Luis Piedrahita

De ilusiones se vive bien
Fotografía: Diego Martínez

La pandemia frenó en seco su último espectáculo —‘Es mi palabra contra la mía’— en el mejor momento. Casi un año después del estreno, Luis Piedrahita (A Coruña, 1977) retoma su nuevo monólogo en el Callao City Lights de Madrid consciente de que las cosas ya no son como eran. El niño que se enamoró de la magia absorbiendo su energía del televisor, el joven que se convirtió en guionista y comediante de éxito, el hombre que se atrevió con el cine y aprendió a dominar como nadie las posibilidades que le ofrecía la televisión, camina sereno por su estrenada madurez, la misma que comenzó el día en el que aprendió que el trabajo —aunque apasione— no lo es todo. Su padre quería que fuese como Pedro J. Ramírez, pero él ha preferido convertirse en ese tipo de persona que disfruta sorprendiendo a los demás «porque —comparte— el asombro es la esencia del entretenimiento». De ilusiones también se vive y se vive bien.  

Descubres que el mundo puede ser un lugar lleno de magia siendo muy pequeño. ¿A qué magos te querías parecer? ¿Te pasabas los cumpleaños y los Reyes esperando lo último de Magia Borrás?
Fíjate que no. A mí la caja de Magia Borrás solo me traía decepciones. (Risas). Supongo que esperaba que al abrirla la magia se produjese sola y, claro, no era así. El ilusionismo se apoderó de mí viendo a los grandes magos que se colaban en la televisión de finales de los ochenta y principios de los noventa: Juan Tamariz, Pepe Carrol o René Lavand —que era un argentino estupendo que venía a España invitado por Tamariz—, entre otros.

«Cuando los magos aparecían en televisión el mundo se convertía, automáticamente, en un sitio mejor para mí» (Risas)

Lo que menos me importaba era el truco. Yo lo que quería era que me entrase la máxima cantidad posible de magia por los ojos. Me fascinaba total y absolutamente.

Luis Piedrahita o cómo mantener chispa y mente en perfecta armonía a los 43 años © Diego Martínez

La escuela de Juan Tamariz es única.
Sin duda. Coincidió que, en aquella época, en los noventa, Juan sacó un curso de magia por fascículos que era francamente bueno; dio forma a una obra genial en la que explicaba la esencia de la profesión, al tiempo que dibujaba caminos hacia la afición e, incluso, la profesionalización. Era un curso perfecto, lleno de ganchos muy seductores. Te mostraba todos los trucos y te explicaba su funcionamiento, pero no siempre. No lo hacía para que compraras el siguiente fascículo, lo hacía para que tú mismo encontrarás la solución.

«Juan Tamariz y su trabajo son magistrales»

Salvando las distancias, estoy preparando un curso online de cartomagia para las nuevas generaciones en el que se parte de cero y se puede acabar teniendo un nivel bastante aceptable.

¿Eras el típico niño que buscaba público donde fuese para mostrar su último truco?
No. Practicaba mucho y luego me juntaba con mis cuatro o cinco amigos a los que también les gustaba la magia… bueno, espera, estoy exagerando: con mis dos amigos a los que también les gustaba la magia (risas) y lo pasábamos genial.

Más allá de tus versiones como humorista y guionista, ¿quien manda en ti es el ilusionista?
La magia es una disciplina artística con una estructura y un lenguaje propios. Todo lo que he aprendido de la magia lo aplico a mis películas, comedias o programas de televisión, y todo se puede resumir en una sola palabra: asombro.

«El asombro del espectador es la base de todo, es la esencia del entretenimiento»

¿Algún antecedente artístico en tu familia?
Ninguno. Mi madre era maestra, profesora de inglés, y mi padre trabajaba en banca. Lo más alejado a lo que soy.

Casi un año después de su estreno y trás el parón de la pandemia, vuelve Es mi palabra contra la mía, él último monólogo de Luis Piedrahita, a Callao City Lights (Plaza de Callao, 3 – Madrid) todos los viernes y sábados de octubre, noviembre y diciembre © Dani Mantis

Desde bien joven aprendiste a ganar — segundo premio, con 20 años, en el concurso de Micromagia de Valongo, en Portugal, o campeón en la edición española del mismo certamen en El Ejido, Almería, con 21—. ¿Cómo se prepara un niño mago para ganar?
Esa es la lista de mis éxitos, te falta la de mis fracasos que es mucho más extensa. (Risas). Lo cierto es que no suelo presentarme a concursos de magia, a no ser que no me quede otro remedio. Me explico. Me fui con mis amigos al Congreso Internacional de Magia de Portugal y cuando nos dimos cuenta nos habíamos gastado todo el dinero en una baraja, en juegos y en chorradas. ¿¡Y ahora cómo volvemos a casa!? Pánico. Entonces vimos que había un concurso para magos jóvenes y nos presentamos y, no sé ni cómo, pero nos dejaron participar. Quedé el segundo (risas) y pudimos volver. En el caso del concurso de Almería, mis amigos se habían apuntado y estaban todos nerviosos con sus ensayos y no me hacían caso, entonces pedí que me dejasen apuntarme —también a última hora— y resulta que gané el primer premio. (Risas).

«Lo cierto es que no me gustan demasiado los concursos, aunque tienen algo muy bueno porque te obligan a practicar y a prepararte»

En 2017, recibiste el premio Performing Fellowship que entrega la Academy of Magical Arts de Los Ángeles —institución que en 1992 había distinguido al mismísimo Tamariz como Magician of the Year—. Eso ya fueron palabras mayores, ¿no?
Pues la verdad es que sí porque a ese premio no te presentas, te eligen ellos cuando consideran que has hecho una aportación significativa al mundo del ilusionismo. Así que, sí, muy honrado.

¿Cómo os lleváis los monologuistas españoles: buen rollo y camaradería o muerte y destrucción?
Predomina la camaradería, aunque puede que algunos se lleven mal. Yo me llevo bien con todo el mundo, o casi. Como en cualquier disciplina: los que tienen talento no tienen miedo.

«Mis compañeros y amigos en la magia y en la comedia son todos muy talentosos y no nos andamos con sospechas de si uno quiere robarle el puesto al otro. Somos un gremio bastante honesto»

¿Tu dulzura gallega es parte del personaje o, inevitablemente, te sale así?
Soy gallego, es más que evidente, pero no lo potencio. Cuando quiero subrayar un momento afectivo en alguno de mis textos, o hago referencia a algo que a mí me resulta especialmente emotivo —como anécdotas familiares o de la infancia—, entonces aflora mi yo más gallego y se me escapan las palabriñas y la tonada. No se puede evitar, ni lo pretendo.

Hablábamos de ganar y ahora toca hacerlo de perder: ¿qué tal se te da?
Bien, la verdad. No recuerdo grandes derrotas, pero como les doy la misma importancia que a las victorias lo llevo bien en general. Me duele más rayar el coche al aparcar —absoluta derrota doméstica— que presentarme a lo que sea y no conseguirlo. (Risas).

Estudiaste escritura de guion dentro Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra. ¿Por qué?
Porque sospechaba que era lo único que podía hacer. Cuando me tocó elegir carrera mi padre me dijo que podía estudiar lo que yo quisiera… entre Económicas y Empresariales. (Risas). Pero como no me apetecía ninguna de esas dos le convencí para hacer Periodismo. Y, fíjate, creo que lo conseguí porque en aquella época estaba de moda Pedro J. Ramírez, como director de El Mundo, y a mi padre eso de que un periodista tuviese aspecto de bróker, por los tirantes y las camisas, debió de gustarle. (Risas). De Periodismo me pasé a Comunicación Audiovisual y ahí me sentí muy feliz aprendiendo a escribir guiones.

«Siempre me ha gustado escribir, dedicarme al cuentismo vaya» (Risas)

Pasan los años, no muchos, y en 2000 ganas el primer certamen de monólogos de El Club de la Comedia, programa del que pasas a formar parte como guionista. ¿Un buen monólogo es el que funciona todos los días ante públicos diferentes?
Sería lo ideal. Los buenos monólogos funcionan casi siempre, otra cosa es que tú tengas un día más flojo.

«El mejor monologo es el más universal, el que dice más verdades y es, por encima de todo, el más gracioso»

A mí lo que me mueve es que la gente se ría mucho.

¿Te lo pasas muy bien mientras escribes? ¿Te descojonas vivo?
Disfruto mucho, pero también es un sufrimiento porque obliga a muchas horas de soledad. Un buen guion es la historia de miles de pequeños fracasos, de ideas que vas descartando porque no llegan a encajar. Tú eres tu propio juez y eso es duro porque hay que luchar contra la autocomplacencia.

«Pero, claro, también te lo pasas en grande cuando, por primera vez, te cuentas a ti mismo un chiste de los buenos» (Risas)

«El mejor monologo es el más universal, el que dice más verdades y es, por encima de todo, el más gracioso», palabra de Piedrahita © Dani Mantis

Has trabajado, prácticamente, en todos los canales españoles: TVE, Antena 3, Cuatro, Telecinco, La Sexta… ¿Para sobrevivir en televisión qué hay que ser más: mago o tiburón?
¡Uf! Yo creo que las dos cosas. También depende de lo que persigas. Si uno quiere forrarse tiene que ponerse la piel de tiburón.

«En mi caso, si nos fijamos en lo que hago, necesito un medio como la televisión para poder crear grandes ilusiones mediante efectos ópticos»

También has hecho mucha radio. Actualmente colaboras con Carles Francino en ‘La Ventana’, en la SER, con una sección de humor. ¿Estar de buen humor, ser ocurrente por exigencias del guion, no llega a ser agotador?
Lo que es agotador no es estar de buen humor, es llevar a tu programa un contenido de calidad cada vez que vas. Igual estás delante del micrófono quince minutos, pero te garantizo que detrás de ese cuarto de hora hay, como mínimo, seis horas de trabajo. ¿Un jueguito de magia de dos minutos en la tele? Ponle tres semanas de preparación. Hay humoristas que somos como orfebres y todo es fruto de mucho esfuerzo y dedicación; y luego hay humoristas que, digan lo que digan, hacen reír. A veces pienso que me he confundido de camino, pero es que lo segundo —sinceramente—no lo sé hacer. (Risas).

¿Un guionista cuándo descansa?
Yo hasta hace un par de años no descansaba nunca, jamás, pero desde ese tiempo hacia aquí las cosas han cambiado. Oye, que son las ocho, pues venga, por hoy ya está bien. Ahora me obligo a descansar.

¿Las buenas ideas van por rachas o todos los días se puede pescar algo? «Las buenas-buenas son impuntuales, impredecibles, escasas, cabronas y escurridizas» (Risas)

Las otras, las buenas a secas, son más asequibles y lo ideal es que te pillen siempre trabajando.

En ‘Es mi palabra contra la mía’, tu último espectáculo, analizas por qué nadie está contento con lo que le ha tocado en la vida. ¿Tú estás contento con lo que te ha tocado en la vida?
En general, sí. Si nos fuéramos a pequeños detalles encontraríamos cosas, pero en general, visto desde lejos, estoy contento.

Este es tu primer espectáculo en tiempos de pandemia: ¿en qué porcentaje ha entrado la covid en el guion de ‘Es mi palabra contra la mía’?
Estoy en ello. Algo de la pandemia impregnará el texto, eso seguro, pero quiero que esas alusiones vayan llegando poco a poco, quiero encontrármelas encima del escenario de forma natural.

Con todo lo que estamos viviendo, ¿se nos acabó eso de quejarnos por tonterías?
El descontento se basa en que a tu lado hay alguien que tiene algo que tú no tienes.

«Si algo bueno tiene esta pandemia es que, al afectarnos por igual, nos coloca a todos en el mismo plano»

Nada como encontrarse bien con uno mismo © Diego Martínez

¿Qué tal te llevas con Luis Piedrahita?
Bien, muy bien, es un chico encantador y vivir con él resulta muy fácil. (Risas). Luis es un chico generoso, elegante y, sobre todo, muy limpio. (Risas).

¿Qué quieres construir?
Una vida tranquila, aunque suene burgués. No tengo madera de héroe. Yo, de mayor, tranquilito.

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