De cintura para arriba

Lluís Pasqual
Fotografía: Javier del Real
Lluís Pasqual © influyo_

[Publicado originalmente el 5 de junio de 2020]

Concentrar la esencia de Lluís Pasqual (Reus, 1951) en apenas un párrafo es misión imposible. Esta entrevista con él ha resultado tan enriquecedora como extensa. Por eso no quemaremos ahora más palabras de las necesarias. Estudiante de Filología Catalana, no tardó en convertirse en l’enfant terrible de la escena española. Padre del rompedor Teatre Lliure de Barcelona a la muerte de Franco, director después del Centro Dramático Nacional —donde alumbró dos lorcas inéditos: El público y Comedia sin título— o gestor también del Odéon-Théâtre de l’Europe y de la Bienal de Venecia; cuenta con numerosos honores, como el Premio Nacional de Teatro o el que le distingue como Caballero de la Orden de las Artes y Letras de la República Francesa. Sin duda, una de las personalidades más influyentes en la Cultura de nuestro tiempo. Hablemos.

Usted, que se maneja muy bien en Instagram, subió el otro día esta frase de John Steinbeck: «El teatro es la única institución del mundo que lleva cuatro mil años muriendo y nunca ha sucumbido. Se requiere gente dura y devota para mantenerlo vivo». ¿Hay cantera?
Por supuesto que hay cantera. Otra cosa es que tengan los instrumentos y el conocimiento para poder tallar esa roca.

Las nuevas generaciones, los hijos del bienestar, del “quiero eso” pues “tómalo”, ¿son más blandos?
Son más indefensos y, curiosamente, esa indefensión les conduce a un desconocimiento y a una cierta intolerancia sorprendentes. Pero eso probablemente también es culpa nuestra.

¿Crear es un combate?
Por supuesto. Para empezar, con uno mismo. Y siempre es una aventura muy gratificante un combate de esgrima con Mozart o con Becket aún sabiendo que siempre ganarán ellos. Lo fundamental  es no hacer ni hacerse trampas.

¿Podríamos afirmar que el amor más grande de su vida es el teatro?
En absoluto. Los dos grandes amores de mi vida, porque se puede tener más de uno justamente porque el amor te convierte en otro, han sido siempre personas concretas. El teatro ha sido y es una pasión mantenida en el tiempo y al que casi siempre, para bien o para mal, le he dedicado más tiempo y energía que al amor. Aunque la práctica honesta del teatro es también una manera de amar. 

¿Qué más ilumina su vida?
Después del amor y de su hermana la amistad, una infinidad de detalles aparentemente insignificantes pero que con el tiempo crecen y se vuelven importantes.

¿Qué tipo de combustible activa su mecanismo?
Yo nunca he sido ni muy optimista ni muy valiente sino más bien utopista y temerario. Y aunque selectivo, muy poco hedonista. Lo único que me ayuda a levantarme y caminar es sentirme útil a alguien o a algo. En lo concreto, sobre todo en los últimos años: ver jugar a los niños, crecer a los árboles o contemplar largamente y sin ninguna finalidad el mar.

Señale, por favor, su lugar en el mundo.
Italia, pero mi dedo viajero, hasta ahora, no se llega a posar en ningún sitio por demasiado tiempo. En el fondo me gusta más el viaje que la llegada.

¿Cuándo se hizo usted adulto?
Creo que fui adulto desde muy niño. Luego he mantenido una cierta constancia para no serlo.

Un ensayo de Esperando a Godot, de Beckett, en el Teatre Lliure en 1999. Archivo personal de Lluís Pasqual.

¿Con quién no se lleva? «Como soy Géminis mi enemigo más íntimo es generalmente mi otro hermano. De los de fuera, las personas con alma de mercader y manipuladoras porque caigo siempre en la tentación de arrancarles la máscara y eso no se perdona»

¿Era todo mejor antes?
Lo parece. Tal vez era más fácil. Pero eso es una impresión que está en nosotros mismos no en los propios hechos. Y no le doy mucho juego a la nostalgia 

¿Sabe usted perder?
Depende del terreno en que se juegue la partida. En general, sí. Tengo una tendencia innata a sentirme culpable, lo cual lo facilita. Aunque si la pérdida me parece injusta tardo más en asimilarlo. Ganar es más fácil. Pero la victoria, en mí, es un sentimiento muy pasajero.

¿De qué no le vale la pena hablar?
Tal vez de las ensoñaciones —que no de los sueños— irrealizables. En eso, cada vez más, sigo la doctrina de Merly Streep: «No estoy dispuesta a perder el tiempo con gente que no me interesa». Y eso se intuye en el primer minuto.

Como especie, somos capaces de lo mejor y lo peor. ¿Nuestras luces compensan nuestras miserias?
Las miserias se sienten menos cuando uno tiene acceso a esa realidad paralela que es el Arte. Aunque el Arte también tiene sus propias miserias.

¿Qué tal se lleva con la mentira? «La mentira es mi aliada, si no no hubiera poder ejercer este oficio. Pero se trata de una mentira inteligente y pactada. Lo contrario es el engaño»

Así, en general, ¿la política es un asco?
La política es una actividad que, en mayor o menor grado, ejercemos todos los seres humanos. Otra cosa es el poder que se sirve de la política para fines generalmente dudosos. En un mundo donde tuviera cabida una palabra tan denostada e imperfecta como la pureza, la política vendría a ser como el buen flamenco: cuando se convierte en una profesión se jodió el invento. 

¿Cree usted que los políticos son capaces de jalear premeditadamente el enfrentamiento con tal de permanecer en sus cargos?
No es que yo lo crea. Es lo que observo y constato todos los días. Aunque a lo largo de mi vida he conocido políticos que se salían de esa desdichada norma. 

Me gusta mucho esta frase suya: «No me interesa el poder, es un peaje ingrato que solo sirve para poner en marcha proyectos artísticos». ¿Lo sigue pensando? ¿Qué dice la letra pequeña del poder?
Lo sigo pensando. El poder construye un lenguaje y unas estructuras en las que vivimos sumergidos, aunque no nos demos cuenta: los españoles practicamos un horario que parece natural y no es más un horario franquista. Y gran parte de la humanidad se rige por un calendario entre eclesiástico y electoral, cuando no deportivo. El poder necesita sentir que utilizas su propio lenguaje para aceptarte. En el caso de un artista eso solo emana de una cierta —y por supuesto pasajera— notoriedad. No estoy seguro de que se lo crean, pero te dejan tranquilo y hasta pueden fingir que te admiran.

En estos días complejos, ¿ha notado usted que estamos volviendo a una especie de versión 2.0 de las dos Españas?
Yo creo que las dos Españas no se fueron nunca. Somos un país ignorante y envidioso: una fatal combinación. Aquí hay siempre dos bandos, por momentos agazapados, pero siempre esperando a salir. Goya lo cuenta muy bien. Y Machado y tantos otros. Y eso no ha cambiado. A pesar de todo, siempre he creído que una formación y una educación sólidas apacigua y hasta puede llegar a hacer desaparecer esa ceguera tan destructiva y violenta.

¿A qué ha tenido que renunciar para llegar tan alto?
De alguna manera a casi todo, pero nunca lo he sentido como una renuncia. Eso no quiere decir que no haya vivido. Si no, hubiera hecho un teatro alimentado del propio teatro, que siempre me ha producido rechazo, y no de la experiencia de la vida, y no creo que haya sido así. La verdad es que eso me ha llevado a vivir la vida a sorbos rápidos y profundos, a menudo con ansia, como un asmático.

También ha dicho que el teatro está obligado a ofrecer nuevas miradas. ¿El teatro es rebeldía o no es?
El teatro es siempre compromiso. Y ese término incluye también la rebeldía. Aunque cualquier sistema la termine fagocitando irremediablemente. ¿Cómo se puede explicar sino que en el teatro del Siglo de Oro español, empapado de Contrarreforma, las mujeres se pudieran subir a un escenario cuando en Europa entera les estaba vedado, y hasta en la anglicana y hereje Inglaterra los papeles femeninos los interpretaban hombres? ¿O que en una obra de Calderón los actores y actrices, indignos de ser enterrados en tierra sagrada, pudieran representar a las Virtudes e incluso al mismo Dios? El teatro que no está ética y estéticamente comprometido con su tiempo es simplemente inmoral.

«El confinamiento ha vuelto a despertar en mí una insaciable curiosidad por una infinidad de temas que desconozco», Lluís Pasqual.

¿Cómo explicaría Lluís Pasqual nuestro presente si mañana tuviese que levantar un telón?
El presente es lo más difícil de explicar con instrumentos de primera mano, inmediatos. Lo cuenta mejor el buen periodismo.»Todo teatro verdadero tiene un profundo hedor de luna pasada», dice Lorca en El Público. El teatro acaba siendo siempre una metáfora de la vida porque es una condensación del espacio y del tiempo. Y le corresponde al espectador hacer el salto de esa metáfora a sus propias vivencias y emociones. Durante esta pandemia me ha venido a la cabeza infinidad de veces Othello, de Shakespeare, porque habla del amor como esperanza traicionada, de irracionalidad, de racismo, de política, de manipulación… y de cómo a partir de algo aparentemente insignificante como o un virus, o en este caso de un pañuelo, se puede desencadenar una tragedia inconmensurable. 

De sus últimos proyectos, ¿cuáles se han quedado al margen por culpa de la pandemia? ¿Volverán a los escenarios?
La verdad es que todos los proyectos, en escasamente tres meses, se me han envejecido prematuramente entre las manos. Una gran parte del Arte, la Literatura por ejemplo, se me ha llenado de arrugas. Lo único que tengo la impresión de que ha sobrevivido incólume es la Poesía.

¿Sigue siendo un misántropo?
Sí. Creo que eso en mí tiene un componente genético. No me gusta la humanidad contemplada desde lejos o a media distancia. Aunque sí en las distancias cortas. Pero en ese caso la «humanidad» deja de serlo y aparecen las personas.

¿Qué tal se lleva con su sombra?
Sólo la soporto si me paro a pensar que en la cara opuesta hay una luz que la provoca.

¿A usted la soledad cómo le gusta?
Sabiendo o imaginando que al otro lado de la puerta hay alguien que me espera.

Sin cultura, ¿qué nos queda? «Básicamente los impulsos y las reacciones de cintura para abajo, que no siempre son las más certeras»

¿Qué hacemos con la ignorancia?
Combatirla siempre. Porque la ignorancia conduce irremediablemente al desprecio del otro; y sin el otro no somos más que seres profundamente incompletos.

¿Cuéntenos una pesadilla recurrente?
Estoy en cualquier lugar, generalmente siniestro, quiero huir y no encuentro la salida. Y son generalmente en blanco y negro.

¿Cuál es su asignatura pendiente?
Hablar inglés como Churchill y tocar el piano como muchos intérpretes que admiro. Si volviera a ser joven practicaría cualquier deporte de riesgo.

Un defecto y una virtud, por favor…
Dos defectos: un (a menudo un suicida) complejo de Supermán, que según los psicólogos denota un defecto aún más profundo: una absoluta falta de autoestima. Dos virtudes: poseo y practico el difícil arte de escuchar y tengo, aprendido de mi padre, un afinado sentido del humor que me impide ser «trascendente», aunque en esta entrevista lo pueda parecer…

¿Ha creado usted escuela? «Tal vez la escuela de la tenacidad y de que este oficio es una carrera de largo alcance, no de fogonazos. Casi todos los que alguna vez han sido mis ayudantes están en activo y algunos son notables»

¿Qué le ha enseñado este confinamiento?
Ha vuelto a despertar en mí una insaciable curiosidad por una infinidad de temas que desconozco.

Hoy, viernes 5 de junio, cumple usted 69 años. ¿Le gusta el número? ¿Cómo se ve usted de mayor?
Es un número sin duda apetecible. No me veo: ya soy mayor. Si hay un personaje que detesto profundamente es Peter Pan. 

¿Se arrepientes de algo?
De las grandes decisiones diría que no. De pequeños detalles, sí.

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