Jesús Rodolfo

Oído absoluto
Fotografía: Pierre Lidar

Jesús Rodolfo (Oviedo, 1987) forma parte del grupo de intérpretes llamado a revolucionar el mundo de la música clásica en el siglo XXI. Con 32 años, este virtuoso de la viola —aclamado por el público más exigente— es, además, arquitecto y habla con soltura cuatro idiomas. Pese a llevar diez años viviendo en Nueva York, su infancia en el pequeño pueblo costero asturiano de Luarca hace que su cosmopolitismo esté impregnado de una actitud sana y sencilla ante la vida. Es, damos fe, un tipo de lo más natural.

Rodolfo ve y vive la música, observa y analiza la realidad a través de un pentagrama. Tal es su empeño por emocionar al público que The New York Times ha dicho de él que «desprende luz propia», quizá porque la parroquia clásica esté más habituada a buscar la perfección técnica que la esencia emocional de las composiciones. Su virtuosismo es evidente y su talento, indiscutible; pese a ello se entrega a diario para que sea su corazón el que acaricie el arco y las cuerdas. Algo tiene el agua cuando la bendicen, algo tiene la viola cuando Jesús Rodolfo la ha elegido y algo tiene Jesús Rodolfo cuando la crítica especializada del mundo entero cae rendida a sus pies.

¿A qué edad te iniciaste en la música?
Mi primer contacto fue a través de un piano que había en casa de mis abuelos con el que solía jugar. Con 4 años, estaba viendo La bella y la bestia, de Disney, y las canciones me impactaron de tal forma que, sin pensarlo, fui al piano y me puse a tocarlas de oído. Mi abuela no se lo podía creer; desde ese momento empezó a ponerme a todas horas El carnaval de los animales, de Saint-Saëns. El séptimo movimiento, Acuario, era muy parecido a la canción de La bella y la bestia y yo lo repetía al piano.

A los 6 me llevaron a hacer una prueba al Conservatorio de Luarca, algo muy básico para iniciar el preparatorio. Ya llevaba dos o tres años tocando el piano y lo hacía con mucha destreza, todo de oído.

«Cuando los profesores hablaron con mi madre le dijeron que yo tenía oído absoluto y que debía tocar el violín, así que a los 7 empecé con ese instrumento hasta que, a los 11, me pasé a la viola»

Tuve mucha suerte porque en el Conservatorio del Occidente de Asturias, en Valdés, daba clases un violista polaco maravilloso, Wieslaw Rekucki —hoy profesor en el Conservatorio de Oviedo—. Él fue el que me dirigió durante trece años hasta que me fui a Estados Unidos.

¿Cómo recuerdas esa etapa de duro aprendizaje siendo tan niño?
Lo mío con la música era un juego más. Todos los fines de semana iba a casa de mis abuelos a una aldea que se llama Casiellas, cerca de Luarca. Yo era bastante hiperactivo y el piano era un juguete más. Me pasaba tocando dos o tres horas y ni me enteraba. La abuela me decía: «Toca la Sirenita… Toca Aladín…», y yo las sacaba de oído. Así empezó todo.

Los estudios oficiales son muy exigentes, ¿no tuviste que renunciar a nada?
No, no. Yo jugaba como el resto de los niños; a ver, nunca fui un crío de ir al parque a jugar al fútbol o cosas así. A mí me gustaba mucho pintar, ir a la piscina o a la playa, ir al muelle nuevo y lanzarme al mar… No sé, tenía tiempo para todo. Lo único que echaba de menos, porque también me encanta, era jugar al tenis. Wieslaw me dijo que no podía jugar al tenis porque podía hacerme daño en las muñecas, que son muy sensibles. Salvo eso, todo perfecto; y, obviamente, también, iba a las fiestas del pueblo y me lo pasaba genial. Nunca tuve la sensación de que mi vida fuese distinta. Estudiar nunca fue una obligación.

¿En qué momento fuiste consciente de que la música no era un juego sino algo a lo que querías dedicarte profesionalmente?
A los 16, más o menos, decidí que quería centrarme en esto porque empecé a participar en concursos de jóvenes intérpretes para tocar como solista. Te apuntas y empiezan a pasar cosas. Ahí me di cuenta de que esto podía ser algo serio. Recuerdo perfectamente que gané dos concursos: uno para tocar con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León y otro con la Joven Orquesta de Asturias.

«De golpe me vi preparando dos conciertos completos a la vez y pensé: ¡madre mía en la que me he metido!»

Ahora sí que iba a tener que dedicarle horas. Al final salió todo muy bien. Los juegos se habían acabado, empezaba lo serio.

¿Cómo te las ingenias para aprenderte obras tan complejas?
Creo que tengo mucha capacidad para estructurar y retener grandes cantidades de información, lo cual me ayuda especialmente cuando estoy en de gira porque el tiempo no sobra: hay que atender a los medios de comunicación e ir a las fiestas de los mecenas tras los conciertos. Al final llegas tardísimo al hotel y al día siguiente siempre hay que coger un vuelo a primera hora.

¿Dónde se estudia mejor: en España o en EE UU?
El sistema de aprendizaje de España está muy basado en la memorización de grande cantidades de información que no se racionalizan. Nuestra enseñanza no se adapta a la evolución personal del estudiante. En América es distinto. Cuando entré en Yale me ofrecieron un programa que adaptaba el sistema de aprendizaje de alto nivel a cada estudiante en función de su edad. Personalmente, en España, tuve mucha suerte con la viola porque mis profesores supieron llevarme adaptando los estudios a mis circunstancias. En el mundo del piano, en España, por ejemplo, todo es muy academicista, de partitura al pie de la letra. Todos los pianistas tienen que estudiar a Bach, Mozart, Beethoven… y eso, la verdad, es muy difícil para chavales de 14 o 15 años porque se les amarga obligándoles a memorizar obras que no entienden. En España prima la rigidez de las normas, por eso muchos niños se frustran y dejan los estudios.

Jesús Rodolfo, de Luarca (Asturias) para el gran mundo © Pierre Lidar

Y tú, ¿has sido un niño prodigio? «Eso dicen, pero no seré yo quien conteste a esta pregunta» (Risas)

¿Recuerdas tu debut con 12 años?
Sí, fue en el Auditorio Príncipe de Asturias de Oviedo. Toqué el Concierto para Viola de Telemann. Es un concierto barroco no muy grande, pero tiene su complicación, desde luego.

¿Cómo puede un niño de 12 años transmitir emociones complejas?
La música son emociones puras que un niño puede interpretar y expresar de manera natural, incluso sin saber demasiado bien que está haciendo. También puedes llamarlo intuición. Yo tengo esa intuición y me considero muy afortunado porque nunca han intentado corregírmela sepultándola bajo exigencias técnicas.

«Mis profesores me enseñaron que la perfección técnica es simple práctica, cuantas más veces toques una obra mejor la vas a interpretar. Punto»

Luego llega el día en el que tienes que enfrentarte a obras que requieren expresiones complejas que, en mi opinión, no vas a poder interpretar correctamente hasta que no las hayas vivido: la enfermedad, el dolor por la muerte de un ser querido, el amor…  Para transmitir la emoción de esas experiencias hay que experimentarlas de forma empírica, hay que vivirlas.

Por cierto, ¿por qué una viola?
Empecé con el piano y luego me pasaron al violín, porque es más popular. Yo quería un chelo, pero mi madre se negó a tener otro mueble en casa. Pero con el violín yo no podía meter caña —creo que no lo he dicho, pero a mí lo que me gusta en meter caña—. Con 11 años, después de tocar el Concierto para violín de Sibelius y comprobar que con el violín no conseguía el sonido que yo quería, me planté y dije que no me gustaba. Entonces mi profesor dio con la clave: «Mira, hay un instrumento un poco mayor que el violín y suena así»; y empezó a tocar algunas obras a la viola. Probé y vi que, efectivamente, podía presionar mucho más y que obtenía un sonido muy bonito, con mucha nobleza, más oscuro e íntimo, y que conectaba mucho mejor con mi personalidad. La viola proporciona un sonido muy humano que te retumba en el pecho. Me siento totalmente conectado a este instrumento.

Cuéntanos la historia de tu viola favorita, por favor.
Cuando era pequeño, mi abuela me llevó al Palacio Real de Madrid para ver la colección de los Stradivarius palatinos y me enamoré, al instante, de una viola anaranjada, casi dorada, adornada con dibujos de pájaros y conejos 

Este conjunto de violines fueron un encargo de Felipe V durante una visita a Cremona, en Italia, para regalar a su hijo Carlos IV, pero llegaron a Madrid un poquito tarde, casi un siglo después. (Risas). Fueron diseñados y fabricados para ser tocados a la vez, así que Patrimonio Nacional los tiene custodiados y no deja usarlos más en contadas ocasiones, siempre y cuando sea para ser tocados en conjunto.

Reproducción de la viola palatina del Palacio Real de Madrid realiza por el luthier Diego del Valle y propiedad de Jesús Rodolfo

Yo sabía que un luthier de Oviedo, Diego del Valle, había hecho una réplica de uno de esos violines para regalar a la infanta Leonor. En una visita para reparar mis arcos, le conté que toda mi vida había querido tener una réplica de la viola palatina, pero nunca había dado con nadie capaz de hacerla, entre otras cosas porque ni siquiera había constancia de los planos del instrumento. Y va Diego del Valle y me dice que él sí me la puede hacer porque tiene otro taller en Cremona, donde está la sede de Stradivarius, y que él sabía —por cuestiones del azar que no vienen al caso— quién tenía esos planos. Así que se puso manos a la obra e hizo mi viola. La original es un tesoro y mi réplica, la única existente. La verdad es que Diego se ocupó de todo y yo pude tener la viola que me había enamorado de niño.

Tienes una viola única, has publicado tres discos, tocas con los mejores del mundo y The New York Times te pone por las nubes. ¿Eres un divo?
Intento no serlo. (Risas). Yo creo que un músico debe sentirse Dios cuando sube al escenario, pero sin olvidar que para brillar necesita a todos los miembros de la orquesta. Soy un divo, pero no desde la arrogancia. Cuando bajo del escenario soy una persona normal. Tengo 32 años y aún me queda mucho por hacer.

«Si fuese un divo fatuo nadie querría trabajar conmigo»

Además, mi carrera está llena de gente maravillosa, mi familia, mis profesores, que me han ayudado a llegar hasta donde estoy, por eso tengo la responsabilidad de devolver todo lo que me han dado haciendo que la viola tenga la visibilidad y el protagonismo que merece. Cuando veo a alguien en primera fila llorando pienso¡Esto es lo que yo quería! 

¿Cómo has llevado el confinamiento?
Abril y mayo fueron meses duros. Llevo diez años en Nueva York y nunca imaginé que vería la ciudad completamente apagada. Se cayeron todos los conciertos, pero muchos los estamos recuperando para próximas fechas. Además, en este tiempo han surgido nuevos proyectos que me llenan de ilusión, como el Antón García Abril y Salvador Brotons, dos de los más grandes compositores españoles, que me han escrito un par de obras que pronto estrenaré.

¿Los de tu generación os habéis propuesto acabar con los corsés de la música clásica?
Siempre pongo el ejemplo de mi amiga Yuja Wang, que es una de las mejores pianistas del mundo y que tiene un look de lo más especial, superalejado de los parámetros de la música culta. Yuja sale al escenario del Carnegie Hall con una minifalda cortísima y la gente silba y aplaude como si ella fuera Beyoncé. Es importante que la gente joven se identifique con nosotros.

El piano no fue suficiente. El violín no respondía como él quería. Hasta que la viola se cruzó en su camino: «Proporciona un sonido muy humano que te retumba en el pecho. Me siento totalmente conectado a este instrumento», Jesús Rodolfo © Pierre Lidar

¿Qué significa para un chaval criado en un pueblecito asturiano que Tom Ford sea su fan y quiera vestirle?
Eso fue increíble. Estando en Yale me seleccionaron para dar un concierto como solista. Así que le escribimos a Tom Ford —y a otras personalidades— invitándole a asistir. Su publicista me contestó que Ford no podría ir al concierto pero que le gustaría conocerme, así que me citó en el Hotel Plaza de Nueva York. Y allí que me presenté. Conectamos inmediatamente y luego nos hemos vuelto a ver algunas veces más. Es un hombre muy atractivo e interesante, un encanto de persona. A partir de ahí, me vistió durante un par de años. Ford es un genio capaz de lanzar colecciones para mujeres con curvas, para mujeres reales. A mí, este tipo de gente es la que me empuja a ser diferente y a salirme de la norma, me inspira y hace que me plantee cosas como, por ejemplo, tocar un concierto para violín con una viola. ¿Por qué no?

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