Boris Izaguirre

Delgado, relajado y divertido
Dibujo: Ignacio Lobera
influyo_ © ignacio lobera / boris izaguirre

La televisión que se hacía en España en 1992, cuando Boris Izaguirre (Maracay, 1965) aterrizó en Santiago de Compostela, —salvo honrosas excepciones— ofrecía la cara más garrula y rancia de lo que éramos. Pero entonces, un chaval venezolano iluminado por una sensibilidad y un desparpajo nunca antes vistos entró en escena y nos cambió para siempre. Y no solo por demostrar que, además del bochorno de las Mama Chicho —hoy en día, carne de juzgado de guardia todas ellas, pobrecitas—, se podía entretener con inteligencia y adorable encanto tropical, sino porque el colectivo gay —aún en pañales— encontró en Izaguirre o la cólera de Dior a su Juana de Arco particular, un referente dispuesto derribar muros a golpe de talento y sin despeinarse.

España le debe mucho a Boris Izaguirre, muchísimo. Nos enseñó a relajarnos, a ser más naturales y mucho más divertidos. Hoy —escritor de éxito, opinador certero y divo catódico— vuelve a la tele, su ecosistema natural, para seguir entreteniéndonos. La empatía es su principal superpoder. La bondad de su corazón, el segundo. Gracias por tanto querido Boris Izaguirre. Y a todxs: feliz Orgullo 2020 desde el frenesí de vuestras casas.

Dibujo: Ignacio Lobera

¿Contento de volver a trabajar?
Totalmente. Y feliz de volver a hacer el mayor número de cosas cotidianas posible. Cuanto más terreno recuperemos, mejor. Quedarnos encerrados, tener miedo… no es la solución. Tenemos que reactivarnos lo antes posible, como cuando te haces un esguince, que lo único que te lo quita es el ejercicio.

Nueva temporada de ‘Lazos de sangre’ (TVE). ¿Qué hace diferente a este programa?
Estoy encantado porque hemos tenido un magnífico arranque con el 11.1% de cuota de pantalla y con picos en los que sumamos más de 3,5 millones de espectadores . Espectacular. César Heinrich es todo un hallazgo como subdirector, porque conoce perfectamente los dos lados de la cámara; y qué puedo decir de Carmen Delgado, nuestra directora, que es una mujer maravillosa y la luz del programa. Estoy encantado con Lazos de sangre porque aborda temas de los que yo sé. Las vidas de todos estos protagonistas —Carmen Sevilla, Albano, Martes y Trece…— forman parte de mi historia. Me gusta especialmente el enfoque con el que volvemos a ellos, muy riguroso, y el apoyo increíble de ese alucinante fondo documental que es el archivo de Televisión Española. Sociológicamente, es muy interesante comprobar qué ha cambiado o qué sigue igual en nuestro país. Es fascinante.

¿Qué es lo que más te agobió durante la cuarentena?
Al principio, muchísimo, el no poder trabajar. ¡Dios mío! ¿qué voy a hacer sin trabajo? Ese 10 de marzo en el que, de repente, el teléfono empezó a sonar y al otro lado todo eran cancelaciones. Creo que era la primera vez en mi vida que tenía hecha la agenda hasta septiembre, y de repente todo era no, no, no. Ahora, también te digo que luego dejé de agobiarme a medida que fui descubriendo los beneficios de la cuarentena: poder volver a encontrarte contigo mismo, escuchar tus propios silencios, llegar a calmarte por completo… El sistema, todo, nos tenía moviéndonos a una velocidad tan increíble que, al final, no nos quedaba otra que estrellarnos, como en efecto pasó.

¿Has aprendido alguna lección de vida?
La pandemia nos ha obligado a quedarnos quietos, tirados, para luego ver cómo nos recomponíamos.

«En determinado momento, todo se convirtió en una especie de visión, un mensaje elevado que me decía que este tiempo había que aprovecharlo para poner en su sitio muchas cosas, un tiempo extra para hacer una gran limpieza»

Eso es lo que realmente me salvó, eso y que me he dado cuenta de que hay espacio para un nuevo optimismo mucho más sencillo y real. Hay que levantarse, abrir la puerta de casa y ponerse en marcha.

Viajemos un poco en el tiempo: ¿por qué decidiste venirte a España?
Porque en 1992 me contrató una productora de televisión de Santiago de Compostela. Querían hacer una adaptación de una novela costumbrista gallega para convertirla en una serie diaria. Yo ya era un escritor de telenovelas bastante reconocido en Latinoamérica —suyos son los megaéxitos Rubí rebelde y La dama de rosa— y me pareció una oportunidad estupenda para saltar de continente.

Paralelamente, empiezas a colaborar en televisión hasta que un buen día el destino quiere que en tu camino se cruce un late night llamado ‘Crónicas Marcianas’. ¿Eres consciente de que formas parte de la historia de la televisión y del movimiento LGTBIQ+ en España?
Cuando la gente me lo dice, sobre todo gente mucho más joven que yo, me emociona muchísimo, la verdad. Me siento muy agradecido cuando eso ocurre. Nada de lo que hice fue para encontrar agradecimientos, eso es así.

«Cuando entré en ‘Crónicas’ también yo estaba buscándome. El programa, Javier Sardá, me ofreció la oportunidad de llegar a ser la persona que yo llevaba años queriendo ser. Me liberé»

Vivía en una dicotomía entre la persona que se suponía que debía ser y la que quería gritar y bailar desenfrenadamente. Dentro de mí vivía una persona exultante y exaltada que quería ver la luz del sol. Y, de repente, Crónicas se convirtió en el sitio, el universo en el que yo, al fin, podría ser yo. Alcanzar la liberación absoluta —y en directo— fue fabuloso.

¿A Javier Sardá se le debe otro gran aplauso?
Desde luego. Es una persona muy pro y un grandísimo director. Es un hombre con una disciplina increíble y con un nivel de exigencia máximo. Javier es un gran progresista. Hay muchas veces en las que no estamos de acuerdo. A lo largo de los años hemos demostrado que somos muy buenos amigos, aunque haya habido veces en las que no hemos estado de acuerdo. Puedo llamarle por teléfono, o no hacerlo, y él siempre sabrá lo que estoy pensando. Me considero un producto de Crónicas Marcianas. Un día, muy al principio, me llevó a pasear por Barcelona para descubrirme—al margen de lo divina que es la ciudad— que yo ya era todo un personaje. Él era Josef von Sternberg y yo su Marlene Dietrich particular. Yo nunca, jamás, jamás, dejaré de ser Marlene dirigida por el mejor director.

¿Cómo estás viviendo el repunte de las dos Españas, la polarización del país?
No me da miedo. No creo que haya dos Españas, no quiero alimentar la idea de esa división. Prefiero centrarme en la cultura porque acerca a las personas y elimina todas esas barreras. Todo ese lenguaje del país dividido pertenece a los populistas; lo hemos visto con Chavez, con Trump… La mayor parte de la gente sabe que quien utiliza ese lenguaje lo hace con la finalidad de dividir. No hagamos ni caso.

¿Cómo vas a celebrar este orgullo 2020?
Estoy lleno de citas e invitaciones. Espero poder cumplir con todo el mundo. No sé, igual me monto un set desde casa y voy llamándolos a todos por el teléfono. (Risas). No sé cómo voy a hacer, la verdad. (Risas). Ayer Rubén (Nogueira, su marido) me invitó a cenar a un sitio divino en el que todo estaba riquísimo y ya empezamos a celebrar.

«Animo a todo el mundo a celebrar en petit comité, y el año que viene ya saldremos a la calle como merece. La manifestación está dentro de cada uno, así que allí donde tú estés se celebra el Orgullo»

Y también, por qué no, hacerte un regalito a ti mismo, por ejemplo. Rubén está horrorizado porque llevo unos días haciéndome varios regalitos y llego a casa con bolsas de tiendas divinas. (Risas). Hay que celebrar y mejor si lo hacemos reactivando la economía. (Risas).

Podemos afirmar que eres uno de esos pocos españoles —después de Felipe y Letizia— que realmente conoce a todo el mundo, a la creme de la creme de la sociedad española. ¿No te resulta agotador?
(Risas). No puedo reconocer una cosa así. (Risas). Estoy seguro de que hay gente que conoce mucho mejor a todo el quién es quién. Hombre, mi lista no está mal. Siempre he creído que con una buena educación se llega lejos. (Risas).

Y luego, claro está, hay que hablar de tu super, ultra, megacapacidad empática.
Creo que el quid de todo esto pasa porque yo, socialmente, quiero estar a gusto. En general, diría que el mundo que nos tocaba conocer se había vuelto un poquito agresivo, la gente estaba muy irritada. Por eso siempre intento encontrar el ángulo diferente de la fotografía. La misión que me he impuesto pasa por devolver un poquito de calma, un poco de relax.

«Yo quiero entender a todo el mundo y que cuando la gente esté conmigo se sienta realmente relajada. Y, luego, mira, que nada en la vida es tan increíblemente importante y que muchas cosas, por no decir todas, se resolverían partiéndonos de risa. Lo más importante en la vida es ser delgado, relajado y divertido»

«Creo que tengo una vocación por hacer cosas buenas», Boriz Izaguirre © Ignacio Lobera

Entre ensayos y novelas tienes doce libros publicados —con ‘Villa Diamante’ fue finalista del Premio Planeta 2007—. ¿Qué estás escribiendo ahora?
Últimamente no quiero escribir. Sé que suena un poco loco así dicho, pero ahora no quiero escribir. La televisión me está dando una nueva oportunidad que quiero aprovechar. Tuve una época inicial de explosión maravillosa, pero también es cierto que luego me desorienté y casi diría que empecé a repetirme. Perdí mi incandescencia. La tele me aventó, tanto que tuve que irme a otro país a conseguir trabajo. Eso me llevó a un necesario tiempo de reflexión. Y la conclusión fue que mi carrera había sido importante y que no podía tirarla por la borda. Apareció Master Chef y esa oportunidad me devolvió al público. Me relajé y encontré mi nuevo lado divertido.

¿Cómo se ve la vida desde tus inminentes 55 años?
Fabulosamente. Llena de color. Hay que abrazar el color. Hoy puede ser un día nublado, pero sabes que mañana volverá el color. El color siempre está ahí, solo tienes que educar tu forma de mirar para encontrarlo.

¿Cuál sería el encuentro determinante en tu existencia?
Lucía Bosé, ella me enseñó a amar las cosas que aparentemente no se ven y a valorar la belleza que hay en casi todo. Si me siento débil pienso en qué me puede dar fuerzas y la respuesta siempre está en la belleza.

¿Tienes alguna asignatura pendiente?
¡Muchísimas! Tengo una gran vocación para hacer cosas buenas. Algunas ya he hecho, pero necesito encontrar un equilibrio para que esa exigencia no me asfixie.

¿Te arrepientes de algo?
No. Bueno, a ver, me arrepiento de no haber evitado obtáculos muy evidentes, como creerme mi propia prensa, creerme yo era la pera, el no va más. Pero, mira, me cayeron varias hostias que me hicieron reaccionar a tiempo. Pero sobre todo me arrepiento de no haberme dejado llevar mucho más hecho por mi intuición. Mi mamá era una persona increiblemente intuitiva, tanto que a veces me daba hasta un poco de miedo; era como un felino en guardia constante y yo no quería eso para mí. Pero sí, debería hacer mucho más caso a esa intuición heredada porque funciona bastante bien.

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