Pablo Sycet

Protegiendo la cara B de la movida
Fotografía: Luis Jurado
influyo_ © luis jurado

Durante más de cuarenta años, Pablo Sycet (Gibraleón, Huelva, 1953) ha coleccionado arte a la par que ejercía como artista plástico. Formó parte del elenco de pintores que floreció en la época de la movida madrileña, pero su radio de acción va mas allá. Diseñador gráfico —suya es, entre otras, la portada de Camino Soria, de Gabinete Caligari—, autor de letras de canciones y durante un tiempo promotor del sello independiente Susurrando —donde grabaron La Prohibida y Roberta Marrero—, ha organizado durante los últimos años exposiciones alrededor de artistas y temas que le son afines. Ahora acaba de terminar de catalogar una colección de más de 3.000 obras propias y ajenas —de, entre otros, Miró, Picasso o Dalí— que se ha llevado a casa, a Gibraleón. Allí, una fundación privada busca la manera de darle un hogar físico a una colección que, de momento, puede disfrutarse de manera virtual.

¿Cómo definirías tu colección de arte?
Creo que tiene una serie de particularidades que la hacen muy atractiva frente a otras hechas con más medios económicos. Por ejemplo, el hilván que supone mi relación con el mundo de la música. La colección tiene esa particularidad ya que extrapola lo entendido como arte contemporáneo y se abre a otras vertientes que no son artes plásticas, pero tienen mucho que ver con ellas. Contiene letras autógrafas de Luz Casal, Alaska o Nacho Canut, y también, yendo a otros afluentes, hay un ejemplar de la horquilla de Matador (la que Assumpta Serna utilizaba para matar) diseñada por Chus Burés o el cartel de esta misma película realizado por Carlos Berlanga y Juan Gatti.

Comunicando — Kiko Feria (1992. Acrílico sobre papel. 50 x 35 cm)

Tu labor como comisario te está convirtiendo en una especie de guardián de la memoria de una época y de unos momentos muy concretos del arte español.
Se trata de salvaguardar un testimonio. Si no, vamos a aquellas palabras funestas que afirmaron que la movida nunca existió. Claro que existió, lo que pasa es que al político que dijo eso no le gustaba. Yo participé en todo aquello desde primera fila, por eso creo que estoy moralmente obligado, en la medida de mis posibilidades, a preservar toda esta colección.

«Hay muy pocos artistas de la generación de los ochenta, que es la mía, que hayan conseguido institucionalizar su nombre. La inmensa mayoría se encuentran sumidos en una especie de travesía del desierto que nunca acaba y que cuando acaba, acaba mal»

Siempre se cita a una serie de nombres esenciales, pero estos a su vez no acabarían de tener todo su sentido sin la confluencia de los que están más ninguneados por la historia o por las conveniencias puntuales del mercado.

Por tu posición de testigo y protagonista de tantas vidas artísticas, de Gil de Biedma a Sigfrido Martín Begué pasando por Juan Manuel Bonet, Quico Rivas o Alberto García-Alix, ¿no se te ha pasado por la cabeza escribir unas memorias?
Serían unas memorias muy desmemoriadas. Prefiero publicar mis postigos (posts) en Facebook. Son varios instantes unidos entre sí, porque yo, por desgracia, no tengo conciencia de tener un relato continuado de todo esto. Así que antes de hacer algo mal o que no cubra las expectativas mínimas de mis exigencias, evito unas memorias. Al fin y al cabo, qué son unas memorias si no una acumulación de recuerdos enlazados con más o menos arte. Pues eso mismo, troceado como las cuentas de un rosario, son mis postigos.

¿Quieres que te haga una foto? — Alaska y Mario Vaquerizo (2012. Polaroid. 11 x 9 cm)

Durante muchos años escribiste letras para Fangoria con Nacho Canut. Ahora, sobre todo, colaboras con Luz Casal. ¿Cómo es escribir con ella?
Con Luz funciono de manera muy distinta a como trabajaba con Nacho para Fangoria. Nacho y yo nos reuníamos cuando había que escribir canciones, él llegaba con la música y con una idea de hacia dónde debía ir el tema. La escuchábamos y comenzaba un toma y daca tratando de hilvanar frases más o menos afortunadas. En el caso de Luz, ella me da alguna idea como punto de partida, un título, una frase suelta. Ahora funcionamos más a golpe de WhatsApp y de correos electrónicos. Yo escribo algunos versos y ella, que es quien finalmente la tiene que defender en el escenario, añade sus toques y la hace suya. 

De todas las letras que has escrito estos años, ¿hay alguna en especial con la que te identifiques por encima de las demás?
Hay dos que están inspiradas por una misma persona. Miro la vida pasar, de Fangoria, que estuvo inicialmente descartada por Alaska y Nacho. A Mario (Vaquerizo, mánager del dúo) se le ocurrió escucharla y les convenció de que merecía una oportunidad. Al final esa canción se convirtió en una de las más populares de Fangoria. La persona que provocó que nos juntáramos Nacho y yo para escribir esa letra estaba muy enferma. Por eso la escribimos, para conjurar su mal. Se salvó y hoy sigue vivito y coleando. Esa persona también me inspiró la letra de Inesperadamente, de Luz, que quizá no figura entre sus títulos más populares pero sí está muy cerca de mis registros más íntimos.

Caretos — Carlos Berlanga (1982. Técnica mixta sobre papel. 50,5 x 71 cm)

Con Carlos Berlanga has trabajado mucho, de manera directa e indirecta, tanto en su vida como después de su muerte.
Hemos compartido muchas horas de taller y ahí es donde yo me convencí de que no había en mi generación nadie con más talento. Nadie. ¡Esa facilidad tan pasmosa para estar dibujando casi sin mirar porque estaba hablando con nosotros… !

«Carlos Berlanga tenía un arte supremo para escribir un hit como ‘A quién le importa’ con una guitarra a la que le faltaba una cuerda y hacerlo además en diez minutos»

Y también estaba su facilidad para dibujar cómics e inventarse personajes con nombre maravillosos como Elena Nito o Inés Presiva. Era una arrollo de facultades. Además él no ejercía de genio, que en realidad es lo que era. Menos mal que era tímido.

En tus pinturas el tiempo ha tenido siempre una presencia fundamental. ¿Cuál es ahora tu relación con el tiempo?
No solo en los cuadros, también en las canciones. Había una especie de ósmosis entre lo que se contaba en ciertas canciones y lo que yo pintaba, porque coincidían en el tiempo. Por pura hiperactividad, mientras esperaba a que se secara un lienzo, acababa una letra. Todo eso tiene mucho que ver con la presencia de Jaime Gil de Biedma en mi vida. Él dijo que la materia de su poesía eran el paso del tiempo y él mismo. Y yo, según ha ido pasando el tiempo, me he ido dando cuenta de cuanto poso dramático había en esa sentencia.

«Llega un momento en el que uno empieza a ser consciente de que tiene un poquito de futuro frente a un dilatado pasado»

Pintor, diseñador gráfico, letrista, comisario… Si no existiese Pablo Sycet habría que inventarlo © Luis Jurado

¿Qué has aprendido con el tiempo?
A quererme más y mejor a mí mismo. Antes no me soportaba y ahora cuando me hacen una entrevista acabo por asumir que ese que habla soy yo en la medida en que se está reflejando lo que he dicho. Eso antes era un conflicto porque me rebelaba ante mi verdadero discurso.

0%