Alberto Caballero

El gran observador

Lo mires por donde lo mires, es un tipo brillante. Quiso ser tenista profesional —adora el tenis— hasta que los buenos consejos paternos le encaminaron hacia la ficción, no sin antes cumplir con la espeluznante carrera de Empresariales. Domina como pocos el arte de la comedia —catódica y contemporánea— y las historias de buenos sentimientos. Eso sí, le encanta dar caña, porque para escribir series moñas ya están los demás y porque cree, firmemente, que sin provocación y sin reírnos de nosotros mismos el mundo no avanzaría.

Alberto Caballero (Madrid, 1973) es el artífice —junto a su hermana Laura y el guionista Daniel Deorador— de dos de las series más divertidas y longevas de nuestro país: ‘Aquí no hay quien viva’ y ‘La que se avecina’. También es el autor de ‘El Pueblo’, un delicioso cambio de registro en su modus operandi que ya cuenta con el beneplácito del público. Sobrino de un hito de la televisión como el ventrílocuo y empresario José Luis Moreno, de pequeño nunca jugó con Monchito, Macario o Rockefeller, pero aprendió del hermano de su padre que la única forma de llegar lejos es trabajar mucho y duro. Un tipo estupendísimo este Alberto Caballero.

¿Qué quería ser de mayor Alberto Caballero?
No fui yo de vocaciones claras. Me gustaban las actividades creativas porque en casa siempre había algo especial que hacer. Mi padre estudió música y entró a trabajar en Televisión Española, que es donde conoció a mi madre, siendo muy joven; fíjate lo joven que sería que Prado del Rey apenas llevaba un año inaugurado cuando él entró, en 1965. Fue como si hubiese entrado a trabajar en el Google o el Facebook de la época. (Risas). Me gustaba mucho dibujar, llegué a ganar algún premio con 5 o 6 años, pero el deporte tiraba más de mí. Me dediqué al tenis y estudié Económicas, que es la carrera más alejada de la creatividad que existe en el mundo, no me gustaba nada. Así hasta que, con 21, hablé con mi padre y le conté que me sentía totalmente perdido. Fue él quien me animó a volver al terreno creativo.

«‘Dedícate a escribir que a ti se te da bien’, dijo mi padre. Y hasta ahora»

¿Acabaste Económicas?
Sí, la acabé por vergüenza torera. En el último curso empecé a compaginar la carrera con una especie de máster que había en el Instituto de Radio Televisión Española sobre realización, producción y operación técnica. Ahí me di cuenta de que esa realidad era mucho más divertida. Pero lo mejor de todo fue que conocí a Daniel Deorador, mi coguionista desde hace más de veinte años.

Alberto Cabllero, 47 años, guionista, director y productor de comedias de éxito-éxito.

¿De dónde procede tu incontestable capacidad —lo creemos firmemente— para analizar la idiosincrasia de los españoles y transformarla en comedia?
Todo viene de casa. Mi padre siempre ha mirado la vida desde un cachondeo muy sano. Y luego estaría toda la información que vas recibiendo desde pequeño. Yo flipaba mucho, pero mucho, con Mortadelo y Filemón y con Astérix y Obélix, que son dos maravillosas parodias. Tu cerebro se va haciendo a esos enfoques y empiezas a mirar el mundo desde esa perspectiva. Se me da especialmente bien detectar mis patetismos y los de los demás. Mark Twain decía que los mejores escritores de la historia lo fueron porque eran los mejores cronistas de su tiempo. Todo empieza cuando te interesa el mundo que te rodea, especialmente las patologías humanas. (Risas).

«Todos tenemos algún error de programación en el cerebro, cada uno el suyo, y encima nos ponen a convivir. El mérito real está en que no nos matemos. (Risas). Ese es el milagro»

¿Reírse de uno mismo debería ser asignatura obligatoria?
Totalmente. Se solucionarían muchos de los trastornos mentales que comentamos. El problema es que los problemas están yendo a más: narcisismos, egocentrismos, paranoias…

«El quid de la cuestión es que nos damos demasiada importancia a nosotros mismos. Ríete de ti y ya verás como se te quita la tontería»

Hablemos de construir historias. ¿Qué tres rasgos de personalidad debe tener un personaje para que te resulte interesante y decidas incluirlo en alguna de tus series?
Lo primero que debe tener es una pasión dominante como defecto principal; no hace falta construir una extensa biografía previa. Lo segundo, una gran contradicción en su carácter que choque con la pasión dominante; así te garantizas que no va a ser un personaje plano. Y, por último, que el personaje cumpla su función, que te permita contar lo que quieres contar.

Eres, junto a Laura Caballero (Madrid, 1978), tu hermana, el creador de dos de las series españolas contemporáneas más míticas y adoradas por todo tipo de públicos: ‘Aquí no hay quien viva’ y ‘La que se avecina’ —‘El Pueblo’, la nueva, va por buen camino—. ¿Cómo os repartís los papeles a la hora de trabajar?
Va por naturalezas. Ella tiene más paciencia para tratar con la gente y yo más paciencia para pensar historias. Yo me dedico más a los contenidos, a la creación de guiones, y Laura más a dirigir. A ella también le gusta escribir y a mí dirigir, pero digamos que nos hemos especializado un poco. Cuando llega la hora del montaje nos los vamos pasando, ella supervisa los míos y yo los suyos.

Foto de familia el último día de rodaje de la 12ª temporada de La que se avecina © Manuel Fiestas

¿Ejerces, o has ejercido en alguna ocasión, de hermano mayor protector… un poquito plasta por momentos?
Si hubiese hecho falta lo habría hecho sin duda porque Laura es mi pasión. Pero no ha sido necesario porque ella siempre ha tenido una personalidad muy fuerte. En el capítulo cuatro de Aquí no hay quien viva yo estaba desbordado escribiendo guiones y ella se puso detrás de la cámara a dirigir por primera vez y demostró que es muy grande. Tenía 24 años.

¿Vives o has vivido en una comunidad de vecinos? ¿Te ha tentado en alguna ocasión el reverso tenebroso de una presidencia vecinal?
Pues, afortunadamente, nunca me ha tocado. Cuando empezamos a escribir Aquí no hay quien viva las referencias que teníamos de lo que es una comunidad de vecinos venían de lo que nos contaba nuestro padre, al que sí le tocó ser presidente. Mi padre tuvo que aguantar a un vecino —un cabronazo— que se creía el preboste de la urbanización en la que vivíamos, a las afueras de Madrid. Este individuo, en connivencia con la constructora, se había montado allí su reino de taifas. Un tal Recio, creo. (Risas).

«Es como cuando Wes Craven creó a Freddy Krueger recordando al chaval que le había aterrorizado en la infancia, que se apellidaba Krueger. Haberle dado el mismo nombre de pila a nuestro Recio habría sido ya demasiado cantoso» (Risas)

¿Qué tal llevas que te metan en grupos de WhatsApp?
Prefiero ser presidente vitalicio de una comunidad de vecinos. (Risas). No hay cosa que más odie que los grupos de WhatsApp.

«El móvil, de por sí, ya es el principal mecanismo de esclavitud moderna y los grupos de WhatsApp son el terror»

Estoy en uno con mis padres y con mi hermana, con la familia directa; del resto me salgo de todos, automáticamente. Los grupos fuerzan a la gente, lo mires como lo mires: si no dices algo, quedas mal; si dices algo, también. Es una realidad que yo no entiendo. De ahí no puede salir nada bueno. (Risas).

Eres sobrino de José Luis Moreno —todo un referente en la televisión de nuestro país—. ¿Hasta qué punto ha influido tu tío en tu vocación?
La vena artística me viene de mi padre, pero sí es cierto que he tenido la inmensísima fortuna de poder vivir, gracias a mi tío, una época de la televisión que fue absolutamente maravillosa y surrealista. Cuando yo estaba en plena crisis existencial, mi tío me llevó un día a la grabación de un programa que hacía para las televisiones autonómicas, Noche sensacional, que era del estilo de Noche de fiesta. Entré en aquel plató, vi aquel frenesí, aquella cantidad de gente guapa por metro cuadrado… bailarinas, modelos, divos auténticos como Rocío Jurado, Raphael o Mónica Naranjo, y todo me impresionó muchísimo, me quedó grabado para siempre.

«La principal enseñanza que me ha transmitido mi tío es lo útil y maravillosa que puede llegar a ser la inconsciencia. Si tú te crees capaz de algo: ¡adelante, hazlo! Las limitaciones, mayormente, nos las ponemos nosotros mismos. Siempre le agradeceré esta enseñanza»

Su padre le animó a escribir, su tío le dio la primera oportunidad profesional. No ha defraudado ni a uno ni a otro © Manuel Fiestas

¿Qué tal te llevabas de pequeño con Monchito, Macario y Rockefeller? ¿Te dejaba tu tío jugar con ellos?
¡No! La verdad es que no. (Risas). Mi tío se toma muy en serio su trabajo y lo de los muñecos era como un misterio. (Risas). Siempre estaban en sus cajas, que eran como los sarcófagos de las pirámides. (Risas). Jamás, jamás, jamás las vimos abiertas fuera de un escenario. (Risas).

«Jugar con los muñecos de José Luis Moreno habría supuesto una responsabilidad demasiado grande. ¡Imagínate!» (Risas)

¿Cuál fue tu primer trabajo en serio?
En el Instituto de RTVE tenías que hacer seis meses de prácticas y, más o menos, elegías programa. Mi tío justo estaba haciendo uno para TVE que se llamaba La Revista y pedí hacer mis prácticas con él. Empiezo, todo bien y un día les oigo decir que necesitaban un guion para un sketch ambientado en Nochebuena.

«Pedí permiso para hablar y les dije: yo puedo escribir algo y si no os gusta pues nada. Y me dijeron que adelante. Escribí la historia, la presenté temblando, les gustó y la grabaron. Muy fuerte. Yo era muy pequeño, tendría 22 o 23 años, pero a mi tío le gustó de verdad y me encargó dos más»

Le pregunté si podría incorporar a mi amigo Dani (Deorador) —porque escribir entre dos siempre es más divertido— y me dijo que sí. Y así fuimos yendo a más, escribiendo sketches que acabaron derivando en Escenas de matrimonio para Noche de fiesta, a los que luego acabó incorporándose Laura.

¿Cómo nace ‘Aquí no hay quien viva’?
Llevábamos tiempo dándole vueltas a varios proyectos. Un día, mi tío nos llamó porque Antena 3 quería una serie. Lo primero que pregunté fue la duración y me dijo que tenían que ser capítulos de cincuenta minutos; palabras mayores porque nosotros siempre habíamos barajado el formato de veinticuatro minutos al estilo de las sitcom americanas. Aquello nos obligó a pasar de cinco o seis personajes a unos quince para poder jugar con muchas más tramas. Ahí fue cuando se nos ocurrió la idea del edificio.

«Si en ‘Friends’ tenían un rellano con dos pisos, nosotros nos montamos tres rellanos con varios pisos, un portal y algunos locales comerciales»

En nuestra opinión, tanto ‘Aquí no hay quien viva’ como ‘La que se avecina’ son mucho más que series divertidas ya que —entre broma y broma— suelen lanzar contundentes mensajes antisistema. ¿Eres un antisistema?
Es una necesidad. La televisión que se hacía cuando nosotros empezamos era demasiado buenista, había mucha moralina, sobre todo en las series. Creo que mostrar las partes más inmundas de la sociedad, además de necesario, es muy sano. Si te dan esa libertad —y a nosotros nos la dieron porque la serie funcionó muy bien a partir del quinto capítulo— hay que aprovecharla.

«Tu deber como autor es meter caña, porque muchas veces los guionistas somos nuestros propios censores y acabamos ofreciendo productos mainstream. Estamos muy orgullosos de la filosofía de vida de ‘Aquí no hay quien viva'»

¿Cuántas versiones hay de ‘Aquí no hay quien viva’ repartidas por el mundo?
Varias. La griega funcionó de maravilla. En Estados Unidos no llegó a cuajar porque la gente de la ABC no entendió nuestro humor; cuando vi su piloto les dije que para qué querían comprar los derechos de la serie si en realidad habían hecho algo completamente diferente. La versión colombiana fue muy polémica porque los Mauri y Fernando de allí se besaron en un capítulo y se montó un pollo de la hostia; vamos, que la polémica llegó al Congreso Colombiano y todo. (Risas). En Francia lo petó, somos auténticas estrellas allí. (Risas). Pero lo mejor de todo es que Aquí no hay quien viva se ha visto en su versión original en muchos países. Me han contado que en Finlandia la gente aprendía español viendo la serie. (Risas). ¡En serio!

Rodar en tiempos de pandemia: doble desafío © Manuel Fiestas

¿‘La que se avecina’ —que justo ahora estrena su 12ª temporada en Telecinco— es un spin-off o una realidad paralela?
La que se avecina fue un marrón. (Risas). Un marrón de los buenos. Un día llega mi tío y nos dice que nos vamos de Antena 3 a Telecinco. La relación entre ellos no era buena por lo que fuese. Y yo, ¡hostias! Fue como cuando Figo cambió el Barça por el Madrid, pues el mismo tipo de pollo. (Risas). En el paquete íbamos nosotros, pero también todos los actores. (Risas). Y encima Mediaset quería un concepto de serie similar. Un infierno.

«No nos apetecía nada, la verdad, pero por respeto a la decisión de mi tío, que siempre nos apoyó y nos dejó hacer lo que quisimos, tiramos para adelante»

Así nació La que se avecina, en plena coyuntura de la burbuja inmobiliaria de la que Laura y yo acabábamos de ser víctimas. Nos habíamos comprado nuestros primeros pisos, todo de primeras calidades, y aquello resultó ser una mierda. Nos aferramos a esa realidad, a los personajes les dimos otras identidades y trasladamos la trama a las afueras de Madrid.

¿Hubo demanda?
Y tanto. Lo más surrealista fue que nos acusaban de plagiarnos a nosotros mismos. (Risas). Lo más curioso de La que se avecina es que los personajes que empezaron a sostener la serie, a partir de la segunda temporada, fueron los nuevos que habíamos incorporado.

Cuando uno es guionista, director y productor, ¿cómo es la relación con los actores? ¿Qué piden más: protagonismo o aumento de sueldo?
La relación con los actores, después de tantos años, es muy buena. A ver, putadas las hemos tenido de todos los colores. En diecisiete años que llevamos haciendo ficción hemos trabajado con una cantidad enorme de actores y —como en la vida misma— hay gente maravillosa, simplemente maja o directamente odiosa. Hay una especie de proceso de selección natural que hace que acabes trabajando más con la gente con la que realmente te entiendes. Todos piden protagonismo y todos, lógicamente, quieren mejorar sus condiciones laborales. Si yo pudiera, y lo digo en serio, todos cobraríamos el doble.

«Los actores tienen una de las profesiones más difíciles del mundo. Siempre están en manos de los demás, nunca controlan realmente lo que están haciendo, siempre recibiendo indicaciones. El suyo es un trabajo que depende mucho de los vaivenes de las modas y padecen muchas precariedades. Lo del glamour es un espejismo»

Temporada tras temporada intentamos mejorar las condiciones económicas del equipo para que todos estemos a gusto.

Tu productora, Contubernio Films, nace en 2013. ¿Tocaba hacerse mayor e independizarse?
Sí, es ley de vida. Decidimos echarle valor y jugarnos nuestra propia pasta. Y, fíjate, aquí es donde empecé a valorar y a agradecer el haber hecho Empresariales, lo que nunca hubiese imaginado. Les hablo a los bancos de financiación, balances y cuentas de pérdidas y beneficios con una soltura que no veas. (Risas). Es curioso cómo en la vida los puntos pueden llegar a encajar y todo cobra sentido.

Por cierto, tu Wikipedia pone una cosa muy loca. Dice que intentaste ser actor de telenovelas y que llegaste a interpretar al ‘hermano perdido de Belinda’ en un culebrón de Televisa. (Risas).
¡Qué va! (Risas). Hay gente bastante gamberra que se dedica a meter mierdas en tu Wikipedia. (Risas). Nunca lo denuncio porque eso me permite vivir otras vidas y, además, me encanta. (Risas). ¿Yo actor? Nunca. A un actor —como decía Fernando Fernán Gómez— le pagan por esperar y todo el rato pasa frío o calor. (Risas). Esperar me pone muy nervioso, pasar frío no me importa, pero el calor no lo soporto. (Risas).

«Yo prefiero ver el mundo y no que el mundo me vea a mí. Al haber salido con gente popular se me reconoce más de lo que a mí me gustaría. Yo soy de esas personas que es feliz yendo a una cafetería a escribir y a observar cómo es la gente»

El Pueblo: España profunda versus urbanitas enganchados al absurdo. Delicatessen by Alberto Caballero.

Y por si fuera poco creas ‘El Pueblo’: España profunda versus urbanitas enganchados a la tecnología. Pura delicatessen. ¿No teníais bastante con ‘La que se avecina’?
Lo mejor de hacer series contemporáneas es que te permite visualizar hacia dónde están yendo las cosas, ser testigo de nuestra evolución como sociedad. El Pueblo es un proyecto de 2010, es antiguo en realidad. Antena 3 —después de todo el movidón que te acabo de contar— nos hizo una oferta muy buena para volver. (Risas).

A mí lo que me gusta es retratar la decadencia. La idea de El pueblo nace porque, hace diez años, me doy cuenta de que la vida en la ciudad no nos funciona, hay algo que está fallando, por eso decidí meter a un grupo de urbanitas adictos al asfalto en una aldea remota. Lo más fuerte es que mientras preparábamos la serie se impuso la idea de recuperar la España vaciada, y ahora con la pandemia todo el mundo quiere teletrabajar desde un pueblo.

Con La que se avecina nos adelantamos seis meses al estallido de la burbuja inmobiliaria y con El Pueblo estamos de plena actualidad. Además, gracias a El Pueblo hemos conseguido que nos dé un poco el aire mientras trabajamos. (Risas).

¿Hasta qué punto estáis pudiendo trabajar con normalidad por la pandemia?
Está siendo un coñazo. Tuvimos que parar dos meses y medio, con todo el perjuicio económico que supuso, y encima nos vencía el alquiler del plató de La que se avecina. Un horror. Hemos vuelto como buenamente hemos podido, improvisando muchas veces los protocolos porque nadie te decía nada. Tuvimos un positivo en el equipo técnico —eso me asustó mucho—, pero, vamos, que el sistema de rastreo ni existía ni se le esperaba.

«Tuvimos suerte porque nadie más se contagió. Tú puedes desinfectar el plató diez veces, pero al final la gente se va a sus casas. Ahora mismo, producir es una odisea para valientes»

En influyo_ no nos interesa nada, pero nada, la intimidad de nuestros protagonistas, pero resulta que amamos con locura a la actriz Miren Ibarguren que, casualmente, es tu novia. Entonces: ¿cuándo Miren se enfada dice cosas del tipo: “¡Quiero el collar de la puta paya!”, como la gitana Lucero, su personaje en ‘Arde Madrid’?
(Risas). Miren tiene una personalidad única, única de verdad, no conozco a nadie como ella. Llevamos más de siete años juntos y a veces dice cosas que me siguen dejando a cuadros. (Risas). Frases como la del collar es de lo más normal que te puede soltar.

«Miren está completamente loca en el sentido más sano de la palabra, lo cual es muy de agradecer. Vivir junto a ella es un privilegio y una aventura maravillosa»

¿Tienes alguna pesadilla recurrente?
Tengo la ultraclásica: la de que no he acabado los estudios. Y tengo otras muy truculentas, que van y vienen, del tipo: estás en casa y te asaltan.

¿Qué tal te llevas con Alberto Caballero?
Hay que estar al loro. (Risas). Me llevo bien porque tengo mis propios mecanismos mentales para entenderme. Es una convivencia obligada así que mejor llevarse bien con uno mismo.

Caballero: un tipo brillante que sabe que es mejor observar que ser observado.

¿Te ha cambiado en algo la pandemia?
Al principio resultó una de las mejores etapas de mi vida. Eso de que te dejen en casa tranquilo sabiendo que el mundo se ha parado y que apenas te llamen por teléfono me pareció un regalazo. Por primera vez en muchísimos años me pude permitir el lujo de no hacer nada. Me vino muy bien para estar con Miren, leer, descansar… Luego, la verdad, se covirtió en una mierda.

«Personalmente, sé que la pandemia me está cambiando, pero aún no sé muy bien hasta qué punto»

¿La fiesta terminó?
No ha terminado porque la fiesta la lleva siempre uno dentro. La fiesta se había descontrolado un poquito, las cosas como son, y creo que nos han dado una pequeña pausa para que le echemos una repensada.

¿Qué es la felicidad?
La felicidad es una idea muy cabrona que ha hecho mucho daño entre libros de autoayuda y psicología positiva. El cerebro humano no está diseñado para la felicidad, está diseñado para la supervivencia. Cuando no tenemos problemas nos los inventamos.

«Para mí la felicidad, definitivamente, es no tener asuntos pendientes»

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