Carlos Espino

De reyes y reinas del pop

Es uno de los más grandes artistas florales y wedding planners de México. En cuanto cumplió la mayoría de edad para viajar se plantó en Barcelona, él solo, siguiendo uno de sus sueños de adolescencia: ver a Mecano en concierto. Se enamoró de España al instante, tanto que se instaló en Madrid para crear Khala, probablemente la floristería más sofisticada y vanguardista de la ciudad, primero en Chueca —el barrio moderno— y luego en Salamanca —el barrio elegante—. Sabe bien lo que es una crisis económica, la del 2008 truncó algunos de sus sueños, pero quién dijo miedo: si hay que empezar de cero otra vez… se vuelve uno a casa y se empieza de cero otra vez. Carlos Espino (Ciudad de México, 1968) es un auténtico visionario del arte floral capaz de elevarlo hasta donde la imaginación y el presupuesto alcancen.

¿Quién es Carlos Espino? 
Supongo que soy una persona creativa a la que le encanta reinventarse y no quedarse jamás con las ganas de hacer algo; alguien que cuando algo se le pone en mente no se detiene hasta conseguirlo. No sé, un día se me cruzó la idea de recrear un paraíso tropical en una boda y no paré hasta encontrar reproducciones fidedignas y a escala de monos, jirafas, elefantes y lo que hiciera falta. Al principio, mis clientes me miraban asustados, pero si a lo que haces le imprimes una personalidad elegante todo es posible.

¿Cuál es tu sello personal?
Quiero creer que la sensibilidad. Sencillez y sensibilidad. Y empatía, desde luego. Lo ideal es conocer a tus clientes, saber lo que les gusta, saber lo que quieren y adaptarte a ellos para construir algo nuevo. Lo más importante es que se queden contentos. Las flores son, por definición, generosas y por eso creo que, a su vez, nosotros debemos ser generosos con las flores. (Risas).

Paraísos tropicales al estilo Carlos Espino.

¿Siempre quisiste ser florista?
Crecí amando las flores. Lo que más me gustaba, desde pequeño, era decorar la mesa con detalles naturales. Y lo que más me sorprendía —lo sigue haciendo hoy— es comprobar cómo de la belleza de una simple flor se puede obtener algo aún más grande. Creo que las flores son una metáfora de la vida. Trabajo en un universo de color y sentidos que me permite expresarme y acercar esa belleza a los demás.

«Mi profesión es un regalo y, por supuesto, también es un arte»

He estudiado durante muchos años el ikebana, el arte floral japonés. Si la función principal del arte es la de acercar la belleza a las personas, un ikebana cumple perfectamente esa función: llena de belleza tu hogar y tu vida. 

Flores, escenografía y espectáculo en clave de superproducción..

¿Por qué te instalaste en España?
Siempre cuento la anécdota de que, prácticamente, me escapé de casa para ir a ver a Mecano a un concierto en Barcelona, en 1986, lo cual fue verdad; pero lo que yo quería era vivir en España y estudiar Horticultura. Y lo hice. Abrí mi primera tienda en la calle Pelayo, en el momento más efervescente del barrio del Chueca, y me fue muy bien porque no vendía ramos de flores, creaba pequeñas escenografías con ellas. Era original y como de aquella nadie hacia algo parecido me apunté varios tantos. No tardé en encontrar otro local, el local de mis sueños, en la calle Ortega y Gasset, en la zona elegante, y allí me instalé. Al final, fueron 15 años increíbles en los que superé todas mis expectativas y en los que no me puse ningún límite a la hora de hacer algo diferente con flores.

¿Cómo era tu clientela madrileña?
La calle Ortega y Gasset es, sin duda, unas de las más exclusivas de Madrid, pero yo tenía clientes de todo tipo, mayormente personas que veían el escaparate y se enamoraban de alguna de las propuestas. La infanta Elena, por ejemplo, vivía muy cerca de la tienda y una Navidad, gracias a que el escaparate llamó la atención a su hijo, entró a comprar un arreglo con flores de Pascua (Nochebuenas).

«Aquel mismo invierno me llamaron de la Casa Real para colaborar en varios eventos»

Has conocido varias crisis que te han obligado a empezar de cero. ¿Has estado a punto de tirar la toalla en alguna ocasión?
Nunca. Soy un trabajador incansable. En la crisis española de 2008 tuve que cerrar mi tienda de Madrid y eso, créeme, fue uno de los momentos más duros de vida, pero encontré las fuerzas necesarias para seguir adelante y reinventarme.

Showroom de Carlos Espino: Flores de Autor en Ciudad de México (Amsterdam 288B, Colonia Condesa, Cuauhtémoc).

Vuelves a México y en tiempo récord creas el showroom Carlos Espino: Flores de Autor y empiezas a dar forma a algunas de las bodas y eventos más fastuosos de todo el país. ¿Cómo lo has logrado?
No teniendo miedo y creyendo firmemente en que aún había mucho que aportar dentro de mí. Una boda llevó a otra y así. Todos los eventos en los que participo los siento como importantes, pero recuerdo la primer boda judía que organicé y en la que me la jugué apostando por propuestas muy diferentes. Salió perfecta. Volví a México y entré con buen pie. Por nuestra cultura y forma de ser, nos gustan las bodas a gran escala y somos uno de los países más importantes del mundo a la hora de dar forma a este tipo de eventos, por detrás de Dubai, India o Líbano, que son las mejores.

«En México sabemos combinar espectacularidad con elegancia y, lo más importante, diversión. Algunos de nuestros montajes son auténticas producciones de Hollywood»

Háblanos del encargo más raro que te han llegado a hacer.
Una novia quería una boda de hielo… ¡en pleno verano! Hacía un calor horrible y hubo un momento en el que pensamos que se nos derretirían todas las esculturas y los elementos decorativos hechos en hielo. Lo pasamos mal pero al final quedó perfecta.

Carlos Espino: sentido, sensibilidad y empatía.

¿Para quién te gustaría trabajar? «Para Madonna. Soy su fan número uno. Ya he trabajado con la realeza, ahora me toca trabajar con la reina del pop»

¿Lo conseguirás?
Estoy empeñado en ello y cuando me empeño en algo… (Risas).

¿Cómo crees que te cambiará la pandemia?
Por lo pronto, todas las grandes bodas de 600 o 900 personas, obviamente, se están posponiendo a 2021. Estamos dándole vueltas a nuevas propuestas como, por ejemplo, dividir la boda en dos partes, unos invitados el sábado y otros el domingo. La gente ahora no quiere ir a grandes eventos y los novios no quieren casarse solos. Creo que las micro weddings van a funcionar muy bien; si en la India las bodas duran tres días por qué no hacerlas nosotros en dos. (Risas). Ojalá que todo vuelva a su sitio habiendo aprendido las lecciones que nos ha traído esta pandemia.

¿Qué huella te gustaría dejar en el mundo de la alta floristería?
Me gustaría que la gente dijera: Carlos Espino hacía su trabajo con el corazón. Mi profesión es lo mejor que me ha pasado en la vida y la disfruto al máximo. Poder hacer feliz a la gente en uno de los días más importantes de su vida es una de las mejores recompensas que puede haber.

De no haber sido florista, ¿qué habrías sido? «Quería ser sacerdote, pero cambié de idea a tiempo. Siempre me han encantado las bodas, pero no estaba eligiendo bien el lado» (Risas)

¿Cuál es tu flor favorita?
Las peonias, y para trabajar, las rosas inglesas. Siempre las incluyo en mis eventos. Mi peor pesadilla son los crisantemos.

¿Qué es lo próximo con lo que vas a sorprender?
Con la pintura. En alguna boda voy a pintar algo monumental que espero que deje a todo el mundo boquiabierto.

De las macro a las micro weddings: ¿cómo serán las bodas tras la pandemia?

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