Iván Massagué

El éxito en pijama y zapatillas
Fotografía: Ruth Franco Talent
influyo_ © Iván Massagué

La historia de Iván Massagué (Barcelona, 1976) bien podría resumirse en un quien la sigue la consigue. Actor esforzado y constante, se ha curtido a golpe de teatro, series (muchas) y películas a las órdenes de David Trueba, Peter Greenaway, Guillermo del Toro o Álex Pina —nuevo rey Midas del entretenimiento español—, entre otros. Te sonaba su cara, pero no llegabas a ponerle nombre. La situación empezó a virar con la serie El barco, pero hubo que esperar hasta el fenómeno internacional que está siendo El hoyo —favorita del público y mejor película en los festivales de Toronto y Sitges— para cambiar las cosas para siempre. Bueno, realmente hubo que esperar a Toronto, a Sitges, al Covid-19 y a que todos estuviésemos en casa confinados (y un poquito asustados).

¿Quién te ofreció el proyecto de El hoyo?
Me llegó un año antes de empezar a rodar a través de Mr. Miyagi, coproductora de El hoyo con los que ya había trabajado haciendo El año de la plaga. Una cosa llevó a la otra y así, sin casting ni nada, caí directo en El hoyo. Es el tipo de historia que casi nunca ocurre pero que, oye, puedo contar que a mí sí me ha pasado.

¿Qué impresión te llevaste al leer el guion por primera vez?
Pues sentí la satisfacción de saber que entre las manos tenía algo muy potente, un material cojonudo. En España no estamos muy acostumbrados a contar historias distópicas. Me pareció una ida de olla absoluta que solo un grupo de catalanes y vascos locos podíamos llevar a cabo. Desde que lo leí se instaló en mí una curiosidad enorme: cómo lo haríamos. Cuando vi la película terminada superó con creces todas mis expectativas, algo que no me suele pasar.

¿Qué fue lo que más te costó de la película?
Personalmente, adelgazar doce kilos en seis semanas. El monstruo del hambre voraz me rondaba todo el rato. Me vino bien para algunas escenas, pero, en general, lo pasé mal. Y en cuanto a la historia, supongo que entender la realidad que describe. Las sensaciones que tendría que experimentar mi personaje, su relación con los otros presos. Es una historia tan marciana que cuando la lees no eres capaz de juntar todas las piezas. A veces pienso que a Iván Massagué le dejaron caer en el hoyo tanto Galder Gaztelu-Urrutia (el director) como David Desola y Pedro Rivero (los guionistas) a ver qué pasaba. El final no lo supimos hasta la última semana del rodaje.

¿Era supersecreto?
No, qué va. Había pensados varios finales. El que se ve en la película era uno de ellos al que le han cortado algo. Hay gente que ha criticado que el final sea tan abierto.

Entonces, ¿podría haber una segunda parte?
Se está hablando. Incluso de una serie o de que los americanos hagan un remake. Hoy por hoy, no tengo ni idea.

¿Y de repente te conocen en todo el mundo gracias a Netflix?
¡Increíble! Está siendo muy bestia. Un pelotazo. En Estados Unidos ha sido número uno diez días; allí está el 37% de los consumidores totales de Netflix. En España no funcionó el boca a boca y en los cines internacionales poco se pudo hacer porque el estreno estaba fijado para el 20 de marzo. Pero en la tele ha arrasado. Se hizo viral. A la gente le gusta quitarse el miedo con miedo. Y claro, el boom me pilló en pijama y zapatillas en casa, sin poder celebrar. Ha sido muy raro. Pero me dediqué a hacer muchas entrevistas y a contestar a la gente en las redes sociales. Me distraje un rato. Espero que sigan pasando cosas.

Eres disléxico. ¿Cómo te afecta a la hora de trabajar? «Disléxico naces y mueres, aunque lo vas reeducando. Cuando mis amigos empezaban a ir a las primeras discotecas de tarde yo tenía que ir a hacer puzles y redacciones. Al principio te puede traumatizar un poco, se convierte en un lastre. Yo me preguntaba que por qué era tan tonto. Hasta que asumes que necesitas más tiempo que el resto para descifrar un texto. Emocionalmente somos muy potentes»

Lo cierto es que analizando tu carrera se ve que no has desperdiciado el tiempo, que eres un tipo constante. ¿Algún mal momento de esos en los que pensarás en dejarlo todo?
Los últimos veinte años he trabajado bastante. He hecho de todo. Y creo que ahora, con 43, por fin he madurado un poco. Ahora afronto el trabajo desde un punto de vista de goce, voy a disfrutar. Tengo más recursos, hilo más fino. Me gusta este momento, la verdad. Me lo he currado mucho precisamente por ser disléxico, para superarme. También ha habido parones, claro; no decididos por ti. Y te comes el tarro y piensas, jopé, igual es que tengo que dedicarme a otra cosa. Pero siempre sale un trabajo y sigues para adelante.

¿Cuál es el personaje que más te ha perseguido hasta hoy?
El Burbuja de El barco. Me ha perseguido para bien. Fue complicado de construir, pero al final me ha dado muchas alegrías. Pude demostrar muchas cosas que la gente ha sabido leer. Me gané un puesto.

Iván Massagué, un tipo de 43 años lleno de energía positiva.

¿Te llevas bien con la fama?
Yo hablaría más de popularidad. Hace años, cuando empezaba, en una serie diaria para TV3, llegué a agobiarme. La gente me pedía autógrafos, fotos y abrazos y yo no entendía nada. Ahora no, ahora le vacilo a todo el mundo y me la paso teta. Como no soy un sex symbol vivo tranquilo.

Hay gente que diría que sí lo eres…
No me va mal. (Risas).

Además de tu trabajo, ¿qué te llena?
Cocinar, cocinar y cocinar. Es mi segunda vida. Este confinamiento lo he aprovechado para cocinar y aprender.

¿Has tenido que renunciar a algo para llegar hasta aquí? «No, la verdad. Me perdí algún interrail con los amigos y poco más. Y luego he recuperado el tiempo viajando. Pero tenía que trabajar, no podía decir no a ningún proyecto. Escogí bien»

Esta pregunta es muy tópica, lo siento, pero ¿dónde te sientes más a gusto haciendo cine, series o teatro?
Trabajando. El teatro es volver a la verdad absoluta. Con las series depende. Y el cine es cocinar a fuego lento, es hacer algo más artesanal. De todo se aprende. Trabajar es, en cualquier caso, un lujo.

¿Cómo te ha cambiado la pandemia?
No lo sé, creo todavía sigo en shock. Hoy es la primera vez que me pongo al volante en 72 días. Espero que lo que viene no me toque mucho la moral, ni a mí ni al resto. La nueva normalidad me la paso por el forro de los cajones. Hay que volver a la vida de antes, pero con buenas lecciones aprendidas.

¿Crees que los políticos, con tal de mantenerse en sus cargos, son capaces de crispar el ambiente?
Están todos como en el patio del colegio. Ellos sí que no han aprendido nada, pero nada de nada. Son insensibles, despreciables. Si el pueblo supiésemos cómo usar nuestro poder ellos no estarían aquí. Es muy difícil, claro, hay que organizarse.

¿Cuándo te hiciste mayor?
Cuando murieron mis abuelos. Ahí se acabó el jugar. Bueno, seguimos jugando, pero ya de otra manera.

¿Quiénes son tus enemigos íntimos?
El ruido. No lo soporto. Y me gusta porque me empuja cada vez más al pueblo. Y la mentira tampoco la soporto.

¿Qué tal te llevas contigo mismo? «Me llevo bien. Aprendes a quererte. Yo con Ivancito he estado toda la vida y le quiero. Le conozco bien. Uno siempre sabe lo que es. Vive, que son cuatro días y nos quedan tres»

¿Sabes perder?
No. (Risas). De pequeño rompía cosas, pero he aprendido. Bueno, en serio, sí he aprendido a perder.

¿Y ganar?
Estoy en medio. Lo que no me gusta es el fracaso, no hacer las cosas bien.

¿Tienes alguna asignatura pendiente?
Sí, ahora quiero volar, quiero volar en parapente. Quiero dejar de pisar la tierra un rato.

¿Alguna pesadilla recurrente?
Al margen de la de las serpientes y la de que se te caen los dientes, tengo una: ¡qué me meten en la cárcel! (Risas). Al final me hago amigo de los de allí: del preso peligroso, del celador, del director del penal. (Risas). Dicen que es algo del alma encarcelada. Miedos.

¿Qué quieres construir?
Una casa. Una casa sólida de piedra, hierro y madera para que no venga el lobo y me la sople. Aislada, pero con vistas al mar si puede ser.

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