Emilio Sagi

De zarzuelas y David Bowie

Su familia es parte indispensable en la historia de la zarzuela, ese género —genuinamente español— en el que la música juega a ser teatro y acepta de buen grado las partes habladas. Doctor en Filología Inglesa y musicólogo, fue profesor de literatura inglesa y norteamericana hasta que la dirección de escena se apoderó de su destino. Hoy, Emilio Sagi (Oviedo, 1948) —en estos tristes días de otoño pandémico— se ha propuesto alegrarnos el corazón volviendo a poner en pie su montaje más emblemático, ‘La del manojo de rosas’, precisamente en el mismo foro en el que lo estrenó hace ahora justo treinta años, el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Aquel día marcó un antes y un después en el devenir de nuestro teatro lírico y, en muchos sentidos, su supervivencia en el siglo XXI quedó garantizada.

Digno albacea del legado familiar, nuestro protagonista es nieto de Emilio Sagi Barba y sobrino de Luis Sagi Vela, dos de los barítonos más aplaudidos de su época y parte imprescindible de nuestra zarzuela y nuestra ópera. Curiosamente, cuando Pablo Sorozábal, Francisco Ramos de Castro y Anselmo Cuadrado Carreño escribieron ‘La del manojo de rosas’ —hace ochenta y seis años— crearon el personaje de Joaquín pensando en el tío del ovetense. No acaban aquí las coincidencias, Sagi —uno de nuestros directores de escena más reconocidos en el mundo— celebra también estos días sus cuarenta años de carrera; valiente y bella son dos de las palabras que mejor la definen. Hay mucho de lo que hablar. Empecemos.

Oviedo, 1980. El profesor de literatura inglesa más guay de la Facultad de Filosofía y Letras —que resulta que es un enamorado de la ópera— debuta en el Teatro Campoamor como director de escena de ‘La Traviata’. ¿Se te han hecho cortos estos cuarenta años?
Ni me he enterado. La fecha casi se me pasa. Yo creo que en la vida ninguno somos planamente conscientes del paso del tiempo. Ayer mismo éramos jóvenes. Observo la cifra, pero no me impresiona. De aquella época sigo manteniendo cierta audacia. Los ochenta, en general, fueron muy audaces. (Risas).

«Cuando eres joven, como no tienes nada que perder, te da igual arriesgar mucho, pero a medida que construyes una carrera más o menos importante las cosas cambian»

Dicho esto, yo siempre he hecho lo que he creído que tenía que hacer.

¿Qué tipo de fuego interior te ha alimentado todo este tiempo?
Hay gente que afirma que yo tengo un método, un estilo. Podría ser, pero para mí cada nueva obra es un desafío completamente distinto al anterior.

«Elijo un camino, lo emprendo y no paro hasta darle forma. Puede que haya gente que me critique por esto, pero yo siempre intento que todo sea lo más bello posible»

Aunque el argumento sea un horror yo siempre intento mostrar algo especial que ayude al espectador a olvidarse de la rutina.

A sus 72 años, Emilio Sagi contempla la vida con la tranquilidad de proporciona saber que siempre ha hecho lo que ha querido hacer sin molestar a nadie.

¿Te costó aprender a escuchar a tu instinto o fue algo innato?
La verdad es que no soy nada dubitativo, más bien soy un poco sinsustancia. (Risas). No creo nada en el análisis.

«Analizar es algo tremendamente aburrido que solo arroja una cosa: problemas»

Yo soy de esas personas que van apuntando ideas, escribo todo lo que se me ocurre. Luego voy cribando: esto sirve, esto no.

Cuando vuelves —a través de un vídeo, por ejemplo— a alguna de tus óperas o zarzuelas pasadas ¿te criticas o te aplaudes?
Tiendo a autocriticarme. En esencia, todos evolucionamos. Cada uno en su profesión va aprendiendo y haciéndose cada vez más sabio. Es lo que se llama tener oficio. A veces veo cosas mías y pienso qué horror, qué espanto, cómo habré yo hecho esto. (Risas). Pero son cosas que en su momento tenían su porqué y encajaban perfectamente.

Los papeles principales de ‘La del manojo de rosas’ —del 10 al 22 de noviembre de 2020 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, están interpretados por Ruth Iniesta, Raquel Lojendio, Carlos Álvarez, Gabriel Bermúdez y Vicenç Esteve, entre otros © Javier del Real

Tu pandilla, tus amigos, eráis los modernos de Asturias: Ángeles Caso, Tino Casal, la diseñadora Pepa Ojanguren, el dramaturgo Etelvino Vázquez, el escenógrafo Luis Antonio Suárez, el pintor Germán Madroñero… ¿Cómo os juntasteis?
De pura casualidad. Creamos un laboratorio de danza y por allí fue pasando mucha gente interesante, bastante chiflados todos. (Risas). En 1977 creamos un espectáculo y lo presentamos en el Campoamor, que se llenó hasta arriba. Fue un momento muy interesante en Oviedo en el que todo se empezaba a abrir, había muerto Franco y la gente quería desprenderse de pesos y tristezas. Las noches de Oviedo eran muy, muy divertidas.

¿Qué querías ser de pequeño?
Creo que jugaba a ser médico, pero no recuerdo tener una vocación demasiado clara. Luego se fue imponiendo, sin concretar demasiado, la música. El background familiar era importante y eso siempre pesa.

¿Cuándo empieza a despegar la carrera de Emilio Sagi?
En el año 87. Yo había debutado en Madrid en 1982, pero seguía adscrito a la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo. En 1985 tomé la decisión, hablé don doña Patricia Shaw, que era la jefa de mi departamento, y le dije que quería dedicarme definitivamente a la música.

Me empezaban a salir trabajos muy interesantes y Plácido Domingo, que creía mucho en mí, me llevó por primera vez a América a trabajar»

La posibilidad de vivir de la dirección de escena tomaba forma y mi punto de inflexión estuvo marcado por el debut en el Teatro Comunale de Bolonia. Y de ahí a Venecia, Milán, Lisboa, París, Roma, Londres, Los Ángeles, San Francisco, Tokio, Montecarlo, Osaka, Hong-Kong y un larguísimo etcétera.

¿Cuántos años has estado dentro de ese loop que te ha llevado de teatro en teatro, de país en país?
Pues la mayor parte de mi carrera, unos treinta años. Luego me nombraron director del Teatro de la Zarzuela, del Teatro del Real y del Teatro Arriaga, trabajos muy interesantes que seguía compaginando con mis montajes.

«Ahora no aceptaría ningún trabajo al frente de una institución. Lo que fue estuvo bien»

Guillermo García Calvo es el director musical de esta ‘La del manojo de rosas’ del Teatro de la Zarzuela © Javier del Real

¿Cuál es el truco para aguantar al político de turno? 
(Risas). Eso se lleva… llevándolo. Hay que aguantarlos, no queda otra. Cuando diriges un teatro hay una serie de factores que siempre están ahí, apretándote contra la pared. Uno es el público, pero su presión es lógica, porque diseñas programaciones pensando en él. Luego está la crítica, que bien.

«Y, por último, están los políticos que tienes que aprender a sobrellevarlos, a torear fino»

¿En cuarenta años te has encontrado a algún político en el área cultural con sensibilidad real para la ídem? Dinos que sí o nos cortamos una vena.
Mmm… poquitos. Alguno hubo. Los políticos piensan que la ópera o la zarzuela son como el cine, que te llega la película y la proyectas. (Risas). Cuando creas espectáculos, ocio, la gente no se para a pensar en todo el esfuerzo que hay detrás, lo que, por otra parte, es lógico. Pero lo hay y mucho. La magia de un espectáculo es puro trabajo.

«Cuanta más magia, más trabajo hay detrás»

Hay que pensarlo mucho, organizarlo mucho y dedicarle mucho tiempo a todos los implicados en el proyecto. Lo mejor es que el público no sea consciente del esfuerzo que implica el ocio y se limite a disfrutarlo.

En estos cuarenta años hemos pasado de las señoras y señores emperifollados que iban a la ópera para aparentar condición social —la mayoría, grandes ignorantes del género— a un público de cualquier condición realmente sensible y preparado. ¿Ese y no otro es el gran triunfo?
Absolutamente, eso está claro. Yo sé lo que son las asociaciones de amigos de la ópera en las que de ópera saben cuatro y el resto hacen el paripé. He dicho no a más de una propuesta precisamente por eso.

«La gente que hoy va a la ópera o a la zarzuela no es de paripés»

¿Qué piensas del auge del consumo de ópera a través de las plataformas de streaming?
Si un montaje me interesa especialmente lo busco y lo veo, pero, en general, cuando estoy en casa prefiero no trabajar. Si escucho una ópera, automáticamente, entro en modo trabajo: qué haría yo aquí, cómo resolvería esto y lo otro. En casa prefiero disfrutar de otras mil músicas diferentes, empezando por David Bowie o Lou Reed.

Montserrat Caballé fue una de tus grandes amigas. ¿Cómo era vuestra relación?
Maravillosa. Montserrat me ayudó mucho y trabajamos mucho juntos; al igual que Plácido Domingo. Me llevo muy bien con la gran mayoría de los cantantes y profesionales con los que he trabajado, somos amigos dentro de un contexto que, inevitablemente, es el laboral. Los amigos del alma se cosechan en otros campos. A lo largo de nuestras carreras, en las que no paras de viajar, conocemos a infinidad de gente con la que es materialmente imposible estrechar lazos por el ritmo de vida y por las distancias. Pero hay una cordialidad que es real.

¿Detectar y apoyar nuevos talentos es una obligación? «Por supuesto, lo es, y no solo cuando diriges una obra. Hay que apoyar al talento emergente cuando estás al frente de un teatro»

¿Cuantas veces has puesto en pie ‘La del manojo de rosas’?
No sabría decirte… ¿más de treinta?

¿Y todas diferentes?
No, todas iguales. Es el mismo montaje con intérpretes diferentes, lo que en esencia hace que cada representación sea diferente. Casi podría afirmar que todos los barítonos españoles han pasado por mi manojo de rosas. Es una producción que fue un gran éxito hace treinta años y sigue gustando cada vez que vuelve. Siempre está ahí, yendo y viniendo. Esperemos que hoy vuelva a gustar. (Risas).

‘La del manojo de rosas’, la producción más emblemática y especial del Teatro de la Zarzuela —creada por Emilio Sagi— cumple 30 años. En su estreno fue muy bien recibida por público y crítica, y así ha seguido siendo durante las tres décadas transcurridas.

¿Qué le dirías al Emilio Sagi de hace cuarenta años, al que debutaba en Oviedo?
Que tirase para adelante. Yo repetiría todo lo vivido sin dudarlo. He tenido mucha suerte gracias a la gente estupendísima que he tenido —y tengo— junto a mí. He hecho lo que he querido sin molestar a nadie y, sobre todo, he tenido el trabajo que he querido tener.

«Ahora me hago mayor y ya no quiero tanto trabajo. Ahora —después de muchos años encerrado en teatros y con la maleta y la lengua fuera yendo de acá para allá— quiero vivir más»

¿Por qué te has instalado en Alicante?
Después de trotar por todo el mundo y tras los ocho años que viví en Bilbao —que es una ciudad ideal por ser tan grande como pequeña—, me resultó muy complicado volver a Madrid, sobre todo tras la muerte de Javier (Escobar, su pareja desde jóvenes). El Madrid que había vivido ya no existía. Cuando a Jordi (López, su actual pareja y músico de la orquesta ADDA Sinfónica) le salió la plaza en Alicante nos planteamos una nueva posibilidad. Estoy feliz porque ahora puedo ver el mar desde la cama cada mañana.

¿Pandemia equivale a decir: la fiesta terminó?
Yo creo que no. El día que haya una vacuna —que tarde o temprano llegará— la gente va a salir de casa en estampida. (Risas). Los bares van a tener que triplicar los turnos. Somos así. Nunca seremos como el norte de Europa. ¿Que si cambiarán cosas? Seguro, pero sobre todo por la crisis económica derivada. ¿Que si volveremos a ser nosotros mismos? Segurísimo.

‘La del manojo de rojas’, arte genuinamente español en el Teatro de la Zarzuela.

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