Fuego interior, luz exterior

Anka Moldovan
FOTOGRAFÍA: SAMUEL DE ROMÁN

La vida fue llevando a Anka Moldovan (Cluj-Napoca, Rumanía, 1976) por diversos lugares y experiencias desde que tenía 3 años y su padre fue trasladado a Madrid dejando atrás la Rumanía asolada por el régimen de Ceaușescu. Esa situación de niña exiliada, con permiso para volver cada año a disfrutar de los veranos en casa de la abuela, le otorgó la posibilidad de observar distintas realidades humanas mientras se inventaba un mundo interior construido a base de lápices de colores.

Por Borja Álvarez

De aquellos veranos recuerda con nitidez cómo dibujaba en la pared el contorno de la luz que formaban las llamas de las velas durante las restricciones eléctricas, y cómo contemplaba absorta las paredes de las iglesias donde su padre daba las misas. Hoy cree que ambas realidades fueron las que le llevaron a estudiar las técnicas de pintura de iconos bizantinos mientras, inevitablemente, se licenciaba en Historia del Arte.

Tras licenciarse la vida volvió a llevarla a lugares inesperados: Valerio Lazarov la contrató y la convirtió en puente de comunicación entre las televisiones rumana y española y posteriormente Cristina Cifuentes la llamó para convertirla en mediadora entre la inmigración rumana y la administración autonómica; desde ese cargo pasó a formar parte de la ejecutiva del Partido Popular y acabó convertida en la primera diputada de origen rumano de la Comunidad de Madrid.

Pero en 2019 Anka decidió dejar de estar en medio de todo, no quiso ser más puente, tomó las riendas de su vida, abandonó Madrid, dejó su carrera política y se retiró a las montañas de Asturias a hacer lo único que siempre quiso hacer: dejarse llevar por su pintura y permitir que sus pinceles sean los únicos que la arrastren a nuevas experiencias y, sobre todo, a los no lugares que el aire de su cuadros decida.

Anka Moldovan, de 45 años, en su refugio creativo de Asturias © Samuel de Román

¿Qué motivó a tu familia a venirse desde Rumanía?
Mi padre era sacerdote ortodoxo. En 1976 Rumanía vivía en la época dura del régimen de Ceaușescu y la intelectualidad rumana exiliada a París se trasladaba a Madrid. El patriarcado, la Iglesia, decidió enviar a mi padre a Salamanca a estudiar teología, tres años después se trajo a su familia y en 1980 fundó en Madrid la primera iglesia ortodoxa de España.

¿Cómo fue ese traslado?
Crecí rodeada de un ambiente muy intelectual. Yo vine con tres años, era muy pequeña y no podía apreciarlo pero sí que recuerdo la casa llena de libros y a mis padres rodeados de mucho arte y de gente muy importante de la cultura rumana.

¿Cómo es ser la  hija de un sacerdote ortodoxo?
Dentro de la iglesia ortodoxa los sacerdotes pueden desarrollar su vocación además de su vida personal. Mi padre era profesor de universidad además de sacerdote y cabeza de familia. Aunque aquí resulte exótico, en nuestro entorno es algo normal, es un trabajo más. Mi padre es alguien muy cercano, un padre de familia normal que, además, desarrolla su vocación sacerdotal.

También es cierto que su iglesia era un poco el centro de recepción de todas las oleadas de exiliados y migrantes que llegaban de Rumanía, la mayor parte de las veces gente muy joven.

«Mi padre se convertía en una especie de padre de todos y yo, de alguna manera, lo compartía con todos los recién llegados»

¿Percibías alguna diferencia entre tu casa y el resto de la sociedad española?
No, al contrario, la acogida siempre fue fantástica, mis mejores amigas son mis compañeras españolas del colegio o de la universidad.

«España es un país muy acogedor donde es muy fácil la integración porque todo se normaliza. La calidad humana de los españoles es enorme»

Te licencias en Bellas Artes.
Crecí rodeada de arte, de iconos bizantinos, de iglesias llenas de imágenes, pan de oro, murales, liturgia… Creo que no podría haber estudiado otra cosa.

 Y, sin intención de dedicarte a la televisión, comienzas a trabajar con Valerio Lazarov.
Estábamos en 2000, Rumanía ya era democrática, Valerio comenzó a hacer en la televisión de allí los programas con los que había triunfado en España y necesitaba alguien que conociera perfectamente los idiomas y culturas de ambos países para que hiciera labores de traducción, relaciones externas, comunicación, etcétera. Una vez licenciada yo hubiese querido trabajar en algo relacionado con el arte, pero acepté el reto y pasé siete años maravillosos rodeada televisión en los que conocí gente interesantísima.

Anka Moldovan en acción/abstracción © Samuel de Román

¿Cómo era Lazarov?
Era una persona extraordinaria, conmigo se portó fenomenal siempre y con él aprendí muchísimo de temas que luego me han resultado muy útiles para pintar: iluminación, composición, montaje… La televisión nunca me había interesado, pero ver trabajar a Valerio me permitió aprender muchísimo.

¿Lazarov sabía de tu interés por el arte?
Trabajaba media jornada y ganaba un dinero que luego me permitía pintar. Él lo sabía, claro, lo tenía presente y siempre me decía que le gustaba mucho mi obra.

¿Por qué lo dejaste?
Después de siete años necesitaba cerrar un ciclo, aprender otras cosas de la vida.

Y te conviertes en mediadora intercultural, ¿qué es eso?
Cuando terminé con Lazarov era 2007, Rumanía acababa de entrar en la Unión Europea y eso supuso un éxodo de rumanos hacia España que se instalaron mayormente en el Corredor del Henares. Hubo un efecto llamada y fue como si pueblos enteros de Rumanía se trasladaran juntos hasta allí. Se trataba de integrar a esta comunidad dentro de la sociedad española, explicarles la cultura y forma de vida de aquí para que pudieran desarrollar su vida dentro de la sociedad del país de destino.

«Me interesaba mucho el factor humano, esas personas que lo dejan todo para empezar de nuevo, de cero, y esa capacidad del ser humano para cambiar, arriesgar, adaptarse al medio y a las circunstancias. Siempre me ha fascinado y me obliga a situar al ser humano en el centro de mi obra»

‘Isla valiente’ de Anka Moldovan, óleo, 122 x 42,5 cm.

Esta tarea te llevó hasta el Partido Popular.
Sí. Tras seis meses en ese trabajo, el Gobierno de la Comunidad de Madrid contacta conmigo y acabo formando parte de la ejecutiva del Partido Popular. Realmente no soy un animal político, pero sí que he creído siempre importante implicarse, comprometerse, aportar tu visión para mejorar las cosas.

Te convertiste en la primera diputada autonómica de origen rumano, ¿crees importante que tal diferencia se remarque?
No. Lo importante no es de dónde procedes sino a dónde quieres llegar.

¿Qué te empujó a dejar la cómoda vida del cargo público? ¿Por qué lo dejas todo?
Esa vida no es cómoda.

«Mi cargo público exigía dedicación plena y cuando paré a reflexionar me di cuenta de que me estaba dejando llevar, que me volcaba en cumplir con las responsabilidades adquiridas y eso me impedía dedicarme en cuerpo y alma a lo que yo realmente quería: a pintar»

Eres un ejemplo de éxito del sueño de moda cumplido: la vuelta a lo rural. ¿Te ha resultado fácil adaptarte?
Como todo en la vida tiene su parte buena y su parte menos buena. Fue una decisión voluntaria y plenamente reflexionada; ahora, además de mi pintura, tengo la oportunidad de escuchar el silencio, de tener tiempo para pensar, pero también es cierto que existen una serie de carencias en el entorno rural que sería necesario solucionar.

La vida, por las riendas. Nunca es tarde © Samuel de Román

¿Qué te hizo dar el paso?
La decisión estuvo influenciada por una situación vital importante. Sufrí un ictus, tuve suerte, y eso me hizo reflexionar y darme cuenta que la vida, aunque muy corta, es muy ancha y que dentro de las posibilidades hay que buscar el modo de hacer lo que uno quiera hacer.

«Me di cuenta de que llevaba la mayor parte de mi vida dejándome llevar, tocaba hacerse con las riendas»

¿Te arrepientes de haberte dejado llevar?
No, no, para nada, he podido disfrutar de muchas oportunidades, las he aprovechado, he conocido a gente muy interesante y he podido adquirir el bagaje que me ha permitido llegar a donde estoy ahora.

‘Éter’ es el término que agrupa la última serie firmada por Anka Moldovan.

El cambio de aires, de Madrid a Asturias, te ha llevado a pintar distintos aires.
Creo y quiero pensar que sí. Vivo en el campo, en plena naturaleza, y mi entorno es un lujo. Desde mi estudio puedo disfrutar de unas nieblas matutinas pasajeras rotas de luz y de unos escenarios tan inspiradores que se me hace inevitable no plasmarlos. Solo tengo que dejarme llevar.

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