Rafa Cervera

Lou Reed y yo
Fotografía: Álvaro Leivas

¿Qué ocurre cuando un niño despierto y brillante, impulsado por un gran corazón, sueña con ser líder de una banda de rock mientras hace playbacks en la soledad de su habitación pero —¡oh, maldición! — no sabe cantar? Que se convierte en periodista musical. Hoy no es un viernes cualquiera, hoy transformamos en protagonista —cual Mary Poppins desafiándose ante al espejo— a Rafa Cervera (Valencia, 1963), uno de los colaboradores angulares de influyo_ y parte imprescindible de la historia del periodismo español contemporáneo.

Con su flamante novela ‘Porque ya no queda tiempo’, Cervera se demuestra a sí mismo que quien la sigue la consigue, que eso de contar la vida de otros está muy bien, pero que contar la propia —que también es fascinante— está aún mejor. Pasen y lean. Por aquí andan Lou Reed —la gran pasión de Rafa y con el que ha compartido instantes de intimidad trascendente en seis ocasiones—, Andy Warhol, Patti Smith, Ramones, David Bowie y hasta la mismísima Madonna. Ser periodista mola porque conoces a los más grandes de tu tiempo, pero ser uno mismo mola mucho más.

Periodistas, siempre entregando sus textos a última hora. ¿No tenías bastante con tus muchas colaboraciones en varias de las más prestigiosas publicaciones de este país como para meterte a escribir libros?
Al acabar esta novela me di cuenta de que todo lo anterior, todo lo que he escrito, era un camino de preparación para llegar hasta aquí. En el fondo, yo no quería ser periodista, quería ser músico, pero tampoco podía porque soy muy torpe y no sé cantar. Escribir se me daba bien porque leía muchísimo, sobre todo devoraba revistas musicales. Así que, finalmente, el periodismo se impuso como la mejor opción para estar cerca de la música. Hasta que, muchos años después, comprobé que había creado una voz propia huyendo, precisamente, de todos los corsés que conlleva el periodismo. Eso fue lo que me ánimo a escribir libros.

Empezaste contando la vida de otros —varias biografías de músicos y, sobre todo, el hit editorial ‘Alaska y otras historias de la movida’ (Plaza & Janés)— y acabas ofreciéndonos ‘Porque ya no queda tiempo’ (Jekyll & Jill), una novela centrada en ti que no es ni una biografía ni unas memorias, aunque tenga parte de ambos géneros. ¿Cómo andamos de ego, señor Cervera?
Con el libro de Alaska, que se acerca ya a los veinte años, tomé la determinación de priorizar lo narrativo sobre lo periodístico. Me esforcé en construir una historia que pudiese gustarle a cualquiera, fuese o no fuese fan de Alaska, de Radio Futura o los otros protagonistas que deambulan por el libro. Descubrí que quería ser narrador, no analista. Me ha costado, porque soy de procesos largos, pero, sí, creo que al final lo he conseguido. Y de ego, bien, el necesario. (Risas).

«La idea de ‘Porque ya no queda tiempo’ parte de contar algo particular pero con un interés universal. Hablo de cosas mías, que yo he vivido, con las que tú o cualquier persona puede identificarse perfectamente»

Todo lo que cuento es verdad, ocurrió, pero está expresado desde el prisma de la narración y la ficción.

¿Cómo nace la idea de juntar esos fragmentos de tu vida en los que tus sueños, anhelos y decepciones se mezclan con los de tus ídolos, especialmente Lou Reed, y los momentos que llegaste a compartir con ellos?
De manera espontánea. Todo es real, todo pasó, pero también entra en juego la fantasía. He leído tanto sobre Lou Reed que me permito jugar a imaginar algunos lapsus de su historia, siendo absolutamente leal a su personalidad. Imagino su relación con su profesor Delmore Schwartz, con Andy Warhol o con otras personas clave en su trayectoria. He manejado tanta información que por momentos me parecía estar siendo atrapado por la Estrella de la Muerte, cuanto más me acercaba más monstruoso me parecía todo.

Berlanga y Cervera, en torno a 1984 © Archivo personal R. C.

La novela tiene varios niveles. Nos llama especialmente la atención el episodio en el que Andy Warhol, Lou Reed y su mujer, Sylvia Morales, viajan en una limusina y Reed decide que ya no soporta, ni un minuto más, a Warhol. ¿De dónde sale todo eso?
En el primer libro con letras de canciones escogidas de Lou Reed, Between Thought and Expression, de 1991, él incluía algunas anotaciones muy escuetas junto a los textos. Una de ellas se me quedó grabada para siempre. Decía, más o menos: «A mediados de los ochenta iba en una limusina con Andy Warhol y él me soltó: ‘Eso no lo habrías dicho hace unos años’. Nunca más le volví a hablar». Cuando lo leí me quedé de piedra, ¡qué tío!, vaya mala leche. A la hora de incluirlo en la novela solo tenía esa información, así que echándole un poco de imaginación lo convertí en un episodio un poco más desarrollado en el que, obvio, yo también me subo al coche. En otras palabras: ¡Hasta aquí!

«Andy, me tienes hasta las pelotas, eres una marica mala y no te aguanto más» (Risas)

Algunos protagonistas de esta novela están perfectamente identificados con sus nombres y apellidos, y con otros juegas a dar pistas o a despistar. ¿Por qué?
Si hubiese puesto todos los nombres y apellidos de todos los protagonistas que circulan por la novela habría acabado convirtiéndose en lo que yo no quería que fuese: una recopilación de artículos o unas memorias. Según me fue conviniendo, a unos les puse nombre y a otros no. Por ejemplo, hay una anécdota que claramente está protagonizada por Madonna. A nivel profesional, el encuentro con Madonna es uno de mis momentos cumbre, pero como no se trataba de hablar de mi trabajo sino de ofrecer una recreación de unos hechos, de este encuentro, a nivel subjetivo, solo me interesa rescatar cuando le pido, al final de la entrevista, que lea un saludo en español para los 40 Principales que yo mismo le había escrito a mano. La pobre. (Risas). Me apeteció rescatar lo absurdo de ese momento. Porque ya no queda tiempo no es un libro de batallitas.

¿Un artista, un artista de verdad —conoces a la mayoría de los grandes contemporáneos—, ha de ser necesariamente alguien de otro planeta?
Absolutamente. Si no eres un tipo con problemas con la vida y contigo mismo, en general, no te metes en estos berenjenales.

«Si estás demasiado en paz con Dios no te pones a escribir ni te haces artista; te dedicas a otras cosas, como irte de crucero o jugar al mus en el bar de abajo de casa. No te complicas la vida»

Al leer ‘Porque ya no queda tiempo’ hemos experimentado cierta epifanía que nos ha obligado a subrayar frases que ahora, con tu permiso, transformaremos en preguntas.

«Sister Ray Enterprises —cuartel general de Lou Reed en Nueva York—. La dirección de esas oficinas estaba impresa en algunos de los álbumes que examinaba con ansia encerrado en mi cuarto». ¿Existe mayor locura que ser un adolescente soñador que devora discos en su habitación, discos que son tesoros, y un buen día se encuentra sentado frente a sus ídolos?
Para mí, todos esos momentos, me reafirman como individuo porque he hecho de mis sueños una realidad, una realidad que, además, sustenta mi trabajo. Es una locura. Me lo creo porque tengo las fotos y las grabaciones, los testimonios físicos de que todo eso fue verdad, de que he estado ahí. Pero, incluso hoy, sigue costándome creerlo porque la reverencia, el respeto y la ilusión son tales que me sigue pareciendo un sueño. ¿¡Yo he estado seis veces con Lou Reed!? Madre mía.

Rafa y Lou, Navidad de 1995 © Archivo personal R. C.

¿Te reconocía?
En las dos últimas ya sí. Creo. (Risas). Nunca sabes si se acuerdan o hacen que se acuerdan. Lou Reed era muy puñetero. (Risas). Cuando era más joven sí le daba importancia a estas cosas, ahora ya no.

«Por más que uno quiera, es muy difícil hacerte amigo de un ídolo, por no decir imposible. Habría que trabajárselo demasiado»

Por otra parte, seamos honestos, es bonito acercarse a quien admiras completamente emocionado y nervioso. Lo que no deja de sorprenderme en los periodistas jóvenes de hoy es la osadía de muchas de sus preguntas; si yo llego a hacer eso me habrían dicho: «anda guapo, vete a tu casa y prepárate la entrevista como es debido».

«Pero (Lou Reed) nunca baja la guardia completamente. En realidad, la entrevista comienza de nuevo con cada pregunta». ¿Hay algo peor que un protagonista a la defensiva?
Es terrible porque te va a poner las cosas muy difíciles. Algunos me han tocado, claro que sí. No es nada agradable. También tenemos que hacer autocrítica y entender que a veces, demasiadas, se les hacen preguntas que no están a la altura. A veces nos buscamos solitos nuestra propia ruina. (Risas).

«Cuanto más viejo me hago, más creo en la extravagancia como estrategia de supervivencia». Para sobrevivir, tarde o temprano, ¿todos construimos un personaje?
Claro. Unos lo necesitan más que otros. Algunos llegan al mundo con los filtros puestos, y otros tenemos que crearlos. Yo soy uno de ellos. Ahora, con 57 años, me doy cuenta de lo mucho que me ha costado construirme a mí mismo. Y luego está el derecho a ser raro, que yo lo reivindico y recomiendo encarecidamente.

«El verano de 1977 consiste en pasar horas y horas hablando de Lou Reed, intentando descifrar la vida que se cierne sobre nosotros a través de lo que hace y dice. […] Todo lo que necesito aprender está contenido en la figura de Lou Reed. La arrogancia, la escritura, el cinismo». ¿Crees que los artistas llegan realmente a ser conscientes de su superpoder para influir en los demás?
Sí, estoy convencido. Lo saben perfectamente, pero no pueden hacer nada más. Cuando nos acercamos a nuestros artistas favoritos —vosotros a Rufus Wainwright, yo a Lou Reed— y les mostramos nuestro grado de identificación, les complace, pero también les abruma porque excede a sus capacidades.

«Cuando tú creas una cosa —un cuadro, una canción, una novela, una película— es muy loco encontrarte con siete mil personas que te ofrecen siete mil interpretaciones de lo que tú has creado. Ahí solo pueden decir: gracias. Es muy complicado»

Mi momento de agradecimiento máximo es cuando Lou Reed me dio un abrazo por primera vez. Mis sueños se hicieron realidad en ese instante.

«Paloma (Chamorro) —directora del mítico programa de TVE ‘La edad de oro’— me pregunta qué opino sobre el último disco que han hecho Olvido, Carlos y Nacho —Alaska y Dinarama—. Ellos se agitan incómodos. Hablan como si estuvieran deseando salir corriendo de allí. Los halagos, al igual que las críticas, son algo con lo que uno debe pelear constantemente». Has dado en el quid de la relación entre famosos y periodistas: ¿hacer la pelota es tan contraproducente como criticar negativamente?
Hay que ser comedido. Es bueno demostrarle al artista que has entendido lo que ha querido hacer; de hecho, es muy saludable. Eso te posiciona bien. Pero de ahí a estar haciendo la ola constantemente, pues no. En el caso de Carlos, Olvido y Nacho en La edad de oro es que ellos eran así, muy escurridizos. Y, por otro lado, Paloma —como escribió Almodóvar en el prólogo de Alaska y otras historias de la movida — era muy ditirámbica. (Risas). Pero eso estaba bien. Ella decía: si están en mi programa es porque a mí me gustan. Esa chulería era maravillosa.

En 1984, Alaska y Dinarama, cuando estaban presentado el álbum Deseo carnal, todavía tenían mucho camino por recorrer para llegar al gran público. Su música aún no era entendida, se ponían muy nerviosos. Yo dije que el disco era un buenísimo —lo sigue siendo— y ellos pusieron cara de circunstancias, claro. Les daba mucha vergüenza. Ellos son así.

Historia de la televisión: Paloma Chamorro, Rafa Cervera (con 21 años), Olvido Gara, Carlos Berlanga y Nacho Canut (noviembre, 1984) © Archivo personal de R. C.

«La música que me apasiona me hace sentir que estoy en posesión de una verdad muy poderosa». ¿Qué habría sido de ti sin música?
Pues que sería nada. No tengo ni idea de a qué me habría dedicado. Yo descubrí la música y a Lou Reed y encontré mi lugar en el mundo. La música es un vórtice que empezó a girar y me absorbió por completo. Todo lo demás, el cine, la literatura, el arte… llegó de la mano de la música. La música conforma mi personalidad.

«No sabéis cuántas ganas tengo de que llegue 1980 para que el mundo sea de látex, poliéster y neón». ¿Te costó mucho desprenderte de los fluorescentes ochentas?
La verdad es que no me costó nada porque llegó un momento en el que quedé muy harto de ellos. Los estaba esperando y los vi nacer.

«Para mí los ochenta fueron The B-52’s, Devo, Orchestral Manoeuvres in the Dark, John Foxx, Depeche Mode, Duran Duran… y todo era en plan ¡qué maravilla, ha llegado el futuro!»

En cuatro años ya estaba amortizado y más que amortizado, y entonces el futuro se convirtió en un cliché, en un agobio. (Risas). Volví rápidamente a echar de menos lo anterior, el rock and roll y las guitarras. Resumiendo: déjame en paz de tanto glitter. (Risas).

«Hay quien piensa que las entrevistas se basan en hechos reales y que sirven para escribir desde la objetividad. No es cierto. […] Lo que cuentas que dijeron, lo que explicas que ocurrió nunca es lo que realmente dijeron ni tampoco lo que ocurrió. Las entrevistas son ficción también». En otras palabras: ¿antes mentir que aburrir?
Mmm… (Risas). Bueeeno. (Risas). A ver, es lo que he hecho con esta novela, pero en el día a día como periodista, no. Soy muy serio. Pero sí es verdad que las situaciones que uno cuenta, por mucho que las grabes y tengas la transcripción exacta, palabra a palabra, siempre será tu versión de lo ocurrido. Los recuentos matemáticos de todo lo que ha pasado siempre son un rollo. La edición es necesaria para que el discurso tenga sentido. El filtro del periodista siempre estará ahí.

¿Cuántas personas habrás entrevistado con serios problemas para expresar un discurso coherente y que, en tu infinita bondad, has enderezado para hacerles parecer brillantes?
¡Qué preguntas haces! (Risas). Digamos que un cinco por ciento.

Disculpa, no te he entendido. ¿Cinco o cincuenta por ciento? «¡Cinco! (Risas). Habré tenido suerte»

¿Cuántos artistas te han decepcionado al conocerlos personalmente?
No te sé decir. Decepción, decepción no recuerdo. En los noventa entrevisté a Chrissie Hynde —excantante de The Pretenders— en el Ritz para la televisión valenciana y no recuerdo ahora muy bien qué, pero me hizo una putada muy gorda durante el directo, me hizo quedar mal sin venir a cuento. Luego me pidió perdón, y yo: sí, sí, Chrissie Hynde, tranquila, te perdono. Hace unos meses me ofrecieron volver a entrevistarla y, sencillamente, veinte años después, dije: no, gracias.

Deberías leerla, influyo_ dixit

«Y no sé qué me trastorna más, si el hecho de que los niños heridos acaben siendo hombres que engendren niños o la convicción de que los hijos hemos de descifrar y absolver a nuestros padres». Llegado el momento, ¿todos tenemos que absolver a nuestros padres?
No lo sé. Cada casa es un mundo, pero sí creo que, salvo errores terribles de los que causan daños irreparables, hay que aprender a perdonar. Mis padres sobrevivieron a una guerra y luego vivieron una dictadura. Por más que te duela, por más que se hayan podido equivocar a veces, hay que entenderlos. No existe el manual del padre perfecto. Yo nunca seré padre porque sé que no lo haré bien, por eso me dedico a escribir libros. No me van los experimentos. Hay que generar magia, como hizo Pamela Lyndon Travers, la autora de Mary Poppins, que transformó el desastre que era su padre en algo bonito.

Conclusión: «Yo escribo con la esperanza de que algo de esto los prevenga (a sus sobrinos) de asuntos sobre los cuales no se nos enseña y respecto a los cuales tampoco se nos prepara. Escribo para advertirles de que hay algunas madres malvadas que dirán que la vida es solo porquería. Para decirles que el tiempo es un constante espejismo y también para decirles que jamás teman ser quienes quieren ser». Y tú, tío Rafa, ¿has conseguido ser quien querías ser?
Estoy bastante cerca. (Risas).

[*] Desde 1982, Rafa Cervera ha publicado sus entrevistas, crónicas y reportajes en À Punt Mèdia, Diario 16, Efe Eme, El País, Fotogramas, GQ, Rolling Stone, Ruta 66, Talento a bordo, Valencia Plaza y Vogue. También colabora con Canal 9, Radio 3 y TVE. En junio de 2020 se incorpora al equipo de influyo_

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