Qué lindo es vivir

Elvira Lindo
Fotografía: Iván Giménez

Afirma haberse sentido muy halagada cuando Pedro Sánchez le ofreció la cartera de Cultura. Cuenta que la rechazó porque no estaba dispuesta a renunciar a su libertad. Esta anécdota evidencia que Elvira Lindo (Cádiz, 1962) sigue siendo una chica de barrio a la que no han logrado cambiar ni los años vividos en Nueva York ni el hecho de ser una de las voces más respetadas e influyentes de nuestro país.

El paso del tiempo, el cúmulo de experiencias… Nada ha alterado su esencia. De alguna manera, Lindo sigue siendo aquella chica de 19 años que cada mañana salía feliz de su casa para trabajar en la radio, siempre dispuesta a aprender —pasase lo que pasase— de la vida.

Sencillez, una gran capacidad de observación y sorpresa, opiniones audaces, ironía dulcificadora y unas inmensas ganas de disfrutar de todo son las claves de su éxito.

Elvira Lindo suele contestar a través de Facebook a los lectores que comentan sus columnas de El País. ¿No temes este tipo de interacciones directas?
Vivimos en un mundo salvaje y yo trato de que la gente comprenda que mis columnas y lo que escribo en ellas son como una especie de casa donde hay unas normas; porque eso es algo que la gente no suele comprender, creen que en nombre de la libertad de expresión pueden publicar lo que quieran en mis foros, incluso faltando al respeto, insultando o mintiendo.

«Vivimos en un momento en el que dejar pasar las mentiras o las faltas de respeto es contribuir a propagarlas, por eso intervengo, para que no se extiendan»

Recientemente, un lector cuestionaba tu trayectoria al supedirtarla a los ingresos de tu pareja. ¿Toleras los micromachismos?
Eso no fue un micromachismo, eso fue machismo directamente. Nunca lo llevaré con paciencia, tampoco consiguen cabrearme tanto como para no disfrutar del resto del día. Soy bastante guerrera en estas cuestiones, no las tolero, por eso respondo.

¿Cómo has evolucionado escribiendo columnas de opinión?
El cambio tecnológico ha sido muy imporante y ha hecho que todo cambiara. De repente, apareció internet y todo el mundo pensó que iba a ser el lugar en el que obtenerlo todo gratis, nadie quería pagar por un contenido cultural. Esto afectó especialmente al periodismo. Al principio se pagaba por el acceso a los periódicos en internet, pero luego el miedo a perder lectores hizo que se replantease la gratuidad; y el sostenimiento digital se limitó a la publicidad y a las ventas del papel. Hoy ya sabemos que esa fórmula no es económicamente viable.

«Los que desde el principio defendemos que hay que pagar por los periódicos online y por los derechos de autor fuimos terriblemente difamados»

Ahora son las multinacionales del entretenimiento las que están regulando estos procesos de pago por disfrute de productos culturales. Las plataformas de contenidos, el streaming, nos han hecho entender que todo lo que conlleva un trabajo intelectual y artístico tiene que ser remunerado porque si no los creadores no podrán subsistir.

¿Por qué cuando los sectores culturales reivindican algo siempre acaban bajo sospecha?
El sector cultural engloba muchísimas profesiones, de quien actúa o escribe a quien se encarga del montaje de un espectáculo o transporta los libros hasta las librerías.

«En España siempre se ha estigmatizado la cultura. Es como si la gente que formamos parte de este sector —dicho con ironía— viviésemos del cuento»

Elvira Lindo o la eterna mirada inquieta © Iván Giménez 

¿No ocurre en otros lugares del mundo?
España es un país con una cultura muy rica, que interesa y se estudia en el resto del mundo. Hemos proporcionado grandes artistas, originalidad y relevancia, pero dentro de nuestras fronteras reina cierta mezquindad.

«Mucha gente entiende a Velázquez como un elemento esencial de nuestra cultura, pero lo que no le cabe en la cabeza es que haya que pagar por entrar en el museo»

En esta especie de ignorancia tiene mucha culpa la clase política, probablemente porque los creadores en general se han situado a la izquierda o como progresistas, y eso ha provocado que la derecha tenga una especie de desconfianza hacia los trabajadores de la cultura. No debería ser así.

«Ideas políticas y trabajo son cuestiones diferentes que hay que separa y respetar»

¿Elvira Lindo profundiza en la vida de otros autores?
Cuando un autor me gusta mucho leo sobre su vida para situarme en su contexto histórico, en todo lo que esa persona vivió y cómo pudo influirle en su proceso creativo.

Y como autora, ¿te desnudas en tus libros?
Sí, mucho, lo cual no quiere decir que mis libros sean estrictamente autobiográficos. El último —A corazón abierto (Seix Barral)— sí que lo es porque hablo de mis padres. Ahora hay muchas polémicas y detractores en torno a la autoficción. Yo traté conscientemente de convertir a mis padres en personajes de novela. Eso no quiere decir que falseara los hechos, aunque algunos tuve casi que reinventarlos porque hay muchas cosas que cuento que había escuchado, pero no vivido. Así es como generas un mundo literario.

¿Cualquier historia es narrable?
Absolutamente. Hay autores diferentes interesándose por historias, personas o mundos diferentes. Me sorprende mucho cuando la gente dice: «Este tipo de libros no me gustan».

«Yo no dividiría la literatura por temas. La mirada del autor es lo único que importa»

¿Entonces lo que diferencia a periodistas de escritores es la forma de mirar?
En España se da una realidad muy curiosa y es que muchos escritores escriben columnas en periódicos. Las columnas se han convertido en un género híbrido donde se vierte una mirada muy personal sobre la realidad. Mi mirada es unas veces la de la escritora y otras la de la cronista, la de la persona acostumbrada a contar la realidad en distintos medios. Creo que esas dos miradas confluyen en los artículos que escribo.

¿Cómo te las ingeniaste para escribir una columna semanal para El País viviendo en Nueva York?
Durante los diez años que viví en EE UU estuve muy conectada con la realidad española. Leía varios periódicos al día, pero como no era suficiente para palpar el ambiente, me conectaba a las redes y tenía muchas conversaciones. Para mí es muy importante el contacto con la gente joven, siempre me han interesado las perspectivas de otras generaciones.

«También creo que es importante cambiar de opinión a lo largo de la vida»

¿Cómo es tu relación con la gente joven?
Cuando discuto con sus hijos siempre trato de trasladarles cómo yo veo las cosas y acaban diciéndome: «Tú no sabes nada». Al principio puede ser traumático, pero después te dices: «quizá tengo que empezar a considerar que también cuentan cosas interesantes». A mí ese momento me liberó y me proporcionó mucha paz interior.

«Me di cuenta de que no tenía por qué defender el peso de mi generación todo el tiempo. De la gente joven también se aprende»

Hablemos de Madrid.
Madrid —sobre todo cuando vivía en Nueva York— siempre significa volver a casa, a la ciudad en la que fui adolescente. Como decía Max Aub: «Uno es de aquel lugar donde hizo el bachillerato». En Madrid empecé a trabajar en la radio con 19 años, maduré en los 80 y aprendí a vivir.

¿Dónde estabas durante la Movida?
En mi barrio, básicamente. Siendo muy jovencita me tocó hacer entrevistas a gente de la movida, algunos bastante arrogantes. Lo importante era estar de moda, no tanto lo que hacías.

«Siempre tuve una especie de orgullo imbatible frente a todos esos personajes de la Movida que, lejos de impresionarme, me hacían pensar que su mundo era una tontería, que la vida era otra cosa»

¿No frecuentabas los ambientes de moda?
Hay un elemento importante a tener en cuenta: tuve un hijo con 22 años. Fui una madre muy joven que solo podía salir los fines de semana que no le tocaba cuidar a su bebé. Así me convertí en la chica de barrio que no podía salir cada noche a los bares. Con el tiempo también me di cuenta de todas las cosas buenas que esa etapa me enseñó de la vida.

58 estupendos años de historias que compartir © Iván Giménez

Se habla poco de tu faceta como actriz.
Siempre he tenido, sin pretenderlo, una vis cómica, lo que antes me suponía un conflicto. Soy la pequeña de cuatro hermanos y lo único que quería era que me tomaran en serio, pero mis hermanos se reían de mí, no conmigo. Hasta que aproveché mis imperfecciones, mis defectos, para construir algo diferente. Sin darme cuenta empezaron a ofrecerme algunos papeles y algunos los acepté como reto porque me parecieron divertidos. Ojo, también me ofrecieron trabajos con los que no me atreví. (Risas).

¿Siempre disfrutas de todo lo que haces?
Lo intento, aunque también me he metido en muchos embolados. (Risas). Mi vida ha sido igual de fácil y de difícil que la del resto. Soy de las que piensan que las malas experiencias no hay que borrarlas, sirven para aprender, para escribir o, sencillamente, para acumularlas. A veces Antonio (Muñoz Molina) y yo hablamos de todas las cosas que hemos vivido y nos damos cuenta de que hemos tenido mucha suerte.

«Hemos tenido muchas obligaciones familiares, muchos compromisos, hemos trabajado muy duro, pero siempre hemos encontrado momentos para disfrutar»

Eso es lo más importante y por eso seguimos aquí, porque los dos hemos sabido darle tiempo al goce, al puro goce de la vida.

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