El amor que dejamos

Ramiro Blas

Es un hombre directo, sin recovecos ni afluentes. Un río poderoso por el que desciende un discurso en el que la palabra dolor cobra todos sus significados. Dolor para conocer y hacer creíbles sus personajes, dolor para aceptar los defectos de su patria, dolor para asumir las putadas de la madre patria, dolor para entender, dolor para perdonar, dolor para ser verdad.

Ramiro Blas (Mar de Plata, Argentina, 1966) no estudió en ninguna escuela pija de interpretación. Lo suyo es mucho mejor. Aprendió de verdad verdadera absorbiendo cada detalle, hasta el más insignificante, del trabajo de algunos de los más grandes del cine. Se dice fácil, pero no todos saben mirar para aprender.

Es el malo de muchas de las más aplaudidas series españolas de los últimos tiempos, un estigma que acepta con deportividad. Hoy estrena película de terror y obra de teatro sobre los abusos de poder. Adora España, su segundo país, y Argentina, su raíz y su esencia —aunque le escueza un poco reconocerlo—. En unos años tendrá una casa en el campo y será feliz cuidando de su huerto y sus gallinas. Y siempre sin dejar de hacer lo que mejor sabe: interpretar.

Por Fruela Zubizarreta

¿De dónde proceden tus raíces?
Raíces italianas por parte de padre y madre. En realidad, nuestro apellido era Blasi. Mi bisabuelo llegó a Argentina en un barco español, pero en la aduana debieron pensar que el apellido estaba mal escrito y se le dejaron en Blas. Mi madre siempre cuenta que cuando yo estaba en su vientre ella ya tenía la certeza de que iba a dedicarme a algo artístico, por eso me puso un nombre con una buena pegada. (Risas).

Ramiro Blas: la vida desde los 55 años.

¿Soñabas con ser actor o tu carrera es un afortunado accidente?
Siempre he sabido que tenía pasta de actor, que lo llevaba en la sangre, pero soñaba con ser número uno mundial del tenis.

«Alguien bajaba del cielo con una varita y me convertía en el mejor tenista del mundo. A mis 55 todavía lo sigo soñando. De vez en cuando me imagino presentándome a un torneo y ganándole a Rafa Nadal» (Risas)

Lo primero que nos llama la atención de tu trayectoria es que comienza algo tarde, con 33 años. ¿Vocación tardía o ‘qué difícil es abrirse paso en el mundo de la interpretación’?
Hice hecho algunas cosillas de las cuales no me siento satisfecho. También participé en un reality de actores. En ese momento, en Argentina había una crisis económica absoluta que, por supuesto, afectaba sobremanera a todo lo relacionado con la ficción. Me pilló con dos hijos pequeños y una crisis matrimonial en puertas. Me propusieron entrar en este reality y lo primero que pensé fue que ni de broma, pero me insistieron y me insistieron y al final dije que sí. Lo decidí un sábado y el lunes ya estaba dentro del programa. A fin de cuentas, era un sueldo seguro durante todo el programa, aunque me echasen la primera semana.

«Gané el concurso, con tan mala fortuna que a los dos días de haber recibido e ingresado el cheque en el banco empezó el corralito argentino. Meses más tarde, cuando pude recuperar el dinero, los 50.000 pesos se habían convertido en 8.000. Argentina»

Cuidado con lo que subes al coche. ‘La pasajera’ (2021), de Raúl Cerezo y Fernando González Gómez.

Acaba de estrenarse en el Festival de Sitges ‘La pasajera’ —de Raúl Cerezo y Fernando González Gómez—, película de la que eres protagonista junto a Cecilia Suárez (‘La casa de las flores’). ¿Que podemos esperar de ‘La pasajera’?
Es una película cargada de giros y con mucha comedia, buenos diálogos, ansiedad y por supuesto mucho terror. Tiene un gran sello made in Spain grabado a fuego y a ritmo de pasodoble. Mi personaje es un hombre de pueblo, muy de la España profunda. El típico macho ibérico ochentero devenido en machista a ojos de hoy que, para salir adelante, transforma su furgoneta en una especie de Bla Bla Car entre pueblos. Todo va bien hasta que sube una nueva pasajera… Es una película superentretenida.

Cecilia Suárez y Ramiro Blas en ‘La pasajera’.

Entre tus trabajos recientes encontramos ‘Down a Dark Hall’, de Rodrigo Cortés (‘Concursante’, ‘Buried’), película en la que te dedicas a aterrorizar a las estudiantes de un internado. La pregunta, más que nunca, resulta inevitable: ¿qué tal resulta trabajar con la mismísima Uma Thurman?
Ella es, ante todo, altísima y guapísima. Pues imagínate lo que es para un pibe de Mar del Plata tener a Uma Thurman de rodillas, llorando y diciendo: “Please, please don’t kill me”.

«Y yo pensando, por favor que alguien me saque una foto que tengo a la novia de Kill Bill acojonada» (Risas)

La película no funcionó demasiado bien, pero la experiencia fue increíble, uno de esos momentos que nunca se me olvidarán.

Como actor, ¿hacer de malo siempre es bueno?
No hay personaje que no te deje algo bueno. Psicópatas, violadores, asesinos… todos aportan algo al actor, te enseñan. En mi proceso de creación de cualquier personaje hay un momento clave que es cuando encuentro su dolor y aprendo a administrarlo.

«Yo no tengo escuela. Aprendí de la experiencia, de la observación. Los mejores maestros son gratuitos y están en la pantalla. Ponte cualquier película de Dustin Hoffman, Anthony Hopkins, Robert De Niro, Daniel Day-Lewis o el que sea y, sencillamente, aprende de ellos»

Cuando encuentras el origen del dolor de tu personaje lo tienes hecho. Los puntos máximos de empatía entre actor y espectador están relacionados con el dolor. El dolor conecta a todos los seres humanos porque todos luchamos por no sufrir.

Ramiro Blas o la importancia de saber enfrentarse al dolor.

Nos consta que estás cansado de hablar de Sandoval, tu aterrador médico-carcelero de ‘Vis a vis’; sin embargo, lo que acabas de comentar encaja perfectamente con la construcción de ese personaje.
No pasa nada. Sandoval provoca odio y amor a partes iguales. En mi composición del personaje me centré en su dolor, el de un joven que ha sido violado reiteradamente por su padre a sabiendas de su madre, lo que en la adolescencia derivó en un psicópata narcisista absoluto. Lo odias y lo amas casi inevitablemente.

Sandoval despierta más de un morbo.
¡A mí me lo vas a contar! (Risas). Definitivamente, sí, sobre todo entre el público adolescente.

«A mí lo que Sandoval me despierta es compasión»

Acabas de estrenar ‘Opalalá’, de Joaquín Daniel —hasta finales de noviembre en el Teatro Soho Club de Madrid—, una historia sobre dos ‘don nadie’ que abre el debate sobre cuestiones peliagudas como el abuso de poder. ¿Qué te atrajo de este texto?
Que afronta la realidad del abuso desde todas las perspectivas: abuso sexual, abuso de poder, abuso de las diferencias… Saberse un miserable, pero pretender aparentar ser más que el que tengo al lado. Es un viaje vertiginoso con forma de binólogo —el término me lo he inventado—, un monólogo a dos voces que navega como un rayo sobre un texto riquísimo. La verdad es que es una obra de teatro muy interesante que nadie debería perderse.

Ramiro Blas y Lucas Ferraro en el Teatro Soho Club de Madrid hasta finales de noviembre de 2021.

Hace quince años llegas a España para volver a empezar, literalmente, de cero. ¿Qué esperabas de este país y qué te encontraste?
Absolutamente de cero. Argentina se volvió una utopía y parte de mi familia ya se había instalado aquí. También tuve una amenaza de muerte, así que me dije: hasta aquí. Me vine a España porque había hecho una serie en Argentina, ‘Tres son multitud’, con producción española en la que conocí al gran director de casting Luis San Narciso [protagonista de influyo_ el 21 de mayo de 2021]. Según llegué me hicieron un casting para ‘El comisario’ y me eligieron para ser el malo de las dos últimas temporadas, pero no pudo ser porque los papeles de mi ciudadanía italiana no llegaron a tiempo y no pudieron contratarme.

«Entonces tuve que empezar de cero. Camarero, cocinero, pintor, electricista, albañil… Me había traído a la familia y no quedaba otra. Un buen día llegaron los papeles y pude volver a los castings»

‘El comisario, ‘Sin tetas no hay paraíso’, ‘Hospital Central’, ‘Física o química’, ‘Cuéntame’, ‘El Ministerio del Tiempo’ y muchas más. Lo quieras o no, formas parte de la historia reciente de nuestra televisión.
Cada vez que entraba en una de esas series lo primero que hacía era preguntar, como actor extranjero que soy: ¿cuándo me matan? (Risas).

«Los extranjeros siempre acabamos haciendo de malos. Parece que no, pero si te fijas un poco es así. Vamos mejorando, pero aún queda mucho por hacer»

Pero bueno, no estoy quejándome, vivir aquí es un privilegio. Otra cosa distinta es que por ser extranjero, actor y autónomo te concedan un crédito, eso es misión imposible.

¿En qué te has hecho superespañol?
En que aquí puedo vivir con tranquilidad, sin sobresaltos. Nos quejamos de todo, siempre estamos comparándonos con los que más tienen, pero bastaría con mirar un poco hacia atrás para ver lo que hay. Por favor, dejemos de quejarnos.

¿Cómo se ve la vida a los 55 años?
No tengo ni la experiencia suficiente ni la sabiduría necesaria para responder a esta pregunta.

«Supongo que veo la vida como cuando tenía 15 años: infinita»

Sé que puedo parecer inconsciente, pero así la veo. La salud de los 55 es muy diferente a la de los 25 o los 35. A esta edad se vuelve muy silenciosa y cabrona, más allá de reumas y articulaciones. (Risas). Hay que cuidarse, camarada.

«Las emociones no manejadas pueden pasar factura, de hecho la pasan. Hay que cuidarse con las emociones y las fiestas, claro» (Risas)

Si pudieses hablar con tu yo adolescente, ¿qué le dirías?
Le diría: primero tú. Será un camino caro, tendrás que pagar, pero es la única manera de conseguir algo en la vida.

«Esto no quiere decir que seas un puto egoísta, no, no es eso. Pero primero tú»

Es la única manera de crecer y mejorar. No nos traicionemos nunca y, sobre todo: nadie es menos que nadie. Nunca agaches la cabeza por más que te juzguen, nunca. Gerónimo Blas, un ser de luz que nos dejó hace poco, mi hermano, me ayudó mucho durante la pandemia y, en general, a lo largo de toda su vida. Me ayudó a mejorar. Gerónimo me hizo un regalo final con forma de frase que tengo muy muy presente:

«‘Somos el amor que dejamos’. Es difícil, pero no imposible»

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