Rafael Fabrés

Adiós a la fotografía de conflicto
Fotografía: influyo_
rafael fabrés © influyo

Tras doce años dando vueltas por el mundo —Afganistán, Haití, Brasil, México— captando todo tipo de escenas generadas por la que era su especialidad, la fotografía documental y de conflicto, Rafael Fabrés (Madrid, 1982) emprende ahora su aventura más compleja: la de echar raíces. Pandemias al margen, este excelente fotógrafo ultima su primer libro, Cafuné, un poderoso e impresionante compendio de imágenes de alto impacto que verá la luz en otoño. Ha publicado en Time, The New York Times, Der Spiegel, El País Semanal, Paris Match, Le Monde, L’Express o De Volkskrant. Tras mil batallas y cierto estrés postraumático toca lamerse las heridas del alma y volver a empezar aquí, en casa.

¿Qué tipo de fotógrafo es Rafel Fabrés?
Aunque me encuentre en un momento de transición, supongo que en el fondo sigo siendo un fotógrafo documental. Durante muchos años he practicado un tipo de fotografía muy concreta, breaking news y situaciones de conflicto, y ahora me estoy aventurando en nuevos territorios. Me he dedicado a contar la vida de los demás, pero ahora quiero variar el foco. Estoy muy orgulloso de lo hecho, pero siento la necesidad de evolucionar sin dejar de tocar, eso sí, la fibra del espectador, buscando siempre que cada imagen pueda comunicar y hacer pensar. Estoy en ese punto del nuevo camino en el que aún me cuesta etiquetarme. En cualquier caso, soy un fotógrafo en transición.

¿Un fotógrafo es, por naturaleza, un seductor?
(Risas). La fotografía es un mundo con muchas disciplinas y cada una tiene sus exigencias. Muchas veces, al disparar, puedes crearte un personaje en función de las circunstancias que te rodean, un alter ego. Hay sitios en los que yo jamás me habría metido, pero acabé haciéndolo gracias al personaje. La empatía siempre es necesaria.

¿Parapetarse detrás de la cámara da seguridad? «Sin duda, la excusa siempre es la cámara. Y no solo para meterte lugares complicados. Supongo que soy un tímido compulsivo y la cámara, a veces, es mi armadura, la que me infunde valor para llegar a ciertos lugares. Para mí la fotografía es un pasaporte para acceder a otras realidades que me provocan mucha curiosidad»

Jóvenes de la favela Cerro-Cora listas para el baile de presentación en sociedad organizado por la Unidad de Pacificación de la Policía de Río de Janeiro © Rafael Fabrés

¿Por qué elegiste esta profesión?
Por el cine. Estudié Comunicación Audiovisual. Mi primer trabajo fue en publicidad dibujando storyboards, me encantan los cómics. Pero no tardé en darme cuenta de que yo en una oficina agonizaba. Y como el cine estaba en alguna de sus crisis gordas y no había trabajo, se cruzó la oportunidad de entrar en cuestiones turismo, y así empecé a viajar y a hacer muchas fotos. Primero me especialicé en fotografía de viajes y luego en fotoperiodismo, y poco a poco en fotografía de conflicto.

¿A qué has tenido que renunciar para lograr tu estupendo porfolio?
Empiezo a darme cuenta ahora. Renuncias a tu estabilidad emocional, al sentimiento de pertenencia, al arraigo, a veces a la familia, a tener pareja estable o a la capacidad de diversificar tu mundo laboral, lo que siempre es un error. Pero la culpa no es de la fotografía, supongo que es mía. Creo que el éxito en la vida, en cualquier plano, está en diversificar. Es mejor ser bueno en varios planos que en uno solo. Lo he aprendido un poco tarde.

¿Tu naturaleza es nómada o sedentaria?
He sido muy nómada, pero ahora me doy cuenta de que la clave de la felicidad no está en el éxito profesional, en publicar en portada o en recibir premios, está en ganarte la vida dignamente, sentir que perteneces a un lugar, estar bien con tu gente y cuidar de las pequeñas cosas de la vida. Pero bien, todavía estamos a tiempo.

Hablemos de tu paso por Haití. ¿Qué te llevó hasta allí?
Estaba cubriendo el accidente de los 33 mineros que quedaron atrapados durante 69 días en Copiapó, en Chile, cuando un colega me comentó que se iba a Haití porque tras el terremoto había mucho trabajo: tocaba reconstruir el país en medio de un brote de cólera e iba a haber unas elecciones. Y allí me planté, inicialmente para quince días. Conecté muy bien con todos los compañeros. Fue una especie de máster rodeado de los mejores profesionales, de fotógrafos que yo admiraba profundamente, una especie de familia sin egos. Al final me quedé dos años. Cólera, elecciones fraudulentas, revueltas y todo tipo de situaciones… Aprendí muchísimo, fue una experiencia de valor incalculable.

Complexo da Penha, Río de Janeiro © Rafael Fabrés

¿Y qué viento te empujó hasta Brasil?
Realmente, fue una noticia pequeña, un breve, sobre la invasión de una favela en Río de Janeiro. Decidí ir a investigar. Inicialmente también para quince días. Me instalé en una favela, en un hostel. Y así nació mi primer proyecto fotográfico de largo recorrido centrado en el plan de pacificación del Gobierno Brasileño, que consistía en crear cinturón de contención de la violencia en torno a las novecientas favelas de Río de cara a todos los eventos que iba a acoger la ciudad país en los siguientes cinco años: visita del Papa, Mundial de Fútbol, Juegos Olímpicos, etcétera. De novecientas favelas llegaron a controlar apenas cuarenta. Puro maquillaje.

Y los quince días se convirtieron en años…
Sí, empecé a trabajar para distintas agencias y cabeceras importantes, mayormente del norte de Europa. Le Monde, Paris Match, De Volkskrant, Der Spiegel, El País… Getty Images, etcétera. Todas esas fotos que fui haciendo para ellos iban a parar también a mi disco duro, y con el tiempo empezaron a dar forma a mi proyecto. La idea era hacer un libro. La pacificación dio paso a algo más ambicioso y me fui metiendo hasta el fondo en las comunidades y en las favelas, acompañando a la policía en sus patrullajes, haciendo amistades y viviendo con ellos.

«Hasta que un día me veo envuelto en un tiroteo en el que le dan a un policía que estaba a mi lado. Ese fue el punto de inflexión porque aquel momento, aquel vídeo que grabé, me abrió muchísimas puertas, me trajo reconocimiento, pero también me cambió por dentro. Y empecé a fotografiar otras aristas de la misma historia»

Tu libro Cafuné —que en brasileño quiere decir pasar los dedos con ternura a través del pelo de alguien, mostrar afecto— refleja ese periodo, la pacificación y esas otras aristas que comentas. ¿Te ha costado mucho concretarlo?
Sí, me hizo falta salir de Brasil. Me fui a México un tiempo hasta que pude ver todas esas fotos con cierta distancia y desapego. Y me di cuenta de que tenía un lienzo en blanco que había que componer con muchas imágenes, entre ellas algunas por las que me había jugado la vida. Más allá de la pacificación y la violencia, había algo muy potente en todo ese trabajo, había alegría, amor, música, frenesí… había mucho que contar. Todo eso es Cafuné, una carta de amor/odio y despedida, muy personal y emocional, a una ciudad esquizoide en la que viví cinco años. Es un proyecto de sentimientos universales en el que, por primera vez, no hay objetividad, solo emociones.

Más sobre Cafuné…

Hablemos de México, tu otra gran pasión.
Llegué a México y me enamoró, me enamoró perdidamente. Llegué muy machacado, con mucho estrés y arrastrando una ruptura sentimental. Mis amigos fotógrafos y editores me consiguieron trabajo rápidamente, pero les dije: no voy a hacer nada relacionado con violencia. Nada. Y empecé a mirar la vida de otra manera.

Oaxaca, México © Rafael Fabrés

Ahora, con tu adrenalina en sus justos niveles, ¿te arrepientes de esas situaciones en las que te sobreexpusiste?
En algunas ocasiones sí, ahora pienso lo absurdo que fueron determinadas situaciones en las que me vi con tal de conseguir una foto. A mí ahora ni me merece la pena, ni de lejos; aunque entiendo a los compañeros que sí creen en ello. Supongo que salí de todos esos momentos manteniendo la sangre fría y, en ocasiones, haciéndome el loco.

¿Cuándo te hiciste adulto? «Pues te diría que ahora, durante la pandemia. En serio. Ahora he tenido que convivir conmigo realmente, mirarme al espejo todos los días, sin posibilidades de salir corriendo, de coger un avión y de centrarme en otras cosas. Ahora sí»

¿Te está costando mucho arraigar de nuevo aquí, en tu país?
Cuesta. Me voy conformando con el aquí y ahora. En el fondo pienso que todo mi trabajo se asienta sobre los mismos sentimientos: desarraigo, pertenencia, búsqueda de la identidad y, sobre todo, curiosidad. Digamos que ahora me toca enfocar la cámara un poco más hacia adentro. Ahora sé que todas las respuestas están dentro de mí, así que… busco de otra manera.

Rafael Fabrés, fotógrafo en transición © influyo_

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