De utopías y conquistas

Vladimir Cruz
Fotografía: PABLO BARBATO

Cuando una película se convierte en un fenómeno social sus protagonistas corren el riesgo de desintegrarse bajo el poder de la onda expansiva, fagocitados por el monstruo del éxito. No es el caso de nuestro hombre quien, al margen de nacer al cine en una joya como ‘Fresa y chocolate’ —historia viva del cine cubano y símbolo universal de la lucha contra la intolerancia y la discriminación—, ha sabido avanzar en la vida y en su profesión con el empeño, la constancia y la valentía de un león.

Vladimir Cruz (Placetas, Villa Clara, Cuba, 1965) es un hombre locuaz y encantador; ese tipo de personas que enlazan, una tras otra, historias fascinantes. No es de extrañar, las ha vivido todas. Es tiempo de hablar de cine, comunismo, homosexualidad, ideales, decepciones, respeto, libertad, felicidad y futuro. Un honor (real) compartir un instante de su existencia.

Fotografía: Pablo Barbato

¿Quién te puso el Vladimir?
Mi padre, en honor a Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin​. (Risas). En esa época eran muy comunes en Cuba los nombres rusos. En mi aula casi todos teníamos nombre ruso: Víctor, Iván, Vladya, Larissa… Estábamos en pleno romance con la Unión Soviética. Luego esa moda pasó y vinieron los nombres inventados con ‘y’, tipo Yusnavy o Usarmy. (Risas). Por suerte me libré.

Vladimir Cruz es, sin duda, uno de los más grandes intérpretes que ha dado el cine cubano © Pablo Barbato

¿Qué tipo de niño fuiste?
Fui un niño muy tímido que desde muy pronto descubrió la literatura. Prefería quedarme en casa leyendo que ir a jugar a la calle. También pintaba muchísimo. Con 12 años empecé a estudiar artes plásticas en las llamadas escuelas vocacionales que había en Cuba, pero al mismo tiempo me sentía terriblemente pasivo porque todos mis amigos habían optado por practicar algún deporte. Ellos corrían y sudaban y yo me pasaba una semana entera dibujando una naranja; así que decidí pasarme al deporte, pero en los más populares ya no quedaban plazas, así que no me quedó otra que apuntarme a lucha grecorromana sin saber lo que era. La practiqué cuatro años y hasta llegué a ser campeón provincial de Santa Clara. En ese periodo fue cuando el teatro se cruzó en mi vida.

«Alguien me convenció para que me apuntase a clases de teatro y ahí fue cuando descubrí que era como las artes plásticas, porque sacaba a la luz mi parte creativa, pero también exigía cierto esfuerzo físico. Me encantó. Encontré lo que necesitaba»

¿Qué idea tenías del mundo en esa época?
Me apunté a teatro con 15 años y empecé a estudiar para ser actor profesional con 17. A esa edad no me planteaba cómo era el mundo, la verdad. Tampoco tenía muchas fuentes de información sobre el exterior porque Cuba era un país absolutamente cerrado; lo sigue siendo, aunque algo menos. Cuba es una isla, no había internet y el discurso era muy hermético. Pertenezco a la última generación que vivió la épica de la Revolución.

«Aún recuerdo —siendo joven— grandes manifestaciones en la Plaza de la Revolución de La Habana y esa idea de que el futuro era algo luminoso porque estábamos construyendo un mundo en el que todos íbamos a ser iguales y a tener los mismos derechos»

Una utopía muy apetecible de creer, por otra parte. Lamentablemente tuvimos que asumir que la realidad nunca es tan ideal.

¿En casa, en tu familia, había algún antecedente artístico?
Mi padre era mecánico y mi madre ama de casa. Mi padre llegaba de trabajar y se ponía a cantar con su guitarrita; se sabía un montón de canciones —yo creo que él fue el responsable de estropearme el oído musical—. (Risas). Mi hermana pequeña canta superbién y tiró por la música. Pero no, no somos una familia de generaciones previas vinculadas al arte profesionalmente.

La suerte está de su parte, ahora bien «hay que trabajársela» © Pablo Barbato
Agradecimientos: Restaurante Salvaje (C/ Velázquez, 96. Madrid. Tel.: +34 675 107 738)

Con 23 años te licencias en Artes Escénicas en el Instituto Superior de Arte de La Habana. ¿Te costó mucho convencer a tus padres para que te dejasen ser actor?
No. Yo fui ese muchacho que desde muy jovencito, más o menos, sabía lo que quería. Mis padres siempre confiaron en mí. A mi madre nunca le convenció demasiado lo de la lucha grecorromana, porque pensaba que me podían matar. Por eso prefirieron el teatro a cualquier otro tipo de locura. Mi padre siempre me decía que por mis buenas notas podía aspirar a una profesión ‘seria’, como abogado o médico.

«Al acabar tercero de Artes Escénicas volví a casa por vacaciones y me puse a practicar malabares, que era lo que nos acababan de enseñar, y mi padre, algo enfadado, dijo: ‘¿Tres años de estudios para hacer esto?'» (Risas)

Pero, luego, cuando sales por la tele toda la familia se reconcilia contigo. Tuve la inmensa suerte de que, nada más graduarme, me seleccionaron para protagonizar una serie de televisión muy chula para la época—‘La botija’—, que fue mi primer trabajo serio.

¿Cómo te eligieron para ese papel?
La verdad es que debo confesar que siempre he tenido mucha suerte. Estaba en el último curso y era la época previa a la caída de la Unión Soviética, por lo que todavía había presupuesto para hacer bien la cosas. ‘La botija’ fue una gran producción que se rodó durante seis meses en la Sierra Maestra, todo en exteriores. Me presenté a los castings y me escogieron.

«Mi profesora de interpretación era una mujer brillante que había estudiado en Moscú —siempre decía que era nieta de Stanislavski porque había estudiado con uno de sus discípulos— y nos había preparado muy bien»

Comencé a afianzarme en la profesión y a hacer mucho teatro.

Tras un par de papeles como secundario en dos películas se cruza en tu camino, con 27 años, ‘Fresa y chocolate’ (1993). ¿Cómo fue ese momento?
Yo estaba en el teatro haciendo un monólogo basado en un cuento de Senel Paz, autor del guion de ‘Fresa y chocolate’. La esposa de Senel, que era realizadora, estaba buscando al protagonista de su próximo proyecto, un cortometraje; me vio y me escogió. Ahí volví a encontrarme con Senel, al que había conocido fugazmente en el rodaje de ‘Una novia para David’, una de las dos películas que acabamos de comentar en la que tenía un papel pequeño. En aquella época Senel nos habló de que estaba escribiendo el guion de ‘Fresa y chocolate’, que le llevó dos años. Pasa el tiempo y es ahora cuando Senel y su mujer me proponen ir a conocer a Tomás Gutiérrez Alea, codirector de ‘Fresa y chocolate’ y dios en el cine cubano.

«Titón —que era como llamaban a Gutiérrez Alea— era un príncipe, un tipo superelegante y superdulce, pero también muy duro. Fui a su casa, me ofreció un café y, prácticamente, ni me miró. No pasó nada»

Un año después me enteré de que estaban empezando los castings para la película. Me armé de valor y me planté en la puerta del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) —del que Titón era cofundador— y le dije: «Soy la persona que necesitas para ese papel». Me miró desapasionadamente y me dijo: «Ven mañana a las diez a esta dirección». Creo que le gustó mi osadía.

Y te dio el papel.
No. Fui y me encontré con el otro candidato para el mismo personaje: Jorge Perugorría, al que yo no conocía de nada. Nos miramos medio mal e hicimos la prueba para David, el jovencito, porque los dos teníamos la misma edad, pero a Jorge le pidieron que cambiase y que hiciese también la prueba del mayor, de Diego, el gay, lo que le sentó fatal porque no la había preparado.

«Pasó el tiempo, escogieron a Jorge para el papel de Diego y de mí se olvidaron. Vale, pues nada. Yo también los olvidé»

Vladimir Cruz y Jorge Perugorría, David y Diego en ‘Fresa y chocolate’ (1993), una historia universal contra la intolerancia.

Al mes empezaron los ensayos de la peli y Gutiérrez Alea —que ya estaba enfermo de cáncer— descubrió que el joven elegido finalmente no estaba preparado y pidió que me buscasen: «Quiero a Vladimir». Yo estaba haciendo teatro en la provincia de Cienfuegos —era la época dura del periodo especial en Cuba y apenas había trabajo— y les dije que no, que no iba a dejar lo que tenía. Pues oye, se plantaron todos en Cienfuegos: Titón, Mirta Ibarra (protagonista femenina de ‘Fresa y chocolate’ y esposa de Titón) y Jorge Perugorría. Aparecieron en un GAZ Chaika, que era el coche de lujo que usaban los presidentes soviéticos, la versión rusa del Mercedes.

«Perugorría me llevó aparte y me dijo: ‘Todos queremos que David seas tú. Dime qué puedo hacer para ayudarte’. Jorge fue el que consiguió convencerme porque su generosidad era real. Ese día comenzó una gran amistad que dura hasta hoy»

‘Fresa y chocolate’ es una historia de amor y amistad entre dos hombres. ¿Te supuso algún dilema moral aceptar ese papel teniendo en cuenta que la homosexualidad era un tema tabú en Cuba?
No, para nada. A mí esta película me cambió por dentro, nos obligó a reflexionar profundamente a todos. Confieso que si ‘Fresa y chocolate’ hubiese tenido escenas eróticas sí me habría supuesto un problema en aquel momento. Cuando me involucré en la historia yo tenía mis propios prejuicios. Había sido educado dentro del sistema como un ‘hombre nuevo’ y en ese esquema la homosexualidad no tenía cabida.

«Al igual que mi personaje, tuve que experimentar mi propio proceso y enfrentarme a cuestiones como la intolerancia o la discriminación»

¿Cómo se las ingeniaron Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío —los dos directores— para sacar ‘Fresa y chocolate’ adelante?
Tengo mis teorías. Gutiérrez Alea siempre ha sido muy criticado por las dos partes, por los afines al régimen y por los detractores.

«Para los de Miami Gutiérrez Alea era el peor de los comunistas y dentro de Cuba le caían palos por criticar al sistema. Titón creyó honestamente en la Revolución Cubana y la crítica que incluía en sus películas era para que la realidad mejorase»

En Cuba eso no se lo perdonaban, no le perdonaban las críticas. Cuando empezó esta película se sentía desencantado con la realidad. Titón es el personaje de Diego, una persona honesta que quería ayudar a mejorar el país, pero no le dejan

¿Titón y Tabío tenían algún tipo de bula especial?
El principal paraguas no fue Titón, fue Alfredo Guevara, director del ICAIC y considerado por muchos el único amigo gay de Fidel Castro.

«Alfredo Guevara estudió con Fidel en la universidad. Le quería mucho, siempre le cuidó y tenía línea directa con él, lo cual era un milagro en sí mismo porque Fidel siempre fue un gran homófobo»

Guevara asumió ‘Fresa y chocolate’ como una pelea personal. El ICAIC gozaba de un gran respeto —porque había creado las imágenes de la revolución que dieron la vuelta al mundo—y era una institución bastante independiente.

«Esa independencia y el apoyo personal de Guevara fueron lo que permitió sacar adelante ‘Fresa y chocolate’»

Vladimir Cruz o cómo entrar en el cine por la puerta grande con 27 años © Pablo Barbato
Agradecimientos: Restaurante Salvaje (C/ Velázquez, 96. Madrid. Tel.: +34 675 107 738)

La película se estrena en 1993 y es acogida tremendamente bien en todo el mundo. De hecho, llegó a los Oscar y recibió infinidad de premios en otros tantos festivales. En otras palabras, os hacéis famosos de la noche a la mañana. ¿Cómo os cambió la vida ‘Fresa y chocolate’?
Fue tremendo. Nos pilló a todos por sorpresa. Para el cine cubano, hasta ese momento, el éxito significaba que una película pudiese terminarse —ante todo—, acudir a dos o tres festivales de onda latinoamericana y ya. No pasaba nada más, nadie se iba a trabajar al extranjero o hacía carrera fuera.

«Ni Mirta, ni Jorge ni yo habíamos salido nunca de Cuba. No sabíamos cómo era el mundo, ni mucho menos cómo era la industria cinematográfica fuera de casa. Estuvimos como un año y medio de promoción y fiesta» (Risas)

Aceptamos todas las invitaciones a todos los festivales, queríamos conocer y empaparnos de todo. Recuerdo un gran dilema cuando ‘Fresa y chocolate’ se estrenó a la vez en Roma y en París porque había que escoger. ¡Qué hago! (Risas). Hasta que un día caímos en la cuenta de que había que volver a trabajar.

«Sin duda, entramos en el cine por la puerta grande»

Poco después aterrizas en Madrid y España empieza a convertirse en tu segundo plató cinematográfico y en tu hogar. ¿Cómo empiezas a trabajar aquí?
Llegué a España en enero de 1995 para representar a ‘Fresa y chocolate’ y recoger el Goya a la Mejor película extranjera de habla hispana —el resto del equipo estaba rodando ‘Guantanamera’ y no pudo venir—. Conocí a muchísima gente, fue una semana de locura. De Madrid me fui a un festival en Belgrado con el Goya en la maleta, que casi no me dejan entrar por su culpa.

«El día que me iba tenía un montón de mensajes en el hotel que me llevé para leer en el avión y ahí había varias propuestas de representantes de actores españoles. A los cinco meses empecé a trabajar a España»

Lo primero que hice aquí fue ‘La historia del soldado’, de Ígor Stravinski, en el Auditorio Nacional de Madrid, con Javier Gurruchaga y la Orquesta Cámara XXI. Me enamoré de España locamente y entré con la experiencia de haber conocido muchos lugares y la certeza de que este era el único sitio, junto con Cuba, en el que quería vivir.

Empieza lo que será una constante en tu vida: trabajar entre Cuba y España. ¿Te resultó complicado obtener los permisos?
Al principio era muy complicado, mucho. Luego, cuando ganó la derecha de Aznar, se volvió aún más complicado porque se cerraron bastante más las fronteras. Hasta que en 2003 una productora nos propuso a diez cineastas latinoamericamos que estábamos entre aquí y allí que presentasemos una carta de naturaleza para hacernos ciudadanos españoles; la mayoría con raíces españolas —las mías están entre Gran Canaria, La Palma y Burgos, mis apellidos son Cruz Marreo—. Y así me hice español, hace veinte años ya.

¿Cuál es tu papel pendiente, ese que siempre has soñado y sabes que llegará?
A estas alturas de mi carrera esta pregunta me resulta difícil, uno se va haciendo realista con los años. No lo sé, la verdad. Ahora estoy más centrado en escribir guiones y preparando un largometraje que voy a dirigir. Me costó bastantes años zafarme del muchacho idealista de ‘Fresa y chocolate, luego tuve una racha de malos.

«No tengo grandes sueños pendientes, lo que sí he aprendido es que cuando te llaman hay que esforzarse al máximo»

Vladimir Cruz ultima su próxima película como director: ‘Kiribati’, la historia de un país micronesio llamado a desaparecer bajo el mar como consecuencia del cambio climático.
Agradecimientos: Restaurante Salvaje (C/ Velázquez, 96. Madrid. Tel.: +34 675 107 738)

Háblame de ese largometraje tuyo en construcción.
Cuando superas los 40 años y haces balance es normal que empieces a aventurarte en otras facetas de tu profesión. Empecé a escribir jugando y no se me dio mal. Con Jorge Perugorría codirigí y escribí el largometraje ‘Afinidades’ (2010), sobre el intercambio de parejas, otro tema tremendo para Cuba. (Risas). La hicimos y seguimos siendo amigos, imagínate. Ahora estoy terminando un documental —‘El mar en Madrid’— sobre un bar cubano de actuaciones que se llamaba Yemayá, un lugar mítico para todos los cubanos que viven aquí.

«Mi próximo proyecto será un largometraje llamado ‘Kiribati’, una historia sobre un país de Micronesia que va a ser el primero en desaparecer como consecuencia de la subida del mar y el cambio climático»

Todo empezó durante el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de Cuba cuando estábamos presentando ‘Afinidades’. Puse la tele y daban la noticia de que el presidente de Kiribati estaba en La Habana. Un país, con su historia y su cultura, que apenas nadie conoce y está llamado a desaparecer bajo el mar. De la comparación de Kiribati con mi propio país —un lugar del que muchos quieren irse por la situación social y económica— surgió la idea. Es una historia sobre la identidad y la necesidad de pertenencia contada a través de la relación entre un padre y su hijo. Si todo va bien empezaremos a rodar a principios de 2022 en La Habana.

Hemos hablado mucho de ‘Fresa y chocolate’, pero tu carrera es mucho más extensa y rica. ¿De todos los grandes profesionales del cine con los que has trabajado —Gutiérrez Alea, Tabío, Gerardo Chijona, Steven Soderbergh, Arturo Ripstein, Benicio del Toro, etcétera— de quién has aprendido más?
Tengo una relación muy particular con Arturo Ripstein (‘Las razones del corazón’, 2011), pese a que el pobre tiene una fama de bestia negra impresionante, la gente le tiene miedo. (Risas). Yo soy su amigo de tomar tequilas y hacer chistes. Arturo me contó una anécdota maravillosa sobre su primera película, ‘Tiempo de morir’ (1966), con guion de Gabriel García Márquez. Tenía 21 años y llegó el primer día de rodaje; allí había cien personas desayunando esperando por él.

«Cuando entró en el set todos se le quedaron mirando, entonces agarró la mano de García Márquez y aterrorizado le preguntó: ‘¿Y ahora qué hago? ¿Dónde pongo la cámara?’ (Risas) Y García Márquez, aterrorizado en ese momento por su culpa, le dijo: ‘Eso es fácil: ponla donde quieras ver'»

Para Arturo fue el mejor consejo de su carrera, y yo ahora lo he hecho mío. Benicio del Toro es también una persona estupenda y muy listo, de Perugorría aprendo mucho siempre, y de otros grandes actores cubanos —como Enrique Molina o Luis Alberto García— lo mismo.

«Si estás en la actitud correcta siempre aprendes»

¿Quién te ha hecho sufrir en el trabajo?
Gutiérrez Alea. Los primeros días de ‘Fresa y chocolate’ no fueron fáciles; demasiados gritos. Con Miguel Narros, haciendo teatro en Madrid, tampoco fue fácil; era de esas personas que si te cogían ojeriza estabas perdido. Siempre intento sacar el lado bueno de este tipo de situaciones, perfeccionar armas para defenderme.

Y de repente ‘Narcos: México’ y las producciones al estilo Netflix —que no nos falte de ‘ná’—. ¿Qué tal la experiencia?
Bestial. Si hablamos de producción es el proyecto más salvaje en el que he participado. Desafortunadamente, mi participación se redujo bastante. Lo que empezó con una gran presencia acabó bastante recortado, pero lo entiendo. Una serie de esas características es algo muy loco y la hora de la verdad llega con el montaje.

«Las plataformas están elevando muchísimo el nivel de las producciones. Están consiguiendo para televisión la misma calidad del cine. Aprendes muchísimo y lo mejor es que todo el mundo es feliz porque está cobrando bien» (Risas)

Vladimir Cruz, un cubano-español que ha descubierto la clave de la felicidad © Pablo Barbato

¿Qué es lo mejor de tener 55?
Yo me siento como un chaval, empezando un montón de proyectos y aprendiendo muchísimo; el problema es que a partir de ahora cada vez va a ser más difícil reconocerse ante el espejo. De momento me gusto, pero no sé lo que pasará cuando tenga 60. (Risas). Lo que hay que hacer es no dejar de moverse.

¿Qué significa para ti la paternidad?
Tengo dos hijos de dos momentos muy diferentes. El mayor tiene ya casi 30 años y la pequeña 8. La niña me pilló en la madurez y en la serenidad. He dado muchas vueltas, me he casado varias veces. He sido muy inquieto. Ahora he tenido la serenidad necesaria para disfrutar la paternidad.

¿Qué dice tu hija de que su padre sea actor?
Cuando estamos en Cuba flipa porque todo el mundo me habla por la calle.

«Estábamos en La Habana y vio el Hotel Raquel y dijo: ‘Mamá, tú también eres famosa aquí, tienes un hotel'» (Risas)

El año pasado vio por primera vez ‘Fresa y chocolate’ y ahora me hace la broma cuando compramos un helado: «Yo, de fresa y chocolate». (Risas)

¿Qué es la felicidad?
Saber identificar los instantes en los que estás siendo feliz.

«La felicidad son puntitos de luz en tu vida. Un día miras hacia atrás y ves que has conseguido toda una constelación»

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