dunia, la primera revista de estilo de vida progresista de España en plena Transición. Dirigió Vogue, si bien nunca le interesó creérselo. Y volvió para ofrecer su mejor yo con Joyce, la revista de autor más emocionante de los últimos treinta años. Todos los adjetivos que describen a la señora Alberti están en Joyce. Por eso ella es hoy la primera protagonista de influyo_, por eso y porque ha sido, y es, mi maestra. Nos trataremos de usted. Es así como nos gusta.

Dibujo: Ignacio Lobera

¿A qué ha tenido que renunciar para lograr la excelencia?
Nunca he tenido la excelencia como meta, pero sí la genialidad y el talento. La filosofía de Joyce siempre ha sido la excelencia, la de Dunia también, pero no la mía.

¿La creación es también un combate?
Es un combate constante y agotador. No hay musas. No hay nada, salvo una lucha diaria y dolorosísima. Pero al menos es un duelo benéfico porque siempre aporta algo.

¿Cómo se detecta el talento?
Por pura intuición. Hay que saber mirar. Tanto el que ofrece talento como el que lo recibe tienen que conectar, tienen que surgir afinidades inmediatas. El talento es saber mirar.

En esta época tan dura y desorientada, ¿cuáles son para usted los placeres elementales y esenciales que le permiten conservar y acrecentar su vitalidad, su optimismo, sus ganas de vivir?
Leer. Pero no en esta época de pandemias. Leer es mi mayor placer. Me gusta decir que yo, cada noche, me acuesto con gente fantástica. Siempre me acuesto con tipos tan estupendos como Cioran o Lord Byron, y de ahí en adelante; siempre con hombres y mujeres geniales. Y después de leer, mis otros dos grandes placeres son poder dialogar con cerebros bien amueblados y comer y beber con mis amigos de alma, compartir. Y también tengo mi playlist, que va de Alejandro Sanz a Bach.

¿Era todo mejor antes? «Ya me fastidia decirlo, pero tal y como estamos casi sí. Pero solo casi»

¿Qué es Joyce?
Esta es la pregunta difícil. Joyce es sinónimo de una palabra que me he inventado: drogaedición. Soy totalmente drogaedicta, lo confieso. Joyce es una revista con aspiraciones serias, una revista con un criterio claro e insobornable a lo largo de treinta años. Los años van pasando y hay que adaptarse, pero el criterio no cambia nunca, se trata de qué quieres transmitir y yo, personalmente lo he tenido claro siempre. Yo quiero transmitir belleza, arte (aunque sea un poco redundante), 

¿Cómo andan sus cinco sentidos?
Según mi última visita al otorrino ando un poco dura del oído izquierdo. Me encanta esta expresión tan antigua: «andar un poco dura». Estoy mejor de agudos que de graves, lo que me parece fenomenal. De vista, necesito mis gafas para leer desde los cuarenta, más o menos. De olfato, gusto y tacto ando perfecta desde pequeña gracias a mi madre que me enseñó a distinguir y a apreciar aromas, sabores y texturas. Y, luego, lo que sí tengo es un fabuloso sexto sentido: fa-bu-lo-so. 

¿Tiene usted una isla como Robinson Crusoe, una cueva como Platón, un jardín secreto, un refugio solo suyo?
Sí, mi casa de Asturias porque es un espacio de nuevas sensaciones y de emociones viejas. Nuevas sensaciones porque ahora estoy en contacto con la naturaleza, cosa que no siempre ha sido posible; ahora vivo entre mirlos y abejas libando. Y viejas emociones, porque mi casa es una especie de fortín lleno de recuerdos, un stock de recuerdos. Hay más lugares que me despiertan ese sentido de pertenencia, como una casa en el centro de Francia, en un pueblo que se llama Saint-André-de-Lidon; la biblioteca de la Universidad de Coímbra en la que estudié; la sala de la Tate Modern, en Londres, en la que están los cuadros de Rothko y, sobre todo, un árbol al que pueda abrazar.

¿Cuándo se hizo usted adulta?
A los nueve años, cuando me encontré sola en la estación de trenes de Irún a las diez de la noche porque nadie había venido a recogerme. Viajaba sola desde Asturias para ir a un colegio en Pau, en Francia, pero nadie se presentó. Llevaba un papel, una especie de salvoconducto para viajar sola. La niña se hizo mayor de golpe y se acercó a una ventanilla con su maleta y dijo: «Estoy esperando a una monja». Y aquel hombre, muy amablemente, me dijo: «No te preocupes, siéntate aquí y vamos a esperar». Tres horas después vinieron a por mí. Cuando murió mi madre, muchos años después —teníamos nuestras diferencias, pero nos queríamos—, sentí exactamente lo mismo que en la estación de Irún.

Pese a estudiar Filología acabó siendo periodista. ¿Por qué se hizo periodista?
Periodista no sé exactamente si soy o he sido, pero sí recuerdo que me dieron un premio a la mejor del colegio por una redacción que había titulado Yo soy Don Pelayo. A las monjas de Pau debió gustarles lo de Don Pelayo. Por otra parte, la familia de mi madre estaba suscrita a revistas francesas, así que me pasaba la vida leyendo revistas estupendas en la casona de mi abuela, sobre todo en verano. Y en cuanto a mi padre, crecí viéndole escribir cada noche una columna de opinión en su Olivetti para periódicos regionales como La Nueva España. Mi padre era juez y periodista por pasión. Muchos días iba con él a entregar su columna a la agencia EFE. Aún conservo su máquina.

Pero en realidad me hice periodista al descubrir que las palabras tienen color, olor y sabor; y que aquello del colegio de sujeto, verbo y predicado no valía para nada, que lo importante era jugar con las palabras, hacer malabarismos con ellas y crear emociones. Personalmente, abogo por un periodismo independiente, de calidad, porque es esencial para la democracia. Los periodistas participan en un esfuerzo colectivo imprescindible. Imprescindible.

¿Quiénes son sus enemigos íntimos? «Mi peor enemigo soy yo misma, yo y mis exigencias. Soy absolutamente tóxica conmigo misma» 

Vamos a comprometernos: ¿cuáles son sus tres síes y sus tres noes?
Mis noes serían: no al conformismo y a la pasividad moral; no a la expresión «ej ke es lo que hay», me supera, y no a la sociedad del espectáculo, sobre todo no al pan y circo catódico. Y mis síes serían: sí a la belleza, sí a la amistad leal y sí al salario universal.

¿Se lleva bien con su sombra?
No, no me llevo bien con ella porque no me gusta que me sigan a todas partes. No me gustan los guardaespaldas por más sutiles que sean. Quizá podría llevarme mejor con mi aura, pero aún no tengo demasiado claro en qué consiste.

¿Cree usted que conseguiremos un futuro sereno para la humanidad?
Como no aprovechemos esta oportunidad, lo que estamos viviendo y sus lecciones, demostraremos que, como especie, somos la más absoluta de las decepciones. Dentro de todo este horror se nos está dando la oportunidad más elegante posible para cambiar. Tenemos que repensar el mundo actual y dirigirnos hacia una realidad más solidaria y respetuosa con el medio ambiente, tenemos que reinventar nuestro modelo de sociedad. Ahora o nunca.

¿Sabe usted perder?
No me gusta perder el tiempo, las gafas, las llaves, el móvil o la cabeza. Este tipo de cosas me ponen frenética. Lo de la cabeza, perder el sentido, es literal porque desde pequeña padezco lipotimias.

¿Y ganar?
Ganar significa competir y yo nunca he sido competitiva, no forma parte de mi naturaleza. Lo que sí me gusta es jugar. Reconozco que soy ludópata. Me encantan los casinos, el de Montecarlo el que más. Juego a la ruleta, al Bridge y otros juegos de azar. Es mejor tenerme atada, lo confieso. Ahora a lo que más juego es al Euromillón. (Risas). 

¿De qué no vale la pena hablar? «De lo que se entiende por política hoy. De lugares comunes. Nada peor que mantener conversaciones obligadas con personas con las que no compartes afinidades, es perder el tiempo»

¿Cuéntenos una pesadilla recurrente?
Tengo muchas. Varían en función del número de ansiolíticos que me tome, no me importa decirlo por que el cincuenta por ciento de los españoles toma Orfidal. Hace años mi pesadilla era verme desnuda entre mucha gente, ahora me atormenta más una en la que quedo incomunicada, se me rompe el móvil o el ordenador, se les empiezan a caer las piezas, muelles y tuercas que obviamente no tienen. Me despierto horrorizada.

¿Corre usted riesgos alguna vez?
Desde que me levanto hasta que me acuesto, desde pequeña hasta el día de hoy. Aunque debo reconocer que correr tantos riesgos tanto tiempo es agotador, por no decir otra cosa. De vez en cuando no viene mal ser un poco feliz y vivir relajadamente. Nos lo merecemos.

¿Cómo se lleva con la inteligencia artificial?
No me gusta nada lo artificial, prefiero la inteligencia natural.

¿Y con la crisis del papel?
La crisis del papel es una muerte eternamente anunciada. Estoy segura de que Gutenberg estará ahora mismo removiéndose en su tumba. Creo que el papel está llamado a permanecer para una elite cultural. Libros, revistas y periódicos convivirán perfectamente con sus formas digitales. Disfrutar de los atractivos de un libro, que son muchos, no es incompatible con disfrutar de cualquier otra propuesta digital; quien dice libros dice revistas y periódicos. El papel es un invento noble que nació para la literatura, para comunicar y conservar el saber. La invención del papel higiénico ya es otra historia. El papel honra a la humanidad. El papel es mi vida y yo pienso desertar.

Póngale un titular a su vida, por favor.
De vez en cuando me hago camisetas con frases. Dos de las que más me gustan son: Je ressemble à mon père (Me parezco a mi padre) y Ubi bene, ibi patria (Allí donde me siento bien está mi patria).

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