Maximiliano Calvo

Animal nocturno
FOTOGRAFÍA: FÉLIX VALIENTE

Su historia es de esas con doble carambola vital, porque no en toda existencia le descubren a uno dos cazatalentos en momentos y lugares tan alejados como Argentina y España. Le gusta la noche y caminar por su lado salvaje para nutrirse y componer. En su familia no constan indicios musicales, pero todos eran grandes ‘anecdotistas’, don que heredó de su abuelo materno sin necesidad de notario. De la noche a la mañana —junto a su banda de indie rock, Intrépidos Navegantes—, se convirtió en una estrella en su país hasta que, dos discos después, decidió volar solo. Madrid se convirtió en su lugar en el mundo y aquí ha vuelto a empezar, de cero —trabajando en una librería al principio—, con la ilusión y la alegría siempre intactas.

Maximiliano Calvo (Rosario, Santa Fe, Argentina, 1989) camina a paso firme para convertirse en el nuevo cronista canalla de las noches madrileñas, pero con glamour y mucha capacidad de seducción. Sus canciones ‘Bolero sangrante’, ‘Prendiendo fuego’, ‘A malas’ o la revisión del hit de Algueró-Bautista-Marisol ‘Estando contigo’ le conceden, por derecho propio, un lugar en el nuevo panorama de la música nacional. ¡Dale, Maximiliano!

¿Cómo fue la infancia de Maximiliano Calvo?
Fui un chaval que creció mirando al río Paraná. La familia de mi padre trabajaba el campo y la de mi madre era de ciudad, un poquito de alta alcurnia. Me crie entre esas dos realidades. Rosario, mi ciudad, era además la cuna del rock argentino y, en muchos sentidos, eso también me marcó. No procedo de una familia de artistas, pero, por contra, todos eran grandes contadores de historias, historias que siempre resultaban emocionantes. Entiendo que lo de componer me viene de ahí, sobre todo de mi abuelo materno.

Por otra parte, fui un niño con muchísima energía y con cierto déficit de atención, me costaba mucho centrarme en algo. Mis padres me apuntaban a todo tipo de actividades y así acabé en clases de música. Fue cuando empecé a componer, descubrí que podía pasarme horas y horas con la música sin darme cuenta, concentrado absolutamente y olvidándome del tiempo. Tengo algo raro con el tiempo, no me gusta que mida las cosas, ni las esperas, ni las cuentas atrás, por eso nunca llevo reloj y llego tarde a todos lados. (Risas). Definitivamente, la música se convirtió en mi refugio.

Maximiliano Calvo y amén © Félix Valiente

¿Y empezaste a soñar con ser una rock star?
Crecí escuchando a Fito Páez —que también es de Rosario— porque mi madre era superfan y lo ponía a todas horas. Un día, con 9 años, mis padres me llevaron a uno de sus conciertos y aluciné. Me dije a mí mismo que tenía hacer lo mismo, que tenía que ser como Fito. Su presencia sobre el escenario era alucinante; ahí estaba él, con sus rizos y sus gafas de sol, una persona feliz, totalmente libre que, por momentos, rozaba el libertinaje. Muy grande. Me volví más fan que mi madre y de Fito pasé a los Doors, y al tango y a mil cosas más. La cosa fue liándose hasta que años más tarde, con 13 o así, empecé a juntarme con otros músicos.

«La sensación de libertad sobre un escenario que descubrí aquel día es lo que me ha traído hasta aquí»

Te matriculaste en el conservatorio de Rosario, en La Siberia. ¿Qué te encontraste allí?
Pues libertad también, era una institución pública con gente de lo más variopinta, de los alumnos a los profesores. Yo había estudiado en el colegio de La Salle, que era muy elitista y estirado, y lo odiaba. En el conservatorio encajé perfectamente.

¿Cuándo te subiste por primera vez a un escenario?
Armé un grupo con los amigos del colegio, nos llamábamos Intrépidos Navegantes y queríamos parecernos a Los Gatos Salvajes, que era una banda de Rosario que hacían rock en español y que, sospechosamente, se parecían mucho a los Beatles. (Risas). Nos flipaban Los Gatos y nos pusimos a hacer rock como ellos. Litto Nebbia, el líder de Los Gatos, nos escuchó y nos llevó a Buenos Aires para grabar un disco. Entramos en ION, uno de los estudios de grabación más míticos del país, y ahí estábamos nosotros: aterrorizados.

«Grabamos un disco, ‘Aguas’, editado por Melopea —el sello de Nebbia—, que acabó siendo el mejor debut de indie rock de 2010 en Argentina y nosotros sin apenas haber acabado los estudios. Muy fuerte»

Y eso os llevó a actuar en los principales festivales y a ejercer de teloneros de gente como The Killers, Muse, Artic Monkeys o Arcade Fire. Vaya locura, ¿no?
Absoluta, empezaron a hacernos entrevistas sin parar y a llamarnos para casi todo. O sea que, prácticamente sin pasar por un triste garito, nos vimos sobre los escenarios de los principales festivales abriendo a los grandes y con trece mil personas delante. ¡Casi nada! Éramos tan inconscientes y felices que apenas nos dábamos cuenta de todo lo que aquello significaba.

«Queríamos comernos el mundo y ya, pero sentido de la responsabilidad, poco. Veíamos a Brandon Flowers y le decíamos: «¿Qué tal Brandon? ¿Cómo te va?». De tú a tú, vaya» (Risas)

Una vez nos tocó telonear a Fito Páez en el veinte aniversario de su disco El amor después del amor, ¡imagínate! ahí estábamos nosotros ante su público, que de indie rock tiene poco. Salimos al escenario y unos de la primera fila empezaron: «¿Estos quiénes son? ¡Fuera, fuera!», pero empezamos a tocar y se callaron. La verdad es que teníamos una energía muy buena.

Maximiliano Calvo camina a paso firme para convertirse en el nuevo cronista canalla de las noches madrileñas, pero con glamour y altas dosis de seducción © Félix Valiente

Y de Argentina —tras un par de aventuras en Uruguay y México— te viniste a España. ¿Qué te trajo hasta aquí y qué significaba para ti España antes de conocerla?
Para mí España era Madrid, el Madrid de Joaquín Sabina. Todas las historias que había oído de Madrid me parecían superpoéticas y llamativas. Me seducía mucho esa idea de ciudad acogedora en la que todo el mundo encuentra su sitio. Mi país, Buenos Aires, con la crisis, estaba perdiendo su bohemia y no hacían más que cerrar todos los centros culturales. Coincidió también que habíamos disuelto el grupo y que mi novia me había dejado —yo creo que ella pensaba que estaba loco por haber dejado la banda (risas)—, así que me fui.

En esa época yo había empezado a trabajar con Tweety González —mítico productor argentino de Soda Stereo, Fito Páez y Andrés Calamaro, entre otros— y, a través de él, me propusieron un par de actuaciones, una de ellas en Barcelona en un festival con Manu Chao. Lo que no sabía Tweety es que yo no iba a volver, y yo, la verdad, casi que tampoco. (Risas). Tweety se enfadó mucho, pero me lo ha perdonado. Nos queremos. Así que, después de aquel concierto en Barcelona, me instalé en Madrid.

Y aquí empiezas de cero y descubres lo que es tocar en locales pequeños como Libertad 8, Café Berlín o la Sala Caracol. ¿Cura de humildad?
(Risas). Bueno, más bien el principio de otro momento de mi vida. Gracias a mis noches madrileñas de conciertos me descubre Charly Sánchez y ficho por Warner Music Iberia.

«Me fichan a la antigua usanza, en un bar, como antes, no por las cifras de ventas o por los seguidores de Instagram»

Charly fue a verme varias veces y comprobó que en mis conciertos pasa algo, que hay alma. Es como si me hubiesen descubierto por segunda vez, lo digo y me sigue pareciendo alucinante.

Y luego están Mariana (Gyalui), mi representante y amiga del alma, argentina como yo a la que conozco aquí en Madrid, y Paco Martín, otro mítico de la música española que me apoya en todo. Todos ellos están ayudándome a cosechar una serie de vivencias únicas. No busco el estrellato, busco ser feliz con mi música y con las mil influencias que se mezclan en mis canciones.

Arón Piper, Soleá Morente y Maximiliano Calvo: trap, flamenco, tango, pop y lo que haga falta © Warner Music Iberia

Háblame de tu colaboración con Soleá Morente —hija de Enrique, hermana de Estrella, actriz y cantante— y Arón Piper —actor (‘Élite’) y músico— en tu canción ‘Prendiendo fuego’. 
A los dos los conozco de la noche, ya ves que la bohemia madrileña puede dar para mucho. (Risas). Madrid siempre junta a locos divinos, entre los que me incluyo, claro.

«Siempre me ha gustado nutrirme del mundo de los flamencos: los Carmona, los Habichuela, los Flores, los Morente… No sé cómo, pero me he hecho querer» (Risas)

En algún momento que no recuerdo se lo propuse a Soleá y luego a Arón, a los dos les gustó la canción y la fuimos trabajando. Al principio era un bolero intenso y mira en lo que hemos acabado. (Risas).

Ya que pronuncias la palabra ‘intenso’ —no te enfades, por favor—, ¿los argentinos lo sois por naturaleza?
(Risas). Creo que tenemos una cultura del psicoánalisis muy arraigada que nos influye mucho. Yo ya iba al psicólogo con 13 años, todos mis amigos lo hacían. Nos gusta entender las emociones, analizar lo que sentimos. España es más corporal, más visceral, más de sacarlo todo pa’fuera.

¿En qué te has hecho superespañol?
Mis amigos de toda la vida dicen que he cambiado bastante. A ver, yo vine a ser parte, no uno de fuera. Por ejemplo, he cambiado muchísimo en la forma de cantar.

Vamos, que te has vuelto un canalla a medio camino entre Joaquín Sabina y Tom Waits.
¡Me encanta esa mezcla! En mi música hay un espíritu nocturno con trasfondo de bares, eso es así.

«Quiero ser un anecdotista (cronista) de la noche madrileña contemporánea. No sé si ya lo habré conseguido, pero aquí estoy»

Lo que nunca me verás es hacer canciones en plan el sol sale por la mañana y los pájaros cantan. Creo. (Risas).

Estando contigo, contigo, se siente feliz @maximiliano.calvo

¿Cuándo te hiciste adulto?
Todavía no lo soy. Hemos hablado de éxitos y cosas bonitas, pero la vida también me ha dado bastantes palos, me los sigue dando, y los voy sorteando con una sonrisa e intentando no perder nunca la ilusión. Es como si esa parte ingenua de mí, infantil si prefieres, me ayudase y me protegiese.

«Hacerse adulto, para mí, es como resignarse y perder la ilusión y yo no quiero perderla. No quiero hacerme adulto. El niño sigue dentro»

¿Qué es para ti la felicidad?
Momentos sueltos. La felicidad puede ser subirse a un tren y ver como los árboles se mezclan con las casas a toda velocidad, o acabar una canción que te ha quedado redonda y poder enseñársela a la gente que quieres mientras lo celebras con una copa de vino.

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