Carlos Alonso

El alma viaja en contenedores
Fotografía: Queima Films

Érase una vez una tienda de muebles que fue mucho más que una tienda de muebles. Lugar de peregrinaje para los adictos al diseño y el buen gusto —ese que, cuando es real, no acepta Ikea como animal de compañía—, Batavia ejerció de paraíso protector en el local comercial más fascinante de Madrid, en los bajos del Palacio de Santa Bárbara, en la calle Mejía Lequerica. En Batavia, como en Tiffany, nada malo te podía pasar, hasta que un día frío y gris de finales de invierno una pandemia llegada del este desestabilizó el a veces frágil equilibrio que sostiene a la belleza llevándose por delante un lugar muy especial que ahora comienza a ser leyenda.

Carlos Alonso (Madrid, 1968) —ingeniero industrial, emprendedor y filántropo— creó Batavia hace casi veinticinco años. La casualidad, el instinto y su mirada educada le empujaron a hacerlo. Hoy, cuando cierra el año profesional más complejo de su vida, echa la vista atrás y se siente orgulloso de lo conseguido, sobre todo por haber podido cerrar su proyecto con dignidad y sin dejar a deber un solo euro. La buena noticia es que la esencia de Batavia —el equipo humano con algunos de los mejores interioristas de España— ha sobrevivido al tornado y pasa a integrarse en el estudio de arquitectura Ábaton del que el propio Carlos es socio junto a su hermana, Camino Alonso, y a su cuñado, Ignacio Lechón. Esta es la historia de una tienda que solo vendía cosas especialmente bonitas.

¿Qué lleva a un ingeniero industrial como tú, con un máster en administración de empresas, a comprar muebles en el sudeste asiático?
Mi primer trabajo serio fue en la constructora Huarte —hoy OHL—. Entré y me asignaron al equipo que estaba reformando el Teatro Real de Madrid. Unos meses después, por mi perfil y porque dominaba idiomas, me trasladaron al departamento internacional con destino Indonesia. Una vez allí, sin darme cuenta, empecé a meterme en el mundo de los muebles. Compré una mesa preciosa para mi casa de la que no quería deshacerme el día que tuviese que volver.

«Así que me puse a investigar y descubrí el fascinante universo de los contenedores en los que puedes enviar lo que se te ocurra a tu país vía marítima, pero, claro, un contenedor es demasiado para una sola mesa así que me puse a comprar muebles como un loco hasta llenarlo»

Volví a España, dejé Huarte y un buen día llegó mi contenedor. Dirección: la casa de mis padres —que tienen un trastero muy grande (risas)—. Empecé a vender algunos de los muebles allí mismo y luego en un local del centro de Madrid que me dejó un amigo. Mientras tanto, me dedicaba a enviar currículos y a hacer entrevistas de trabajo en unas empresas que con solo pronunciar sus nombres me invadía la tristeza, pero la venta de muebles empezó a funcionar estupendamente así que me animé a montar mi propio negocio.

A sus 52 años, Carlos Alonso deja atrás el trago profesional más amargo de su vida: poner fin a Batavia, su proyecto más personal © Queima Films

Lo de los contenedores debe ser como un vicio: enviado el primero no se puede parar. ¿Dónde comprabas los muebles?
Empecé comprando en Yakarta, en la capital de Indonesia, y luego me fui confiando y empecé a adentrarme en el interior de Java y Bali. Con Batavia ya montada —Batavia fue el nombre de Yakarta cuando era la capital de las Indias Orientales Neerlandesas— me aventuré a comprar en otros países: China, Vietnam, Tailandia, Birmania, Filipinas, India, etcétera. Hacía cuatro o cinco viajes al año enlazando países.

Llenar un contenedor y enviarlo a España parece fácil, pero imaginamos que las esperas y las incertidumbres pueden llegar a ser grandes.
Absolutamente. Un pedido que hice en Birmania llegó un año y medio después, cuando ya pensaba que se había perdido para siempre. Los contenedores suelen llegar a Valencia; los bajan del barco, los suben a un camión y te los dejan en tu nave —o en la puerta de la casa de tus padres— para que los descargues. (Risas).

«Con los primeros contenedores, cuando aún me faltaba experiencia, los muebles solían llegar hechos polvo porque no los habían embalado bien»

Casa Ábaton © Belén Imaz

Los muebles de Indonesia, que siempre tienen un acabado de goma laca, llegaban fatal por la humedad. Los suben a los barcos con temperaturas de 34 grados y una humedad del 89 por ciento y cuando llegan a Madrid todo eso se ha condensado, el contenedor está lleno de agua y el cartón con el que embalan se ha empapado y pegado al mueble. Y entonces es cuando tú tienes que lijarlos todos y volver a barnizarlos.

«Aprendes a base de disgustos»

Y luego hay que asumir que Madrid es la capital más seca de Europa y la que mayores variaciones de temperaturas entre estaciones tiene, lo que hace que la madera, si no la tratas bien, se agriete.

También empezaste Arquitectura, pero no acabaste la carrera. ¿Cómo nace entonces —junto a Batavia— Ábaton, el estudio de arquitectura del que actualmente eres socio?
Mi hermana y mi cuñado son arquitectos. Ellos habían creado una empresa para construir y vender una promoción de casas. Cuando estuvieron vendidas decidieron cerrar esa sociedad, pero les pedí que esperasen un poco y les convencí para unir esfuerzos porque Batavia ya empezaba a funcionar.

«La idea era crear un estudio que ofreciese arquitectura singular y el mejor interiorismo; es decir, casas especiales con personalidad»

Construimos una casa estupenda y esperamos a que apareciese un cliente que supiese apreciar lo que habíamos hecho y estuviese dispuesto a pagar la diferencia. La casa apareció en varias revistas de arquitectura y decoración y la vendimos relativamente pronto.

«Nos convertimos en un estudio de arquitectura que construía y decoraba casas singulares para clientes muy particulares. Así nació Ábaton»

En 2021 Batavia habría cumplido 25 años. Cerrada la tienda, su equipo de interiorismo se ha incorporado al estudio Ábaton © Juan Baraja

¿Cuál es la palabra que mejor define lo que fue Batavia como tienda?
Eclecticismo. En 2005 se incorporó al equipo Beatriz López Vilalta y con ella entraron en escena los muebles contemporáneos. Nuestras casas necesitaban un eclecticismo, una mezcla entre antiguo y moderno, entre culturas. Nuestra primera tienda estuvo en la calle Serrano Anguita, en Alonso Martínez, pero yo ya le había echado el ojo a la ferretería que había en los bajos del Palacio de Santa Bárbara, o Palacio de Villagonzalo, que estaba al lado. La ferretería Hijos de Sainz era una maravilla. Hubo que esperar bastante y fue complicado porque los Sainz llevaban 110 años de alquiler. Llegó el momento en que ellos decidieron trasladarse y empezamos el proyecto con bastante miedo, todo hay que decirlo.

«Un edificio histórico de esas características tiene unos niveles de protección altísimos, pero todo fue bien, lo hicimos bien y no hubo ni un solo requerimiento. Al año de empezar la obra abrimos Batavia»

Eclecticismo made in Batavia © Belén Imaz

¿Qué hizo que Batavia fuese un lugar mágico?
Que tenía alma, mucha alma. Nunca se nos pasó por la cabeza que la tienda fuese una consecución de corners monográficos de marcas de muebles. Cada esquina, cada espacio, ofrecía una escena real de una casa auténtica con sus mezclas, referencias y vivencias.

«Las puestas en escena de Batavia estaban muy trabajadas. Llegamos a acostumbrarnos a ver a propietarios de otros negocios de decoración ‘inspirándose’ en el nuestro»

¿Por qué ha cerrado Batavia?
Mucha gente venía a Batavia, tomaba ideas y luego acaba comprando lo que nosotros ofrecíamos a través de internet. Nuestro trabajo de curación se iba al traste porque la venta no se producía en la tienda.

«Y, por otro lado, empezó a haber una competencia muy fuerte en el mundo del mueble en Madrid con una guerra de descuentos que a nosotros ni se nos pasaban por la cabeza porque, además, las marcas no nos lo habrían permitido»

Hay un mínimo del que no se puede bajar. No sé cómo harían los otros para saltarse esta norma, pero nosotros nos negamos a entrar en ese juego. Y, bueno, los números empezaron a ponerse un poco-bastante de aquella manera.

Casa Ábaton © Belén Imaz

«Antes de que llegase la pandemia yo ya sabía que no íbamos bien, pero empezó el confinamiento y no quise decir nada porque mi misión en ese momento era transmitir a mi equipo tranquilidad y esperanza«

Era lo que tocaba. Hasta que la situación se hizo insostenible y me di cuenta de que teníamos demasiadas papeletas para que todo acabase demasiado mal. Así que, en el día más difícil de mi vida, decidí cortar a tiempo para poder pagar a todos los trabajadores y proveedores y no tener que entrar en un concurso de acreedores que habría sido terriblemente traumático.

«Intenté acabar esta historia que había sido tan bonita de la mejor manera posible. Batavia, la tienda, murió con dignidad»

Ahora Ábaton concentra servicios de arquitectura, interiorismo y paisajismo. ¿Satisfecho?
Sí porque el espíritu de Batavia sigue vivo. El cuarenta por ciento de nuestros encargos se centra en reformar casas y el otro sesenta en hacerlas nuevas; unos clientes y otros, la gran mayoría, quieren que les apoyemos con un plan de interiorismo, que vistamos y arropemos sus nuevos hogares.

APH80 (Ábaton Portable Home de 80 metros cúbicos). Sí, ya sabemos que la quieres, pero ya no se produce. Disfruta de la imagen © Juan Baraja

No podemos evitar preguntarte por el éxito de la casa transportable APH80 (la Ábaton Portable Home de 80 metros cúbicos), remarcando que ya no la fabricáis. ¿Existe alguna revista de arquitectura o decoración de este planeta que no haya hablado de la APH80?
Estoy casi seguro de que no. (Risas). Todas las revistas del sector se hicieron eco de este proyecto de 9 x 3 metros cuadrados. Crear esta casa fue un auténtico divertimento. Entre que la comprabas y la tenías instalada en tu terreno pasaban exactamente dos meses. La dejamos de hacer porque, literalmente, su éxito nos superó. ¿Cuánto me cuesta llevarla a Nueva Zelanda, y a Argentina, y a Islandia? Durante meses no tuvimos manos para responder a todas las peticiones de información. Estoy muy orgulloso de este proyecto y para que quede claro una vez más: ya no lo hacemos. (Risas).

Carlos Alonso es un tipo con principios que, desde mucho antes de montar empresas de éxito, se dedica a ayudar a los demás. ¿Está en tu naturaleza?
Cuando acabé de estudiar me involucré durante un año y medio en proyectos de cooperación. Quería hacerlo antes de que empezase mi vida laboral. Trabajé en Perú, Palestina, Líbano y aquí en Madrid.

«Hay que intentar un mundo mejor. Yo quiero un mundo mejor»

Carlos Alonso: ingeniero industrial, emprendedor y filántropo.

¿Qué más te hace feliz?
El contacto humano, la conexión; los de nuestra especie estamos hechos para vivir conectados. El campo también me hace feliz y, por supuesto, viajar, encontrar lugares inspiradores que me nutran a cada paso, como Japón, que es como estar en otro planeta porque en todo lo que hacen —ya sea reciente o tenga mil años— encuentro inspiración.

¿Qué le pides a 2021?
Seguir siendo capaz de generar ilusión en mi equipo, que todos seamos felices trabajando y que estemos satisfechos con lo que hacemos. Eso es más que suficiente.

Reforma integral al estilo Ábaton © Queima Films

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